BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
Volumen CIII
Nº 214
Julio–diciembre 2025
Quito–Ecuador
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
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Dra. Olga Zalamea Patiño Universidad de Cuenca
BOLETÍN de la A.N.H.
Vol. CIII
214
Juliodiciembre 2025
© Academia Nacional de Historia del Ecuador
ISSN N° 1390-079X
eISSN N° 2773-7381
Portada: Alegoría con motivo del centenario de su emancipacn política.
Archivo Histórico del Municipio de Ibarra, 1943.
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landazurifredi@gmail.com
Diciembre 2025
Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación, Deporte y Cultura
Libro de distribución gratuita
NOSTALGIA Y REPRESENTACIÓN: “TIPOS POPULARES”
EN EXTINCIÓN PARA UNA CIUDAD QUE SE MODERNIZA
(QUITO 1928-1932)
Alejandro Aguirre Salas
1
Resumen
Durante los procesos de modernización urbana de Quito
entre las décadas de los veinte y treinta del siglo XX, la transforma-
ción de prácticas sociales se evidenció en la lenta desaparición de
personajes locales que solían habitar la cotidianidad citadina. Expre-
sión de estos cambios y de una mirada que mezclaba nostalgia con
conciencia de fractura fue la serie de crónicas periodísticas urbanas
“Tipos populares” y “Tipos quiteños”, publicadas ocasionalmente
en el diario El Comercio entre 1928 y 1932. El presente trabajo analiza
cómo estas crónicas describen a estos sujetos característicos y su lenta
desaparición, y reflexiona sobre la ‘imagen nostálgica’ como expre-
sión de una mirada narrativa consciente de asistir a una alteración
estructural de tradiciones culturales.
Palabras clave: Crónica periodística, Nostalgia, Acuarela, Personajes
de la ciudad.
Abstract
During Quito's urban modernization processes between the 1920s
and 1930s, the transformation of social practices was evident in the
1 Doctor en Historia Latinoamericana y Magíster en Estudios de la Cultura mención Literatura
Latinoamericana, ambos por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador. Licenciado
en Comunicación Social, especialización en Investigación, por la Universidad Central del Ecua-
dor. Orcid: https://orcid.org/0009-0003-6961-9848. Correo: aguirrealj@gmail.com.
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slow disappearance of local characters who used to inhabit everyday
city life. An expression of these changes and of a perspective that
mixed nostalgia with an awareness of fracture was the series of
urban journalistic chronicles “Tipos populares” (Popular Characters)
and “Tipos quiteños” (Quito Characters), published occasionally in
the newspaper El Comercio between 1928 and 1932. This paper analy-
zes how these chronicles describe these characteristic subjects and
their slow disappearance and reflects on the “nostalgic image” as an
expression of a narrative perspective aware of witnessing a structural
alteration of cultural traditions.
Keywords: Journalistic chronicle, Nostalgia, Watercolor, City cha-
racters.
Introducción
En la segunda y tercera década del siglo XX, los procesos de
modernización que vivía Quito estaban transformando no solo la fi-
sionomía, sino fundamentalmente las rutinas, las formas de sociabi-
lidad y de habitar el espacio público. Eran los mismos pobladores
de la ciudad andina los que estaban cambiando. La llegada del tren
en 1908 –y con él, el acceso a nuevos bienes y la llegada de nuevas
poblaciones–, la extensión del sistema de servicios básicos como el
de alumbrado eléctrico o la mejora en la distribución de agua pota-
ble,
2
la consolidación de la ciudad como centro burocrático y político
2 En 1906 inició la licitación para la puesta de tuberías y alcantarillado en la ciudad, y para 1913
entró en funcionamiento la planta de purificación El Placer, para abastecer la ciudad. En rela-
ción con el servicio eléctrico, en 1895 se habían realizado las primeras pruebas locales, en 1905
inicia la generación eléctrica de la central de Guápulo y en 1906 inicia la iluminación de calles,
plazas y servicio doméstico. Mario Crespo, ed. Breve historia de los servicios en la ciudad de
Quito (Quito: Centro de Investigaciones CIUDAD, 1997), pp. 18 y siguientes.
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del país, entre otras, modificaron estructuralmente la vida en la ciu-
dad.
Los medios impresos locales daban cuenta de esos cambios,
a la par que ellos mismos eran de por sí expresión de esos procesos
de reconfiguración y redefinición. Las maneras de describir, las te-
máticas a las que se daba prioridad o la valoración de esas prácticas
son un buen indicador de esta experiencia. El Comercio y El Día eran
las dos publicaciones diarias más importantes de la ciudad, y su co-
bertura y política editorial, la base del modelo de percepción que se
iba instaurando en la sociedad. Ambos diarios expresaban el ánimo
de modernización y elevación que campeaba en los optimistas años
posteriores a la Primera Guerra Mundial.
Es en este ambiente que, de manera muy esporádica, en 1928
El Comercio publicó una seguidilla de crónicas de “Tipos populares”,
que vuelven a aparecer, también por poco tiempo, bajo el nombre
más particularizado de “Tipos quiteños”, en 1932. En ellas se des-
cribe, de manera muy profusa y resaltando al máximo sus compo-
nentes pintorescos, personajes callejeros que habitaban el Quito
tradicional en desaparición, y que estaban ellos mismos también des-
vaneciéndose. El hombre orquesta, el canónico fanático que llenaba
de llamas y parafernalia las misas para aterrorizar a los pobres cre-
yentes, la anciana vendedora de borreguitos y muñecos, los niños
campanilleros o el “sieteoficios” ojalatero y cazador de gatos; los per-
sonajes que describen las crónicas son trabajadores modestos que
iban dejando de ser posibles en la ciudad en modernización, y las
crónicas los rescatan con la actitud de un etnógrafo que registra lo
que se pierde por su propio arribo como sujeto del “progreso nece-
sario e inevitable”.
El presente artículo es una primera aproximación a estas cró-
nicas y a lo que estas representan en la fractura de las prácticas so-
ciales en acelerados procesos de modernización.
3
3 Este estudio es una aproximación inicial a una reducida parte de la producción periodística
de Alejandro Andrade Coello, sobre quien –junto al trabajo de Alfonso García Muñoz y sus
“Estampas de mi ciudad” y “Estampas quiteñas”–, estoy realizando una investigación de largo
aliento.
Nostalgia y representación: “tipos populares” en extinción
para una ciudad que se moderniza
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La crónica periodística como testimonio de la modernidad
Hacia la década de los veinte y hasta mediados de los treinta,
marca la investigadora Katerinne Orquera, el tipo de periodismo que
se imponía en diarios como El Comercio podría denominarse “de
ideas” o ‘de estilo francés’, como lo cataloga Ángel Rama–, de ca-
rácter más argumental, de opinión y reflexivo, que asumía como fun-
ción social apuntalar ideológicamente el avance colectivo dentro del
imaginario de la modernización como panacea colectiva.
4
La prensa, como el mismo Rama recuerda, había pasado a
ser desde fines del siglo XIX un espacio donde intelectuales y crea-
dores literarios podían vivir profesionalmente del trabajo intelectual
“el mercado de la escritura”– con cierta independencia, por lo que
la vocación literaria podía tener fuerte presencia.
5
Creadores emble-
máticos como el cubano José Martí, el argentino Roberto Arlt o el
ecuatoriano Alfonso García Muñoz tuvieron en la prensa cotidiana
lugar para desplegar su producción, y uno de los géneros que abría
mayores posibilidades de exploración fue la crónica, que con mucha
vitalidad y detalle dibujaba el ritmo, las gentes, las experiencias de
las que estos mismos creadores eran testimoniantes y pintores. Las
“Escenas norteamericanas” de Martí,
6
las Aguafuertes portas de
Arlt
7
o las “Estampas de mi ciudad” de García Muñoz
8
son ejemplos
significativos de esta producción: mirada que se sabe testigo de un
4 Katerinne Orquera Polanco, “Prensa periódica y opinión pública en Quito. Historia social y
cultural de diario El Comercio, 1935-1945”, p. 139 (tesis de doctorado, Universidad Andina
Simón Bolívar, Sede Ecuador, 2020), http://hdl.handle.net/10644/7684. Como nota la autora,
en oposición al modelo francés, Rama contrasta el ‘modelo norteamericano’, que se presenta
como más informativo, breve y entretenido.
5 Ángel Rama, La ciudad letrada (Montevideo: Arca,1998), p. 94.
6 José Martí, Obras completas. Edición crítica. Tomo 9. 1881-1882 (La Habana: Centro de estudios
martianos, 2004). El tomo íntegro, que refiero como ejemplo, está conformado por las crónicas
periodísticas de Martí remitidas desde Estados Unidos.
7 Roberto Arlt, Aguafuertes (Buenos Aires: Losada, 1998). El tomo íntegro compila las crónicas
de Arlt.
8 García Muñoz, Alfonso. Estampas de mi ciudad. Quito: Imprenta Nacional, 1936. Este tomo,
junto a otros que el autor fue imprimiendo con el tiempo, es una compilación de sus crónicas
publicadas en El Comercio.
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tiempo de cambio, de la urgencia de contarlo, de la importancia de
lograr describir su pulso literariamente.
En este contexto, de manera muy esporádica, en 1928, en la
primera plana de El Comercio se publicaron algunas descripciones/
crónicas de ‘Tipos populares’. La seguidilla fue corta, y desapareció
tras pocas notas. Tres años después, en la tercera página, dedicada a
la línea editorial, volvieron a aparecer estas estampas literarias, esta
vez bajo el más particular y territorial nombre de ‘Tipos quiteños’,
remarcando en la pertenencia territorial parte de su conformación.
Ninguna de las notas estaba firmada, no poco infrecuente en
la época, lo que no excluye que seguramente dentro del ámbito de
los periodistas –y de ‘la ciudad letrada’ circundante, a la que buena
parte de los lectores pertenecía– se conociera la autoría. Fue el propio
creador
9
el que en 1935 agrupó esas estampas y otras diversas cróni-
cas citadinas no incluidas en ese membrete, en un tomo clave para
su producción: Del Quito antiguo.
10
Alejandro Andrade Coello (1875-1943), escritor y editor fun-
damental de El Comercio, por décadas docente de literatura en el Co-
legio Mejía –una de las instituciones educativas más emblemáticas
de la ciudad–, presidente del Círculo de Prensa de Quito, entre otras
actividades,
11
tuvo una profusa obra que alguno aseveraba llegó a
9 Esto puede inducirse por la ausencia de sello editorial en la publicación.
10 Alejandro Andrade Coello, Del Quito antiguo. Quito: Imprenta Ecuador, 1935. En el libro se
recopila una significativa cantidad de estampas y tipos populares. Para el presente estudio,
hemos optado por trabajar solo con aquellas que hemos encontrado nominadas como ‘tipos’,
en El Comercio del período. Algunas de las estampas fueron nuevamente difundidas en 1954
en “El Municipio” —publicación vinculada al Municipio de Quito— y recuperadas en el
libro de Edgar Freire y Manuel Espinoza, comp., Quito y sus célebres personajes populares
/ Parias, perdedores y otros antihéroes (Quito: Editorial Trama, 2005), evidenciando su vi-
gencia como temática.
11 Corona fúnebre en homenaje a la memoria de Alejandro Andrade Coello, 1943-1944 (Quito:
s.e., 1944), 9. En el extenso tomo de 290 páginas, esta “Corona fúnebre…” recopila notas de
prensa, cartas, solicitadas, telegramas y demás que surgieron tras la muerte del autor. A los
actos fúnebres asistieron buena parte de los gremios de prensa, varias instituciones educa-
tivas y representantes de diversas entidades estatales, con profuso registro fotográfico que
el libro recupera. Entre las actividades y vínculos que tuvo Andrade, según se puede encon-
trar en los opúsculos y demás notas, se marca su afiliación al Partido Liberal Radical, vocal
del Tribunal de Menores, cónsul ad-honorem de la República Dominicana, miembro de la
Sociedad Bolivariana, en la que dirigía su revista. Y en la Academia de la Lengua, Bachille-
rado en Chile, fue docente en Cuba y Cádiz, llegó a ser capitán del Ejército.
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los sesenta volúmenes.
12
Como recupera Orquera en su investiga-
ción, Andrade Coello fue –junto a Augusto Arias e Isaac J. Barrera
uno de los articulistas responsables del área literaria.
13
“El cronista
decano”, según lo nominaba una lista de Cuerpo principal de redac-
tores de El Comercio en 1941,
14
comenzó a firmar sus notas en 1935,
15
notemos significativamente el mismo año en que publicó “Del Quito
Antiguo”. Este fue también el año en que El Comercio inició su pro-
ceso de modernización –base de la investigación de Orquera– que
fue reduciendo este tipo de forma periodística de carácter más lite-
rario, para dirigirse a otro más informativo, coyuntural y dinámico.
16
Una primera aproximación a las estampas de tipos publica-
das en El Comercio entre 1928 y 1932 por Andrade Coello evidencia
que estas fueron escritas con autonomía de la urgencia para su pu-
blicación en prensa. Un ejemplo puede aclararlo. La estampa ‘El
hombre orquesta’ fue publicada en dos ocasiones, 1928 y 1932.
17
12 “Citamos algunas obras entre las que deja escritas: Nociones de Literatura General; Motivos
Nacionales; El Vía Crucis del Orador; La Ley del Progreso; Las Brumas de Antonio O. Toledo;
Algunas Ideas acerca de Educación; Rodó; Motivos de Proteo; Eduardo Zamacois; El Titán
de la Tragedia; Hacia Imbabura; La Tentación; Tragedia Floral; Federico González Suárez;
El Ecuador en los últimos 15 años; Vargas Vila; La Condesa Pardo Bazán; Juana de Ibarbou-
rou; Héroe Epónimo y otros poemas americanos; Vulgata Higiénica; El Dr. Manuel Benigno
Cueva; Tres poetas de la Música; Al margen del camino de Paros; Juan León Mera conside-
rado como crítico; El Ecuador intelectual y otras. Dirigió el diario Ecuador y La Unión Liberal
y fundó varias Revistas.” En “Don Alejandro Andrade Coello”, Excélsior, 13 de noviembre
de 1943, citado en Corona fúnebre en homenaje a la memoria de Alejandro Andrade Coello,
1943-1944 (Quito: s.e., 1944), 88.
13 “La mayoría de sus artículos eran de crítica literaria, aunque podía tratar otros temas como
los héroes nacionales, la ciudad, la infancia y el periodismo”, clasifica la investigadora Or-
quera Polanco, “Prensa periódica y opinión…”, p. 102.
14 “Cuerpo principal de redactores de El Comercio y Últimas Noticias”, El Comercio, 1 de enero
de 1941: Tres, ABAEP. Citado en Orquera Polanco, “Prensa periódica y opinión…”, p. 133.
15 Ibíd.
16 Este proceso de modernización fue reduciendo la cobertura de prácticas urbanas en pleno
proceso de desarrollo, como las relacionadas con el emergente teatro nacional, que desde
1924 había experimentado un inusitado auge y florecimiento, con gran acogida de público.
Como hemos propuesto una investigación relacionada, este abandono de seguimiento me-
diático —necesaria crítica para la difusión y consolidación de procesos— fue una de las cau-
sas del declinar de la escena local. Al respecto, ver: Alejandro Aguirre Salas, “El Teatro de
Compañías en Quito. Práctica escénica, crítica y proyección social, 1924-1939”, pp. 224-50
(tesis de doctorado, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, 2023),
http://hdl.handle.net/10644/9571.
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Comparando las versiones, a la de 1928 le faltan tres grandes párra-
fos introductorios, textos que en la versión de 1932 muestran ser
parte de una estrategia retórica orgánica. Parecería así que hubo un
texto original, cercenado en su primera publicación a través de la fu-
sión de párrafos o la exclusión de algún desarrollo argumental o re-
tórico. En la compilación de 1935, las notas son ligeramente
intervenidas en el pulimiento de estilo o clarificación de descripcio-
nes de un texto que ha sido originalmente trabajado con cuidado, y
en contadas ocasiones con agregado de varios párrafos que expan-
den el ambiente, o agregan antecedentes y orígenes de algún perso-
naje, y que evidencian la intención de agregar lo excluido por la
exigencia de espacios de la publicación periodística.
Esto nos muestra a un autor trabajando no para las urgencias
de la prensa, no publicando para la coyuntura directa, sino respon-
diendo a un espíritu de los tiempos, a lo que el teórico Raymond Wi-
lliams llama “estructura de sentimientos”, como forma en que ciertos
sentires colectivos –determinados inevitablemente por pertenencias
de claseen momentos históricos se expresan a partir de formas
como las literarias o artísticas.
18
Es la mayoría de estampas; la reali-
dad social particular o la coyuntura política o económica no cuentan
como factores. Pese a estar dentro de un medio impreso con tenden-
cia a expresar la actualidad, los “tipos populares” y los “tipos quite-
ños” mantuvieron así su paradójica vigencia, evidencia constante de
su atemporal extinción, temática de evocación nostálgica ante una
identidad en transformación.
17 “Tipos populares. El hombre orquesta”, El Comercio, 2 de abril de 1928: 5 y “Tipos quiteños.
El hombre orquesta”, El Comercio, 17 de mayo de 1931: 3.
18 Raymond Williams, “Introducción”, en El teatro de Ibsen a Brecht (Barcelona: Península,
1975), p. 19. Cuando en 1935 Andrade Coello reúne sus crónicas y estampas, las introduce
con una larga reflexión en la que procura describir el alma de la ciudad y sus habitantes.
Describe los que considera sus defectos identitarios, como el pesimismo o la tristeza que se
regodea en ciertas formas del pasillo, pero que se contrarresta con una vocación al arte como
práctica de constancia. Andrade Coello, Del Quito antiguo, 3-18. En su crónica sobre el hom-
bre orquesta, Andrade reclama que “el popular numen nacional no produzca esa musiquita
lloriqueante, que está deformando a los ‘pasillos’, volviéndolos monótonos hasta la aburrida
desesperación (…) miseria moral a los que suspiran y se anonadan, en vez de reaccionar vi-
rilmente, dando muestras de vigor racial y bañando a las almas en las linfas puras de la sana
alegría”.
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Los tipos populares y quiteños
Varias de las crónicas de tipos de Andrade Coello inician con
pinceladas melancólicas sobre el ambiente de la antigua ciudad
calma, pacífica y rutinaria, en cuyas calles habitaban esos “tipos fa-
miliares y pintorescos”, cotidianos para la mirada del viandante,
como si fueran la materialización visual de un ethos de la ciudad:
“Resultaban decorativos para la ciudad. Eran el ornato ambulante
de la población”.
19
En ellos, en su forma de ser y su aparente mansedumbre, en
el relato parecería encarnarse una ciudad quieta y lenta que ya no
puede ser. En este contexto:
Paseaban sus galas oratorias, sus brotes de poesía popular, su abiga-
rrada indumentaria, sus decires característicos, sus mañas, sus cuerpos
deformes, sus caras lombrosianas o caricaturescas. Gente inofensiva,
era la nota picaresca de la población y el motivo para las charlas del
corrillo, los epigramas callejeros y los comentarios picantes.
20
La evocación que hace el cronista tiende en mucho a hacerse
gesto de identidad compartida con sus lectores, pero que se pierde
prontamente. Frente al hombre orquesta —la crónica que reedita—
que en 1928 “poca gente habrá que no conozcan” y ya en 1931 “Pocas
personas habrá en Quito que no hayan conocido al maestro Rosalino
Povea”; la publicación de 1935 arranca actualizando con un “Al
por 1930 murió en una sala del Hospital Civil de Quito, víctima del
terrible flagelo de estas latitudes: la bronconeumonía, que dicen ahora
solemnemente los médicos”.
21
Las estampas de Andrade están teñidas así por la evocación,
ejercicio de memoria en el que el autor procura registrar lo que se
19 “Tipos populares. Un célebre aguador”, El Comercio, 4 de abril de 1928, p. 1.
20 “Tipos populares. Un célebre aguador”, El Comercio, 4 de abril de 1928, p. 1.
21 Alejandro Andrade Coello, “El hombre – orquesta”, en Del Quito antiguo (Quito: Imprenta
«Ecuador», 1935), p. 82. La cursiva es nuestra. Nótese que, con frecuencia, en las notas se
hace referencia a esos “decires modernos”, en varias ocasiones haciendo alusión irónica a
los poetas modernos.
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está perdiendo en la experiencia colectiva, y de la que apenas quedan
huellas que recrea. Da testimonio de lo perdido o por perderse ine-
vitablemente, imagen mental de una experiencia que sobrevive en
la memoria y de la que ella es testimonio. Como propone el filósofo
Paul Ricoeur, ejercicio de memoria que busca recuperar y exponer
lo ausente evocado, imágenes que apuntan a volverse testimonio –la
crónica escrita–, abriendo la posibilidad de confrontarlo con otros,
22
aquí con miras a consolidar en la evocación compartida una identi-
dad mutua, quizás enfrentando la propia incertidumbre que la de-
riva de la modernización abre.
Frente a “estos vertiginosos tiempos de automovilismo, en
los que los picaros nervios viven hiperestesiados, que dicen los poe-
tas de la nueva cosecha”,
23
es que el cronista evoca los personajes de
la ciudad antigua, que “ya parecen inverosímiles aquellas típicas y
reposadas figuras que atravesaban lentamente las calles de Quito”.
24
A la vez, estas estampas son conciencia de lo indeleble para
la propia experiencia y conformación, que se transmite por testimo-
nio escrito en tanto evidencia de vida vivida, que particulariza. El
conocer a estos sujetos, haberse cruzado con ellos, constituía parte
de la identidad y el acervo común del citadino quiteño; ahora, en
cambio. La identidad local del sujeto medio parecería así constituirse
por esa experiencia/vivencia similar.
El tiempo que divide al cronista y sus contemporáneos de las
nuevas generaciones late en el relato. Para quienes no fueron comu-
nes testigos, la transmisión siempre será parcial, donde las imágenes
mentales que los lectores tendrán dependen del doble juego de la
descripción y la imaginación. Hay algo aquí de los “combates por la
identidad
25
que nota la ensayista Beatriz Sarlo, donde la experiencia
22 Paul Ricoeur, “Definición de memoria desde un punto de vista filosófico”, En Actas Academia
Universal de las Culturas: ¿Por qué recordar? (Barcelona: Ediciones Granica, 2002), pp. 24-8.
23 “Tipos quiteños. La vendedora de borregos de algodón”, El Comercio, 23 de febrero de 1932,
p. 3.
24 “Tipos quiteños. La vendedora de borregos de algodón”, El Comercio, 23 de febrero de 1932,
p. 3.
25 Beatriz Sarlo, Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión (Buenos
Aires: Siglo XXI, 2005), pp. 27-9.
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torna tal gracias a la puesta en narración y sentido, temporalidad no
del acontecer, sino del recuerdo.
Y, sin embargo, las crónicas, que iniciaban evocativas y en
tiempo verbal pasado, por momentos saltan a tiempo presente, y la
acción es descrita como sucediendo ante los ojos del lector.
La perspectiva del cronista no es la de un par que describe
coterráneos, sino la de un hombre moderno, consciente desde su con-
temporaneidad y saber metropolitano de lo pintoresco de lo descrito,
propio, pero no personal. Agrupados, estos sujetos populares eviden-
cian su evidente singularidad para la mirada del cronista que los des-
cribe con la conmiseración de la conciencia moderna, que los reconoce
como ‘los otros’, propios, pero en retirada. El lugar de la enunciación
se reconoce desde un saber cosmopolita, donde no faltan las referen-
cias letradas, que parecerían compartirse con los lectores, cuando se
compara una trastería con el “depósito de antigüedades, cual aquel
almacén del judío que recuerda Di[c]kens”–,
26
cuando se evoca el Claro
de Luna, de Ludwig van Beethoven, al referirse a una parranda po-
pular, cuando se marca un instrumento empolvado “cual el arpa de
Bécquer” o cuando se despide al músico popular que se pierde en su
arrabal “que era su nuevo campo de Montiel”.
27
El cronista y sus lec-
tores se ubican en un marco de referencia superior, desde el cual con-
templan la inocencia de sus personajes. En la descripción no hay
pedantería erudita, sino conciencia de que los lectores comparten el
mismo espectro de saberes. Con el mismo talante, se juega con ironía
ante las pretensiones de la retórica moderna y modernista. Así, “era
un sieteoficios. En lo moderno, se lo denominaría poliartista”, dice
del señor de Guagrocote; o las fallidas figuras retóricas modernistas,
“Lalida desnarigada, que dicen los cetrinos versificadores que
van a la vanguardia del disparate”,
28
son motivos de mofa del narra-
dor.
26 Referencia a la novela La tienda de antigüedades, publicada por Charles Dickens en 1841.
27 Haciendo referencia al lugar donde Miguel de Cervantes imagina el inicio de las aventuras
de Don Quijote de la Mancha. “Tipos quiteños. El hombre orquesta”, El Comercio, 17 de
mayo de 1931, p. 3.
28 “Tipos populares. Un célebre aguador”, El Comercio, 4 de abril de 1928, p. 1.
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Es desde esta perspectiva discursiva que se fija el eje funda-
mental de lo que debe ser recuperado del bagaje visual compartido:
lo exótico y pintoresco, en proceso de desaparición; lo particular y
llamativo que se sabe no volverá.
29
Así, por ejemplo, se describe el abigarrado aparataje con que
se armaba el “hombre orquesta” para tocar en cantinas, barrios,
bodas y funerales, y cómo ejecutaba usando piernas y brazos. Mú-
sico de gente pobre que no ganaba para victrolas u orquesta, el cro-
nista ve la imagen romántica y grotesca a rescatar, para el que daba
pinceladas que asientan su carácter: “Pasaba por esas calles que el
diablo tienta, acompañado de un mudo deforme y gesticulante que
llevaba inflada la bolsa a cuestas: era su orquesta ambulante, ejecu-
tada de modo mágico por él solo”.
30
Con detalle se describe también al “aguador” –personaje
local muy representado en pinturas y fotografías de la época–, que
llevaba sobre los hombros inmensos pondos de barro u otros mate-
riales para repartir agua en las casas de la ciudad. Andrade describe
la forma de carga, elementos como la atamba la correa que sostenía
sobre la frente el peso del gigantesco recipiente– o el pilche para lle-
nar el barril; pero el sujeto particular que escoge para describir al
tipo es un hombre concreto, un ciego, el ‘Orejas de Palo’, versero y
reñidor, que de joven cuentan fue maestro de “doctrina cristiana a
servidumbre de las familias pudientes”.
31
Las crónicas tienden a resaltar lo marcadamente local en lo
pintoresco, tanto que ese acento parecería ser la causa de que la serie
de textos pase de “tipos populares” en 1928 a “tipos quiteños” en
1932. En un primer momento, esta narración recupera la larga tradi-
ción de las acuarelas de tipos populares, tan difundidas por toda la
región en el siglo XIX.
29 Valga mencionar la observación de Jorge Luis Borges sobre la ausencia de camellos en el
Corán, de tan comunes y evidentes. En esta perspectiva, solo la mirada extrañada, ajena —
tal como proponía Bertolt Brecht— descubre lo que desde otra perspectiva se difumina por
común.
30“Tipos quiteños. El hombre orquesta”, El Comercio, 17 de mayo de 1931, p. 3.
31 “Tipos quiteños. El hombre orquesta”, El Comercio, 17 de mayo de 1931, p. 3.
Nostalgia y representación: “tipos populares” en extinción
para una ciudad que se moderniza
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Como propone la investigadora Alexandra Kennedy–Troya,
las pinturas y acuarelas de tipos populares –que resaltaban diferen-
cias étnicas, raciales y de vestimenta– tuvieron una presencia signi-
ficativa durante el siglo XIX en toda América Latina como parte de
las estrategias de construcción de identidades e imaginarios nacio-
nales, signados por cierta voluntad romántica. Las imágenes tenían
marcada influencia de los registros científicos de viajeros europeos
de las primeras décadas del XIX, con Alexander von Humboldt a la
cabeza;minas que podían ser coleccionadas, adquiridas por ex-
tranjeros o locales, y que tuvieron una demanda significativa, gene-
rando todo un mercado de copias y reproducciones. Su rol giró
alrededor de ese resaltar particularidades culturales que debían di-
ferenciar a las repúblicas en constitución, haciendo de estas imágenes
parte del encuentro entre la centralización del Estado, la mirada cien-
tífica y la afirmación de comunidades imaginarias consolidadas por
signos comunes. Los tipos aquí representados se diferenciaban por
lo étnico y lo social, a los que posteriormente se agregaron los oficios
practicados.
32
Como nota Kennedy-Troya, para mediados del siglo,
si para España esos tipos costumbristas expresaban “la añoranza de
un mundo que desaparecía en medio de o por el progreso y las in-
fluencias externas”, para América estas imágenes operaban como
formas de “autoafirmación, una mirada al presente y posiciona-
miento político de las nuevas élites americanas”.
33
Esta lectura de Kennedy-Troya nos es pertinente porque, en
las estampas literarias de Andrade Coello de 1928 a 1932, notamos
la irrupción de esa conciencia moderna que describe de sí lo que ya
comienza a añorar ante su inevitable desaparición producto de fatal
progreso.
En el paso de fines del siglo XIX a las primeras décadas del
XX, pintores emblemáticos como Joaquín Pinto (1842-1906) trabaja-
ron el costumbrismo como una de sus facetass características.
32 Alexandra Kennedy-Troya, “Formas de construir la nación ecuatoriana. Acuarelas de tipos,
costumbres y paisajes”, en Imágenes de identidad. Acuarelas quiteñas del siglo XIX, ed. por
Alfonso Ortiz (Quito: FONSAL, 2005), pp. 26-30.
33 Kennedy-Troya, “Formas de construir la Nación…”, p. 30.
Alejandro Aguirre Salas
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Las acuarelas de tipos pasan a ser expresión artística, posible espacio
que dejaba entrever la humanidad de los sujetos representados. Visto
como manifestación del arte popular, junto con las indagaciones ar-
queológicas, estas acuarelas pasaron a ser referentes estéticos para
el indigenismo de la década de los veinte.
34
Imagen 1. Reproducción de ‘El campanillero’, acuarela de Joaquín Pinto, que
ilustra la nota de Alejandro Andrade Coello
Fuente: El Comercio, 23 de abril de 1928, p. 1.
34 Ibíd. La importancia de Pinto para el costumbrismo quiteño es central. Al respecto, como
muestra, ver las publicaciones: Joaquín Pinto, Álbum particular¸ [textos e investigación de
Verónica Muñoz]¸ Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2013; Joaquín Pinto, Exposición
antológica, Banco Central del Ecuador, 1984; Alicia Loaiza Ojeda, “Introducción”, en AA.VV.,
Joaquín Pinto, crónica romántica de la nación, Quito, FONSAL, 2010.
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La resonancia y diálogo entre las crónicas/estampas de An-
drade y la tradición de las estampas de vocación romántica es clara;
tanto si una de sus crónicas se ilustra (Imagen 1) con la reproducción
de una acuarela de Pinto
35
como si un lector del diario recalca el pa-
recido, la conciencia de la misma filiación y preocupación de registro
es clave. En la nota de un lector entusiasta, tras la primera publica-
ción del grupo de estampas ‘Tipos quiteños’ de 1931, a la par que in-
sistía en que “deberían seguir las [estampas] de otros tipos quiteños,
de manera que El Comercio forme una verdadera galería (…)”, argu-
mentaba: “Lástima sería que desaparezcan estos retratos populares.
Algunos se conservan en las famosas acuarelas de Pinto”,
36
y llegaba
a proponer la edición de un libro donde ambos registros se junten.
Pero en las estampas de Andrade Coello hay una pincelada
diferente. Aunque se presenten como personajes típicos y recurren-
tes, los ‘tipos populares’, los ‘tipos quiteños’, los seres descritos son
sujetos particulares, individualizables y distinguibles, algunos hasta
con nombre y antecedentes, encarnación en el sujeto concreto del ar-
quetipo. Esto, tal vez, por el mismo espíritu narrativo ante esa ciudad
pequeña dondepoca gente habrá que no conozcan a”. El autor
gusta y se toma tiempo para describir las particularidades físicas de
los personajes; en el rostro tiene un peso particular, pasando del ca-
rácter genérico a una encarnación que materializa tipos genéricos
que solo pueden existir en la experiencia concreta del sujeto viviente.
Quizás haya en esa mirada algo de esa lectura moderna y positivista
ante “caras lombrosianas o caricaturescas”. Juan Champuz, que es-
cona bajo su capa un látigo para zamarrear niños despistados,
tenía “boca repugnante con abultados belfos (…) feo rostro” que se
exacerbaba con la tétrica sonrisa.”
37
La vendedora de borreguitos de
algodón, hechos a mano, lenta de caminar, tenía “talante serio, faz
que nunca sonreía, pocas hebras blancas en el cabello y menos arru-
gas, que habían paralizado el tiempo, de manera que era difícil cal-
cular, por la cara de la anciana vendedora, su edad, que a veces se
35 “Tipos populares. El campanillero”, El Comercio¸ 23 de abril de 1928, 1.
36 “Tipos quiteños. Carta de un lector”, El Comercio, 9 de mayo de 1931, p. 3.
37 “Tipos populares. El Juan Champuz”, El Comercio, 7 de abril de 1928, p. 1.
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remozaba cuando la venta iba bien”.
38
Por su parte, el señor de Gua-
grocote:
Era un cholo maduro, vivaracho y robusto, con unas pintas de sangre
india, aunque su propio apellido sonaba a blanco distinguido y de pró-
cer, genuino ejemplar del pueblo (…) Peinaba ya algunas canas, unas
pocas, su sedoso y poblado bigote, que parecía gorda brocha usada por
empapeladores para engrudar. Sus ojos negros, vivos como los del
ratón, parecían sonreír socarronamente y le brillaban de malicia. Los
pómulos hinchados simulaban estar soplando siempre, pues entendía
de pistón y cornetín. Los labios gruesos y sensuales, las pobladas cejas,
las orejas grandes y de pabellón inclinado hacia adelante completaban
la inconfundible fisonomía.
39
Los rostros, llamativamente, convocans la descripción del
cronista que las vestimentas, sobre las que las referencias suelen ser
más rápidas,
40
excepto aquellas que cobran relevancia por su excen-
tricidad, como las gorras del señor de Guagrocote, hechas por él con
piel de gato, “muchas veces con la cabeza del felino como visera”.
41
Esta marcación es significativa si se compara con la tendencia
de las acuarelas de tipos, cuya tendencia excluía la particularidad de
los rostros, perfilando imágenes más genéricas. Sobre las acuarelas,
cuyo fondo además tiende a ser neutro, Kennedy-Troya nota que “se
identifican por su vestimenta y por la herramienta, instrumento u
objeto litúrgico que llevan; sus rostros no están individualizados, la
fisonomía es aplicada por igual a hombres y mujeres, niños y viejos,
no se expresa ni su sexualidad, ni su edad, ni sueñan, ni en, ni
aman, ni pelean”.
42
38 “Tipos quiteños. La vendedora de borregos de algodón”, El Comercio, 23 de febrero de 1932,
p. 3.
39 “Tipos quiteños. El señor de Guagrocote”, El Comercio, 7 de mayo de 1931, p. 3.
40 En la publicación de 1935, donde la extensión de la crónica no estaba limitada por el espacio
fijado por el diario, el autor llega a pintar con más detenimiento algunas descripciones: “el
burdo poncho de lana un tanto raído, pantalones de casinete obscuro, botines flojos y del-
gado bastón de hierro o a veces un grueso garrote en la diestra, que no era muy raro lo lan-
zase como proyectil”. Andrade Coello, Del Quito antiguo, p. 94.
41 Ibíd.
42 Kennedy-Troya, “Formas de construir la Nación Ecuatoriana…”, p. 59.
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Diferencia también con las acuarelas quiteñas del XIX y XX
representadas sobre fondos neutros–; los tipos de Andrade son des-
critos en sus entornos vitales: la barroca iglesia del centro para el
campanillero, el tenducho con biombo de cáñamo de amontonado
tiradero del hojalatero y vendedor de objetos viejos, la mazmorra del
devoto y violento Champuz, la modesta y abigarrada casa del hom-
bre orquesta: lugares que en las pinceladas del autor parecen coinci-
dir en oscuridad, suciedad, amontonamiento y humedad, polvo
sobre polvo. Descripción de ambientes pobres de trabajadores hu-
mildes.
La vitalidad de la forma narrativa
Pero hay algo que despliegan con mucha más intensidad las
estampas periodísticas. Las mismas formas narrativas de la es-
tampa/crónica dotan de una vida y un devenir a los personajes que
las pinturas y acuarelas no pueden lograr. Las imágenes mentales
encarnan las figuras en acción, en existir, y significativamente les dan
así más carnalidad y vida que la representación visual; las señas par-
ticulares de estos personajes surgen en medio de su caminar y ac-
tuar.
Para el cronista –y a ello tiende a reducirlos–, su vivencia fun-
damental es la del trabajo, muchas veces callejero y por eso visible y
dibujador de la ciudad. Trabajo precario y de supervivencia. Son los
trabajadores populares de una ciudad mínima y antigua. “Un buen
día, de esos que la necesidad impulsa a discurrir hasta a los no letrados por
más que sean cierto, se aprestó a la andanza callejera, a la aventura ruidosa
y deleitable por los queridos barrios quiteños”;
43
la necesidad hace al tipo
popular. El hombre orquesta, el aguador, la vieja vendedora de bo-
rreguitos de lana, el niño campanillero de procesión o el mil–oficios
que hace de hojalatero, amaestrador de perros, hacedor de máscaras
de cartón, pintor de epitafios, curandero o curtidor de gatos, son los
tipos populares pintorescos que existen porque laboran en esos ru-
43 “Tipos quiteños. El hombre orquesta”, El Comercio, 17 de mayo de 1931, p. 3.
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bros de ciudad pobre y apartada, ajena a la abundancia de la mer-
cancía, la tecnología y los servicios que la modernización de la ciu-
dad proveerá y superará.
Los tipos quiteños de Andrade en su misma condición de
tipo, recalcando su conformación; y el ‘sieteoficios’ del señor de Gua-
grocote “enamoraba a las cholas bolsiconas do zapato blanco y flo-
reado mantón de Manila y a las negras de casa rica” o el hombre
orquesta que animaba fiestas populares, “bailes de arroz quebrado”,
cenas o tabernas. Viven y tienen historias. Apenas son mentados los
pasados conocidos —son tipos populares y la crónica busca pintar-
los—, pero evidencian sujetos de historias mínimas.
Aunque la crónica tiende a dibujar en lo pintoresco y casi al-
deano de la ex ciudad chica una inocencia que parecería bondadosa,
en el fondo de todos los relatos hay una crueldad latente, una vio-
lencia instintiva y animal, cruel como respondiendo a sus mismos
instintos. Pero, cree el cronista, en el fondo “inofensiva”.
44
Se presenta así a Juan Champuz, que gustaba en sábado
santo flagelar niños a latigazos, atrayéndolos al sacar de debajo de
su capa un títere de trapo de cura beleno gesticulador y hacedor de
señas, ante la indiferente mirada de “los guardianes del orden favo-
recían con su imparcialidad”; o el muy colonial canónigo Terrazas,
que aterrorizaba con el infierno a los fieles pobres antes de darles el
pan de gloria el sábado santo.
45
En este último personaje se encarna
el barroco religioso colonial como en ninguno. Cuenta el cronista
cómo, para asustar y conmover a los fieles:
Se quemaba los dedos en el pulpito con llama de alcohol, arrastraba
cadenas en el obscuro claustro o exhibía macabras momias, al paso de
las saetas y al son de lamentables cantossticos, imprecadores de
arrepentimiento. Detrás del cuadro del purgatorio desplegado en el
altar mayor, encendía desperdicios de las bujías do sebo y derramaba
aguarrás.
46
44 Andrade Coello, Del Quito antiguo, p. 89.
45 “Tipos populares. El Juan Champuz”, El Comercio, 7 de abril de 1928, p. 1. Esta tradición, en
extensa descripción, también es recuperada en la crónica “Estampas de mi ciudad. La Se-
mana Santa”, por Alfonso García Muñoz. El Comercio, 17 de abril de 1938, p. 12.
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En la misma crónica de sábado santo, y de la misma laya, el
cronista recupera la tradición infantil de sábado santo de los “perros
con lata”, canes atrapados días antes a los que amarraban al cuello o
la cola latas con voladores para soltarlos entre la multitud con escán-
dalos y pánico colectivo.
Y nuevamente aquí, es la experiencia moderna la que no solo
mira como grotescas estas prácticas, sino que las anulará al repre-
sentar un nuevo ethos: “La civilización que proteje a los animales va
desterrando la cruel costumbre de los ‘perros con lata’”, mientras se
evoca con conmiseración a Champuz velando en nicho a su títere,
teniéndolo como fetiche religioso que adornaba con la caridad pú-
blica: “La pintoresca figura es hoy como un trasunto inverosímil de
mejores tiempos de augusta calma y sencillez”.
47
La violencia así es
también una rémora del paraíso perdido, de la inocencia del instinto
brutal o tierno.
Es significativa la recurrente presencia de los niños, que en
la calle alrededor de las crónicas rondan, población latente de mu-
chas estampas, presentes casi siempre como pícaros crueles,s
dados a gozar del pequeño dolor y la angustia momentánea de los
seres pintorescos o de los mismos viandantes. “Los muchachos, im-
placables en el prurito de molestar al prójimo y causar daños”, dice
el cronista, no solo insultaban al aguador ciego con apodos y pullas,
sino que llegaban a “arrojándole cáscaras, terrones y bodoques do
sus cerbatanas de hojalata”
48
, a los que este respondía con insultos
en verso– y palazos ciegos. De silbar molestos al señor de Guagro-
cote –cazador de gatos, entre otros empleos– a merodear al campa-
nillero de la procesión tratando de tomarle el puesto por un rato, en
las crónicas estudiadas surgen como una mezcla entre seres sin acti-
vidad, que merodean la ciudad sin oficio ni destino, únicos ojos ac-
tivos y atentos a lo que pasa, quis también buscavidas de siete
46 Ibíd.
47 Ibíd.
48 Alejandro Andrade Coello, “Un célebre aguador”, en Del Quito antiguo (Quito: Imprenta
«Ecuador», 1935), 92. Esta cruel descripción del ataque de los niños no está presente en las
estampas publicadas en El Comercio, pese a que en ellas sí se entrevé la crueldad y tensión
contra él.
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suelas solo de paso. En la compilación de 1935, Andrade agrega a
una crónica un párrafo donde su mirada hacia los niños y su recu-
rrente violencia cobra un nuevo matiz: en el fondo, los personajes
pintorescos eran “los mimados de los niños, que frecuentemente ara-
ñan por cariño o por distraerse, y convierten, tal vez inconsciente-
mente, en ludibrio hasta lo que es digno de lástima”.
49
En estas estampas vitales, es llamativa también la recurrencia
del uso de las formas versadas como una de las maneras de expre-
sión de algunos de estos personajes. Estrategia de convocatoria,
forma de juego y a la vez llamativa costumbre de uso. El cronista re-
gistra cómo el aguador ciego, “poeta callejero” al que apodaban
“Orejas de Palo”, el cual “repartía en verso insultos, imprecaciones
y anatemas” a los ‘granujas’ que lo insultaban para azuzarlo a las
respuestas. Ante un “Orejas de Palo / barbas de chivo”, él respondía
“A tu madre le regalo / y dame, bruto, el recibo”, o cuando una
mujer lo llamó por su apodo apostando por el anonimato que su ce-
guera le confería, él respondió: “Si te conozco, H. Quiñones / Fiera
ladrona de corazones / Pero algún día te he de ver flaca / Como una
lora puesta en estaca”. La hilaridad colectiva incentivaba los ataques
infantiles, que él respondía con mayores obscenidades, igual rima-
das. Y cuando el insulto apostaba a la palabra de difícil rima, como
“Atahualpa”, el ciego perdía los estribos y, soltándolo todo, giraba
su bastón–varilla de hierro en círculo, procurando atinarle a al-
guien.
50
Igual vocación retórica tenía el ‘señor de Guagrocote’, mil
oficios, entre ellos hojalatero y vendedor de antigüedades en tienda
de cáñamo en el barrio de San Roque, también “poeta popular” que
escribía en totora versos para epitafios a pedido, donde la métrica
se perdía ante el espacio para escribirla, quedando así “Tú que al
cielo volas- / Te como palo- / Ma, matando mis hala- / Gos de
madre cari- / ñosa, etc”.
51
49 Andrade Coello, Del Quito antiguo, p. 89.
50 “Tipos populares. Un célebre aguador”, El Comercio, 4 de abril de 1928, p. 1.
51 “Tipos quiteños. El señor de Guagrocote”, El Comercio, 7 de mayo de 1931, p. 3.
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El uso del tiempo pasado en las estampas de Andrade Coello
expresa esa conciencia del cronista de su práctica como testimonio
melancólico. Pero, decíamos, al describir, la forma narrativa puede
saltar al tiempo presente que materializa la detallada descripción,
como en este cuadro del campanillero de las procesiones en extin-
ción:
El campanillero llama a los que han de acompañar al viatico. A la
puerta de la iglesia agita un esquilón de bronce pendiente de triangular
yugo de madera que termina en dos mangos o manubrios. El mucha-
cho, a duras penas, puede mover la colosal campanilla que con tieso y
retorcido cabestro le cuelga del cuello. Agobiado está con el peso. Se
ayuda con ambas manos, que asen de la empuñadura de palo, y agita
incesantemente el instrumento para que el badajo repiquetee.
Rechina el gozne con sonidos a veces quejumbrosos, a veces estriden-
tes. El desarrapado chicuelo, en el desempeño de su oficio, que es so-
licitado con ilusión, mueve brazos y cabeza, en interminable balanceo.
Así pasa muchos minutos invitando a los fieles de la comitiva eucarís-
tica.
52
Las imágenes narradas de Andrade Coello dan movilidad y
un nuevo sentido a las imágenes, agrandando la acción, vitalizando
la experiencia. La vida se potencia por la descripción escrita más que
con la pictórica. El “a duras penas” sobrepasa la representación del
tipo, y un fugaz “en el desempeño de su oficio, que es solicitado con
ilusión” afirma el devenir ya no solo de lo exterior, sino de lo hu-
mano con sus esperanzas y expectativas, con su incertidumbre, con
su existir.
Cierre y melancolía
También aquí se evidencia la tácita intensión del autor por
pintar un cuadro en acción que sabe no volverá a materializarse.
52 “Tipos populares. El campanillero”, El Comercio¸23 de abril de 1928, 1. En la recopilación
que Andrade Coello hace en 1935, este texto tuvo modificaciones de estilo, que aclaran lige-
ramente la descripción de la situación.
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Torna así imagen nostálgica, que es a la vez identidad propia y evo-
cación de lo perdido, desde una mirada que evidencia su ternura
sobre lo contado y al tiempo la conciencia de su inevitable fin a causa
de la modernización y el progreso.
Estos tipos populares solo pueden existir en una ciudad an-
tigua y poco vinculada al mundo exterior, ciudad sin servicios bási-
cos cubiertos ni comercio externo activo. Cuando –con la
modernización urbana– estos bienes y servicios emerjan, los días
para los trabajadores pintorescos desaparecen. Por su mismo
acento, los textos de Andrade Coello describen fantasmagorías que
en la ciudad han desaparecido o que se extinguen por falta de un há-
bitat donde su vida tenga sentido práctico o cultural. Para la ciudad
de fines de la década de los veinte e inicios de los treinta, esas figuras
ya son fundamentalmente evocaciones que aún perviven en la me-
moria de la generación de la que Andrade Coello es expresión, evo-
cación en muchos casos de lo que fue testigo y testimonio de que ya
no habita la ciudad.
Como “los borreguitos de algodón (…), las guaguas, ninfas,
indiecitos y otras figuras de blanca harina de trigo, flor de masa tan
bien preparada, que daba la ilusión del alabastro” que vendía la seria
anciana que recorría la ciudad, los cierres de las crónicas de Andrade
Coello están marcados por esa conciencia de pérdida, y el testimonio
escrito así como las estampas pictóricas–, por su vocación de res-
ponso. “Como otras figuras populares, el simpático campanillero
será al fin olvidado en la dilecta y vieja ciudad de las añoranzas co-
loniales”.
53
Ciudad aún vieja, que va perdiendo a quienes la hacen
particular.
Y, sin embargo, es significativo cómo el autor nota los cole-
tazos tenaces de las figuras que no desaparecen sin resistencia. En la
edición en libro de la nota sobre el campanillero, por ejemplo, en el
texto agregado se concluye: “Este espectáculo colonial es cada vez
menos frecuente; pero no ha desaparecido del todo, en la tranquila
vida de la ciudad de cuotidiana rutina, que de vez en cuando inte-
53 “Tipos populares. El campanillero”, El Comercio¸ 23 de abril de 1928, p. 1.
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rrumpe su pacífico traginar y el ambulante tráfico, obligando a que
se descubran o hinquen la rodilla los transeúntes, sorprendidos por
el retintín do la campanilla”.
54
Esta imagen, nos parece, evidencia la
transición costosa. Los viandantes sorprendidos, como ante un con-
juro, como empujados, son parte y los constituye eso que se va per-
diendo. Lo reconocen. Aún se reconocen en esas imágenes.
Es claro que aquellos personajes de la ciudad antigua eran
los pocos, los ‘más pintorescos’ para las nuevas rutinas, “los otros”
que sobresalían en los tiempos pausados y casi bucólicos de la ciu-
dad colonial en retirada. El mismo hecho de ser conocidos por todos,
dando motivos para “corrillos y comentarios”, evoca también una
ciudad pequeña donde era posible conocerse entre los habitantes.
Junto a esos ‘personajes pintorescos’ que se perdían con la
modernización, lo que se extraviaba también era el territorio de en-
trecruces y encuentros. Quizás, de cierta manera, quien desaparece
no son estos ‘tipos populares’ –los humanos diversos seguirán habi-
tando las grandes y pequeñas urbes del planeta–, sino la mirada
capaz de verlos, de reconocerlos y, tal vez, dialogar con ellos como
pares.
Referencias
Fuentes primarias
Diarios y revistas
EL COMERCIO. Quito, 1928-1932.
54 “Tipos populares. El campanillero”, El Comercio¸ 23 de abril de 1928, p. 1.
Alejandro Aguirre Salas
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Fuentes primarias publicadas
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1935.
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1936.
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––––––, Estampas de mi ciudad. Cuarta serie. Bogotá: Tipografía, 1958.
––––––, Estampas de mi ciudad. Quinta serie. Bogotá: Tipografía, 1981.
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––––––, “Formas de construir la nación ecuatoriana. Acuarelas de tipos, costum-
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Alejandro Aguirre Salas
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