BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
Volumen CII Nº 212
Julio–diciembre 2024
Quito–Ecuador
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
Volumen CII
Nº 212
Julio–diciembre 2024
Quito–Ecuador
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Director Dr. Cesar Alarcón Costta
Subdirectora Dra. América Ibarra Parra
Secretario Ac. Diego Moscoso Peñaherrera
Prosecretaria Ac. Ingrid Diaz Patiño
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Jefe de Publicaciones (e) Dr. Blas Garzón Vera, PhD
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Dr. Blas Garzón Vera Presidente
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EDITOR
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Dr. Juan Cordero Íñiguez Academia Nacional de Historia – Ecuador
Dra. Olga Zalamea Patiño Universidad de Cuenca
BOLETÍN de la A.N.H.
Vol. CII
Nº 212
Julio-diciembre 2024
© Academia Nacional de Historia del Ecuador
ISSN Nº
1390-079X
eISSN Nº
2773-7381
Portada: Figurillas de Valdivia
Fotografía tomada de: Smithsonian, National Museum of the American Indian
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landazurifredi@gmail.com
Marzo 2025
Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación
Libro de distribución gratuita
EL AVASALLAMIENTO DE LAS IDEOLOGÍAS POLÍTICAS
Y LA GÉNESIS DEL POPULISMO ECUATORIANO
Aquiles Mario Rigail Santistevan
1
Sostengo que la crisis decadentista de los partidos políticos
en nuestro país, y su fracaso como receptores de corrientes ideológi-
cas, bien sea de derecha, de izquierda o de ultra izquierda, ubica su
génesis histórica en la primera presidencia del doctor José María Ve-
lasco Ibarra, que impulsado sin otra motivación que no fuera la de
captar el poder político, que le permitiera exteriorizar un autoritaris -
mo, que respondía fundamentalmente a lo exacerbado de su tempe-
ramento, que eximia de su quehacer político postulados ideológicos,
para centrarse fundamentalmente en un proyecto de corte populista,
cuya finalidad, inconfesada pero real, consistía en desvalorizar los
principios ideológicos, insertos en la esencia y la razón de ser de los
partidos tradicionales, con lo cual pretendía formular un proyecto
gubernamental de largo alcance, para cuya concreción le era preciso
estructurar una estrategia que principalmente consistiría en crear fac-
tores de absoluta negatividad, en cuanto a reconocer a los partidos
políticos tradicionales, como representantes de la voluntad popular,
y cuyo efecto causal consistiría en exaltar el proyecto populista que
infiltraba el Doctor Velasco en sus manifestaciones oratorias, soste-
niendo y reiterando un permanente mensaje con el que convencía a
las masas de su proclama populista, que aparejaba la negación de
1 Estudios superiores en la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de
Guayaquil. Doctor en Jurisprudencia y es Magister en Ciencias de la Educación. Catedrático
en las Universidades de Guayaquil, Laica Vicente Rocafuerte y en la Universidad Católica
Santiago de Guayaquil. Se ha desempeñado diferentes cargos públicos y privados. Concejal y
Presidente Ocasional de la Muy Ilustre Municipalidad de Guayaquil,. Director General del
Trabajo. Ministro de trabajo, Ministro de Bienestar Social. Presidente del Consejo Superior del
Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Intendente de Compañías de Guayaquil. En
la actualidad es Asesor Jurídico de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil y Miem-
bro del Consejo Superior Universitario.
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toda identificación ideológica, la que era imprescindible marginar y
desconocer, a efecto de privilegiar su soflama revolucionaria restando
credibilidad al mensaje de los partidos políticos, resaltando el dis-
curso populista, en el que repetía hasta el cansancio su repulsa al par-
tidismo tradicional, insistiendo y reiterando la absoluta inoperancia
y el fracaso en resolver los graves problemas que aquejaban al pue-
blo, que malvivía desprovisto de esperanzas en un futuro alentador.
Su oratoria, bien fuera en la tribuna popular o en la curul legislativa
evidenciaba su repudio al rol histórico de los partidos políticos, enal-
teciendo al mismo tiempo su discurso populista, con lo que acrecen-
taba adhesión popular, mediante ofertas demagógicas, que la masa
recogía como realidades anticipadas en función de su bienestar. El li-
derazgo del doctor Velasco Ibarra se sustentaba entonces en autopro-
clamarse como figura providencial, que al margen de los partidos
políticos e incluso combatiéndolos, encarnaba la solución y la res-
puesta a los anhelos y reclamos populares; por ello se presentaba
como figura providencial, protector y defensor de todo cuanto im-
plicara satisfacer los anhelos del pueblo, ignorados según lo afirma -
ba, por los gobiernos conservadores y liberales impuestos con fraude
electoral, vejado repetidamente y agredido al intentar formalizar con
su presencia en calles y plazas del país, su descontento y oposición
hacia la política gubernamental, bien fuera de ideología conservadora
o liberal, a las que el moderno mesías, el Dr. Velasco Ibarra, respon-
sabilizaba de la miseria popular, desprovista no solo de bienes mate-
riales de ínfimo valor, sino principalmente de esperanza en un futuro
alentador, para lograr lo cual nada habían aportado los partidos po-
líticos, que permitían el disfrute inmoral de sus dirigentes de una vida
de lujos y excesos, que contrastaba con la miseria angustiosa del pue-
blo, inerme y desprovisto de derechos.
Es entonces cuando el doctor Velasco Ibarra, elegido diputado
el año 1933, inicialmente cercano a un sector legislativo en el que pre-
dominaba el conservadorismo, poco tiempo permanece en él, apre-
surándose a trasladar su accionar a una ambigua tendencia liberal,
de todo lo cual igualmente se aísla y se margina, convencido de que
su presencia en la arena política, bien podía aglutinar a la masa con
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su mensaje populista, poco afecta a identificaciones partidistas, a las
que confiaba liderar con su discurso de barricada, ausente de todo
pensamiento ideológico, sustituyéndolo con sus discursos pletóricos
de ofrecimientos, no pocos de ellos demagógicos, que aseguraba se-
rian atendidos por él, asegurando ser el receptor legítimo del reclamo
popular y de sus esperanzas de mejores días, con cuyo mensaje pen-
saba en obtener la fe ciega que forjaría con sus dotes persuasivas en
calles, plazas y balcones, permanentemente reclamando y exigiendo
que se lo reconozca como salvador del pueblo marginado y oprimido,
y castigador de quienes según afirmaba en fogosos discursos, habían
fraguado la miseria popular a través de los partidos políticos, cuyos
líderes se habían enriquecido, no solo en los cargos públicos que de-
tentaban o detentaron, sino a través de la permisibilidad de acuñar
dinero mal habido, por parte de quienes ejercían mandatos populares
devenidos de un engañado y confuso elector ecuatoriano.
La respuesta entusiasta y multitudinaria, que el Doctor Ve-
lasco Ibarra obtenía con su presencia en la palestra política y su men-
saje abiertamente populista, pletórico de ofertas sin límite alguno,
estructuró definitivamente su mentalidad, direccionándola a un sen-
tir autocrático que se mantuvo vigente durante todo su quehacer po-
lítico, convencido como estaba que para evitar la dispersión del apoyo
popular en su favor, debía manifestarse en el ejercicio del poder de
forma tal, que no admita ni permita que se lo dispute, desconozca o
ponga en entredicho su aureola de ser providencial, que el había
creado por propia convicción en cuanto a la infalibilidad en sus man-
datos, lo que le hacía imprescindible aplicar prácticas autoritarias y
agresivas, en contra de quienes pretendieran obstar o disputar su
marcha victoriosa y triunfante, para lograr la salvación popular.
El doctor Velasco Ibarra, supuesto detentador de esta perso-
nalidad presuntamente infalible en la realidad y en los hechos, acu-
ñaba su mayor debilidad, al albergar la absoluta convicción de que,
tanto como candidato o detentador del poder, de que sus decisiones,
impulsos y pronunciamientos públicos eran necesarios, imprescindi-
bles y verdades indiscutibles, que no admitían réplica, dado que sus
neuronas cerebrales clasificaban y catalogaban a sus acciones y reac-
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ciones políticas, como nacidas de la absoluta certeza, que marginaba
cualquier sombra de duda, sobre sus pronunciamientos nacidos de
su convicción y tanto era así, que soslayaba el debate con el contrario
político, o la opinión ajena, a la que desvalorizaba, denostaba y hasta
despreciaba en furibundas manifestaciones discursivas.
Su capacidad retórica y dialéctica, inmersa en un populismo
ilustrado, tornaba la personalidad del doctor Velasco Ibarra, como
cercana a la megalomanía, lo que lo conducía a pronunciamientos ex-
tremos y hasta contradictorios, como los de designar para desempe-
ñar funciones significativas, a personas que alcanzaban su simpatía,
pero sin la necesaria preparación para desempeñarse en cargos im-
portantes y trascendentes, a la vez que entronizaba en su gabinete
presidencial, a ciudadanos carentes de trascendencia política o popu-
lar, y peor aún, incapaces de contradecir u objetar las erradas deci-
siones del presidente. Su gabinete presidencial estaba integrado en
una mescla hibrida de algunos simpatizantes del partido liberal,
cuanto en su mayoría de afiliados a la línea conservadora, en la que
inicialmente había militado cercanamente, cuando participaba como
diputado en el congreso del año 1933, liderando la descalificación y
posterior destitución del presidente Martínez Mera, quien no esperó
tan seguro desenlace, apresurándose a renunciar.
Ello fortaleció y elevó casi de inmediato el liderazgo del doc-
tor Velasco Ibarra, y su agresividad política, que le permitía forzar si-
tuaciones y romper lanzas contra quien, bien sea a título personal o
como dirigente partidista se atrevía a contradecirlo, oponérsele o cri-
ticarlo; esa pretendida y errada valoración de los fines que aspiraba
alcanzar, contando con una incondicional adhesión popular, lo había
convencido de la legitimidad y la validez de sus acciones y decisio-
nes, en favor de los sectores populares, cuyo respaldo crecía rápida-
mente así como su presencia masiva en los espacios públicos, con lo
que justificaba la descalificación y la deslegitimación del adversario
que se atreviera a censurarlo, atacarlo o criticar su proyecto político,
y sus logros gubernamentales.
Conceptúo que este ensayo de investigación y conclusiones,
que presento a la ilustrada consideración de los miembros de la Aca-
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demia Nacional de Historia, no contradicen en modo alguno los aser-
tos de importantes historiadores de distintas tendencias, que no han
desconocido y por el contrario aceptan, de que no resulta posible
negar la personalidad autoritaria del doctor Velasco Ibarra, con clara
tendencia absolutista, traducida fundamentalmente en un evidente
minimización de las otras Funciones del Estado, pero con mayor vi-
rulencia a la legislativa, a la que dado su carácter atrabiliario y poco
dado a la conciliación, enfrentaba incluso innecesariamente, pero a la
postre provocante de la reacción parlamentaria, cuando las acciones
presidenciales llevaban implícita la aplicación abierta o velada, de la
intención de imponer medidas regulatorias limitantes, a los pronun-
ciamientos y la autonomía de la Función Legislativa, lo que provo-
caba la reacción de la mayoría del Congreso, presidido por el doctor
Carlos Alberto Arroyo del Rio, ante lo cual poco tardaba el doctor Ve-
lasco Ibarra en exteriorizar su ira, agotando su escasa tolerancia, di-
reccionándolo a la única conclusión que consideraba históricamente
imperativa, cuál sería la disolución del Congreso y la prisión de sus
dignatarios, acusándolos de pretender oponerse a sus planes de go-
bierno y a sus proyectos de ley, que habían sido vetados, decisiones
con las cuales consideraba el presidente Velasco, tenían la finalidad
de desconocer su poder y sus mandatos ejecutivos.
Dados estos acontecimientos, y la convicción de hallarse do-
tado de un mandato que no admitía relativismos, ello no le permitía
aceptar la crítica o la oposición fundamentalmente legislativa, a la
que siempre tachaba de destructiva, así como también catalogaba de
idéntica manera a la oposición o a medios de comunicación, que
según él, sin razones ni motivos y solo por el prurito de contradecirlo
en cuanto proponía en el Congreso Nacional lo censuraban y criti-
caba. Las reacciones del presidente Velasco descalificando lo que con-
ceptuaba iba en contra de sus proyectos políticos, acrecentaban su
odiosidad hacia quienes consideraba como enemigos de su régimen
presidencial, intentando desconocerle injustamente sus propósitos de
conducir al país a un horizonte de superación y grandeza, tornándose
radical en sus juicios críticos sin atemperar sus rencores, y margi-
nando la posibilidad de un acuerdo mínimo de conciliación entre las
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funciones del estado, evitando así riesgosas e impredecibles confron-
taciones.
En este trabajo de revisión y reminiscencia de hechos históri-
cos, debo anticipar al amable lector, que al analizar el momento his-
tórico de los años 1931 hasta 1935, he recurrido a realidades y certezas
en las que existe conformidad, en los más importantes historiadores
de nuestro país, tanto de aquellos de clara identificación ideológica
liberal, cuanto de los que de alguna manera explicaban sin justificar
plenamente las reacciones del doctor José María Velasco Ibarra, que
anticipaban intenciones de convertirse en mandatario de facto, todo
lo cual formaba parte de su personalidad, que impulsaba en sus dis-
tintas elecciones, su tendencia dictatorial que lo conducía irreme-
diablemente a romper la constitución y convertirse en gobernante de
facto, para de esa manera según aseguraba, superar la insuficiencia
de las leyes que le impedían llevar a cabo sus proyectos gubernamen-
tales, en beneficio de los altos intereses del país; pero es imprescindi-
ble resaltar que sus autogolpes de estado, generalmente culminaban
en dictaduras militares de corta o larga duración, pero siempre ina-
ceptables e injustificables por violentar los principios democráticos
de un constitucionalismo que debió respetarse, protegerse y no le-
sionarse gravemente con la ilegitima captación de una autoridad cas-
trense del poder político, y aunque no es materia de este ensayo el
examen de los cinco velasquismos, sino únicamente del que se inicia
el año 1934, recordemos que únicamente culminó el tercero, en razón
de la presencia amortiguadora de las reacciones presidenciales, que
con habilidad y experiencia política radicaba en su ministro de Go-
bierno, el Dr. Camilo Ponce Enríquez, reconocido por su liderazgo en
un novel partido político de tendencia derechista.
A las realidades que reseño en estos párrafos introductorios,
bien se puede agregar el dogmatismo que formaba parte trascen-
dente de la mentalidad política del doctor Velasco Ibarra, que mas
allá de los juicios críticos de notables historiadores, pude concep-
tualizar y entender sin duda alguna, aunando testimonios que me
fue dable conocer cercanamente, a través de quienes participaron ac-
tivamente en hechos históricos que marcaron el inicio de la declina-
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ción de los partidos políticos, su fragmentación, su quiebra ideoló-
gica, y su absoluto alejamiento de los principios y postulados que
informaron su creación, sean estos de derecha, izquierda o ultra iz-
quierda, como en este último caso, de los que penetraron en el país,
como producto y efecto de los profundos cambios sociales aconteci-
dos en la Europa del inicio y mediados Siglo XX, por las revoluciones
triunfantes en Rusia y en el Asia, concretamente en China, siendo
estas conceptualizaciones históricas que traigo a recuerdo, por
cuanto en nuestro país, los partidos tradicionales, el liberal y el con-
servador, ante el avance impetuoso del populismo velasquista, de-
bieron replantear sus estrategias para enfrentar los futuros procesos
electorales, aunque sin contar con una importante y trascendente ad-
hesión popular. Corresponde también reiterar que a continuación de
las dictaduras del Doctor Velasco Ibarra, se sucedían dictaduras mi-
litares, siendo evidente en la historia nacional, que la insurrección
armada se producía cuando el poder civil del Ejecutivo, ya había
transgredido sus facultades y limitaciones, causando un enfrenta-
miento fundamentalmente entre la Función Ejecutiva y la Función
Legislativa, a resultas de lo cual corría la inminencia de ser disuelta,
si el detentador como titular de la Función Ejecutiva, adoptaba la de-
cisión de excluir al Congreso de su rol como legislador y fiscalizador,
mediante un golpe o autogolpe de Estado. lo cual de acontecer, per-
mitía al titular de la Función Ejecutiva gobernar sin resistencia ni
control de otro poder que pudiera limitar u obstruir sus acciones al
margen de la Constitución. Ese ha sido siempre el caso del presidente
Velasco Ibarra, con la única excepción del tercero de sus velasquis-
mos, como ya lo cité en líneas anteriores, al que sobrevivió no por él
sino a pesar de él, por la habilidosa presencia del Dr. Ponce Enríquez.
Lamentablemente, en su primera elección presidencial, el Doctor
Velasco Ibarra había asumido el poder imbuido de una aureola que
el mismo había creado, que supuestamente le otorgaba permisibili-
dad siendo presidente, para persistir en su accionar, cual el feroz di-
putado en el Congreso de 1933, cuando formando parte del bando
conservador aunque sin su afiliación, sirvió de ariete principal para
demoler la elección presidencial del candidato liberal señor Juan de
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Dios Martínez Mera, y supuestamente elevado al solio presidencial,
debido a una elección espuria producto de fraude electoral.
He aquí entonces el origen de un proceso avasallante de la
ideología fincada en los partidos políticos, fundamentalmente, en el
liberal y en el conservador, y la incursión en la vida nacional, de una
amorfa tendencia, representada por el diputado José María Velasco
Ibarra, de quien algunos comentaristas y periodistas de distintas
épocas, afirmaban la existencia de presuntas declaraciones, asegu-
rando que su corazón estaba a la derecha, y en otras ocasiones, ese
mismo órgano vital se ubicaba en la izquierda. Mas allá de estos to-
ques de humor político, esa era la realidad, pero no total, puesto que
con toda seguridad el Doctor. Velasco Ibarra no profesaba ideología
alguna, siendo oportuno citar lo que asegura el Doctor Carlos de la
Torre, distinguido historiador y tratadista de derecho, entre ellos
“Los populistas latinoamericanos del Siglo XXI, y la succión popu-
lista en América Latina”, y en uno de sus asertos se lee “Los popu-
lismos ofrecen incorporar a los excluidos, redimir a los de abajo, y
devolver el poder al pueblo. Pero a su vez son movimientos que
minan la institucionalidad democrática, pues el líder en su afán de
liberar al pueblo, no se siente atado por los mecanismos institucio-
nales. Los populistas asumen que el pueblo es un sujeto con una vo-
luntad única encarnada en el líder, no respetan la pluralidad de
opiniones y propuestas de una sociedad compleja. Para los populis-
tas la política es una lucha entre el pueblo personificado en el líder
y sus enemigos. Los populistas han tenido efectos ambiguos para la
democratización, si bien incluyen a los excluidos y politizan la so-
ciedad, minan la posibilidad de construir una sociedad civil autó-
noma. También desinstitucionalizan la política”
Hechos estos comentarios y arribando a las necesarias preci-
siones, cabe introducirnos en hechos históricos de los que puedo dar
fe por los motivos que expondré, y que han dado pie, para que mi
convicción y certeza se reafirme, en cuanto a que el Doctor. Velasco
Ibarra no se decantaba por ninguna ideología, y por el contrario las
aislaba de su pensar y hacer en materia política. Me conceptúo ade-
más debidamente informado para incluir en este ensayo, lo que co-
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nocí y asimilé por parte de quienes en situaciones específicas, se ha-
llaron cercanos a hechos en los que fue protagonista el Doctor Ve-
lasco Ibarra, en su primera elección presidencial; siendo además
cercanos y muy cercanos a él, en sus posteriores periodos presiden-
ciales, como fue el Doctor Carlos Julio Arosemena Monroy, quien me
honró con su confianza y su amistad, me comentaba que uno de los
principales motivos de su alejamiento del proyecto velasquista, más
allá de ser crítico a sus intentos dictatoriales, con un dejo de humor
muy de su personalidad, afirmaba que efectivamente el Doctor Ve-
lasco Ibarra, no poseía ideología alguna, siéndole indiferente estre-
char la mano de Fidel Castro, como besar el anillo cardenalicio de
Monseñor de La Torre, Arzobispo de Quito.
A renglón seguido iniciaré estas líneas, precisando la razón
y la circunstancia por las cuales llegué a adentrarme en el estudio de
tan singular personaje, y por ello doy fe de lo que inmediatamente
paso a relatar.
Nací el 1 de junio de 1938, en el seno de una familia de ori-
genfrancés, fincada en el Ecuador y específicamente en Guayaquil,
siendo mi bisabuelo un inmigrante, Aquiles Rigail Debax, que esfor-
zadamente se dedicó a actividades mercantiles que le proporciona-
ban una modesta solvencia económica. La inmigración francesa,
italiana y española, tuvo su auge en la segunda mitad del siglo XIX,
en tanto que otras, fundamentalmente proveniente de los protecto-
rados europeos en el Medio Oriente, concluida que fuere la primera
guerra mundial, entre ellas la libanesa, arribaron al inicio del siglo
XX. Mi abuelo el Dr. Aquiles Rigail Caamaño, se graduó de médico
y abrió su consulta en la que atendía a muchas personas de escasos
recursos sin costo alguno, así como también era permanentemente
consultado por las clases altas de la ciudad, los que confiaban en su
sabiduría y en su pericia como excelente cirujano. Fue profesor y De-
cano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Guayaquil, y
así mismo llegó a ser Director en el Hospital Luis Vernaza de la Junta
de Beneficencia, y su prestigio y reconocimiento de su calidad cien-
tífica y humana, lo llevaron a presidir las mas importantes entidades
gremiales médicas y otras de beneficencia. Mantenía una clara iden-
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tificación liberal, no solo por convicción, sino por afinidad política
con su consuegro, el Dr. José Luis Tamayo Terán, quien había ejercido
la presidencia de la República en el cuatrienio de 1920 a 1924. Su
ideología liberal y su prestigio profesional, lo llevaron a ser médico
familiar y amigo cercano de Juan de Dios Martínez Mera, a quien su
partido, el liberal, le confió la candidatura a la presidencia el año
1932 para la cual resultó elegido, pero al tenor de comentarios y crí-
ticas de varios sectores de oposición, de forma irregular, esto es con
fraude electoral, circunstancia que provocó una feroz oposición, fun-
damentalmente a través de la Función Legislativa, donde un joven
y fogoso diputado, el Doctor. José María Velasco Ibarra, le endilgó
toda clase de acusaciones en vehementes e inflamados discursos, con
los que anticipaba y proclamaba que debía destituírselo del solio
presidencial y para lograr tal resultado, adoptó como estrategia po-
lítica, la de convocar al Congreso a los Ministros de identificación li-
beral del presidente Martínez Mera, a quienes interpelaba con
extrema dureza para acto seguido, solicitar se pronuncie el voto de
censura contra el convocado lo que de inmediato acontecía, que-
dando vacante el cargo ministerial. Ello ocurrió en algunas ocasio-
nes, y de nada valía que el Presidente Martínez Mera designara su
reemplazo, puesto que poseído de una pasión destructiva en contra
de todo el gabinete ministerial, el recién nombrado ministro, en
reemplazo del censurado y destituido, sufría la misma suerte, aun-
que no existieran razones ni evidencias claras de incumplimiento de
las funciones ministeriales. Las interpelaciones congresiles, siempre
a cargo del diputado Velasco Ibarra, se caracterizaban por abrumar
con furibundas acusaciones, inexistentes en realidad, al ministro in-
terpelado, que en algunos casos se apresuraba a renunciar, antes de
que se expida en su contra el voto de censura que implicaba la des-
titución.
Los hechos que menciono, se encuentran registrados en la
historia y también detallados en una obra que escribió el hijo del don
Juan de Dios Martínez Mera, el arquitecto Héctor Martínez Torres,
quien me confirmó en una amable conversación, lo que me había re-
latado mi abuelo, comentándome que su señor padre, muy apre-
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ciado y respetado en la urbe guayaquileña, mantenía cordiales y cer-
canas amistades, y fundamentalmente con coidearios que aceptaban
ser designados Ministros de Estado en diversas carteras, sabedores
de que una vez posesionados y juramentados, sobrevendría la im-
placable persecución del diputado Velasco Ibarra, su interpelación e
ipso facto su censura y la destitución del ministro inocente.
En tales circunstancias, el presidente Martínez Mera, según
relata el arquitecto Martínez Torres y me lo confirmó mi abuelo, re-
currió a el su íntimo amigo, pidiéndole que se haga cargo como titu-
lar del Ministerio de Educación, advirtiéndole que con toda certeza,
una vez que se posesionara del cargo, el diputado Velasco Ibarra aún
sin su presencia y sin que medie ninguna acusación, lo haría destituir
por el Congreso, lo que acontecería en muy pocos días.
Advertido el doctor Rigail Caamaño, aceptó el Ministerio por
su lealtad al amigo y a su convicción liberal, y de inmediato viajó en
tren a Quito pero conocedor el diputado Velasco Ibarra, de esta úl-
tima designación, obtuvo su censura, pero en su apresuramiento no
llegó a informarse que el recientemente designado Ministro de Edu-
cación el doctor. Rigail Caamaño, si bien había arribado a la capital
de la Republica, no había sido aun posesionado en el cargo, y por
tan lógica y jurídica razón, no tenía validez una censura y una des-
titución, de quien no había sido aún juramentado como Ministro de
Estado, de tal manera que el Doctor. Rigail Caamaño, seguía a cargo
como titular de la cartera de Educación, habiéndosele tomado por el
Presidente Martínez Mera, el juramento de Ley.
Pero a la postre, la crisis política concluyó haciendo presa del
presidente Martínez Mera, que adoptó la decisión de renunciar para
evitar patrióticamente lo que bien podía conducir hasta el estallido
de un conflicto armado, tal como había acontecido recientemente en
la sangrienta confrontación conocida en la historia del Ecuador como
los cuatro días, pero antes de dejar el poder según lo dispuesto en
la Constitución vigente de 1929, debía encargar la presidencia al Mi-
nistro de Gobierno, pero el caso era, que el único Ministro que no
había sido censurado era mi abuelo, el doctor Aquiles Rigail Caa-
maño, precisamente por la desinformación del diputado Velasco Iba-
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rra, dándose el caso único en nuestra historia, que un Ministro en
este caso el de Educación, se encargara de todas las carteras de la
Función Ejecutiva, por lo que obviamente le correspondía asumir el
Ministerio de Gobierno, y de inmediato encargarse del poder ejecu-
tivo. Tal honrosa pero apremiante designación de impredecibles con-
secuencias, llevó al Doctor Rigail Caamaño, a renunciar a las carteras
de Estado que se le encargaron, incluso de la más importante, la de
gobierno, que lo convertía inmediatamente en encargado del Poder
Ejecutivo, lo que no dejó más alternativa al presidente Martínez
Mera, que designar prácticamente con los minutos contados, al Dr.
Abelardo Montalvo, como Ministro de Gobierno y encargado de la
presidencia de la República, a quien le correspondía la obligación de
convocar a elecciones para designar al nuevo mandatario, cuál era
la norma que obraba en la Constitución de 1929, disponiendo que
de producirse la ausencia temporal o definitiva del presidente, debía
encargarse del poder, el Ministro de Gobierno.
Los acontecimientos que brevemente he descrito, bien po-
dían anticiparse, por cuanto recién electo el presidente Martínez
Mera, el diputado Velasco Ibarra anunciaba la oposición parlamen-
taria, y su propósito de censurar y destituir al mandatario recién
electo, Era de esperarse que el torrente oratorio que provino del in-
terpelante, tendría su efecto catastrófico en el mandato presidencial
del señor Martínez Mera, a quien acusó prácticamente a diario, de
haber obtenido tan alto cargo mediante fraude electoral, He aquí sus
propias palabras:
En el Congreso de 1933 sostuve al día siguiente de la instalación, que
Martínez Mera debía renunciar a la presidencia por haber subido me-
diante el peor fraude electoral. Me apoyó una sola persona, pero se
puso en discusión la moción. Lucha feroz. Al principio, a las 11 del día,
había en las antiguas barras unos pocos curiosos, pero a las siete de la
noche, todo el pueblo de Quito colmaba las barras y los legisladores o
daban el voto por la moción o iban a ser apaleados y burlados. Triunfó
mi moción. En noviembre, juicio político, cayó Martínez Mera.
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El encargo del Poder Ejecutivo al Dr. Abelardo Montalvo,
disponía que se convoque inmediatamente para una nueva elección
para Presidente, y como era de esperarse, la candidatura del Doctor.
Velasco Ibarra, obtuvo el apoyo de una gran mayoría de electores,
tomando posesión de tan elevada dignidad el 1 de septiembrede
1934, Al respecto cabe recordar al historiador cuencano Antonio Llo-
ret Bastidas, que en sus reseñas de la época, recordó que “Velasco Iba-
rra prometió juramento de por medio, que no aceptaría candidatura alguna
para llegar al poder: inició así una cadena de juramentos que nunca cum-
plió”. Así también conceptúo que se debe destacar a Eduardo Muñoz
Borrero, reconocido historiador cuencano, que en su obraEn el Pala-
cio de Carondelet,publicado en Quito en 1985, describe en pocas líneas
el pensamiento político del Dr. Velasco Ibarra, y las contradicciones
ideológicas que encubría con las ofertas y las promesas, demagógicas
fundamentalmente, con lo que lograba el voto que las masas le en-
tregaban incondicionalmente, en cuyas líneas se lee una clara iden-
tificación de sus arbitrios ideológicos, por no decir de su total
indiferencia hacia estos. Al respecto transcribo lo siguiente:
A pesar de haberse declarado emocionalmente hombre de izquierda,
cada vez que llegó al poder buscó rodearse de personalidades amplia-
mente identificadas con la derecha y con los poderes económicos repre-
sentativos y fuertes del Ecuador, a los que sirvió incondicio nalmente
durante todos y cada uno de sus cinco gobiernos. Nunca se mezcló con
el pueblo. Lo contempló siempre como masa desde la cima de un balcón
electoral, haciéndole vibrar con su oratoria o desde la cúspide del poder.
Mucho se ha escrito sobre la personalidad del Doctor José
María Velasco Ibarra, incluso desde su niñez y juventud, conocién-
dose incluso que asistió durante tres años al Seminario Mayor de San
Luis, y luego al colegio San Gabriel de los Jesuitas, lo que según al-
gunos historiadores lo indujo tempranamente a tomar los hábitos lo
que no cristalizó, y se doctoró en leyes. Su talento le permitió ingre-
sar como alumno en la Universidad de La Sorbona, y durante su es-
tancia en París, fue noticiado de su reciente elección como diputado
por la provincia de Pichincha, retornando de inmediato al país des-
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collando en el Congreso de 1932, y vinculándose inicialmente al par-
tido conservador, e incluso intentando una imposible defensa del
presidente electo Neptalí Bonifaz, sin embargo de lo cual, y si-
guiendo a Alfredo Pareja Diezcanseco, ”es muy difícil definir ideológi-
camente a Velasco Ibarra. En general, se trataba de un liberal católico, con
afán de reformas y pasión constructora muchas veces improvisadas”.
Empieza entonces a interactuar la negativa contradicción
ideológicaen el Doctor Velasco Ibarra, cuando obteniendo el aplauso
de la muchedumbre y de las barras, convirtiéndolas en sus incondi-
cionales adeptos que multiplicados por su fogosa y combativa ora-
toria, lo lleva al poder y a la presidencia de la República,con un
caudaloso apoyo electoral, deslizándose de su inclinación inicial-
mente ideológica conservadora, para ubicarse en un total aislamiento
personal, a ningún proyecto ideológico político.
Ya en la presidencia provocó sus primeros conflictos, cuando
al haber nombrado al banquero guayaquileño Víctor Emilio Estrada,
como su Ministro de Hacienda, intentó que el Congreso apruebe su
plan económico, que finalmente fue objetado en la Cámara de Dipu-
tados, lo que provocó furibundas reacciones del presidente Velasco,
así como también recibió críticas por su política internacional, con la
que buscaba acercarse al gobierno colombiano. Agresivo en sus ex-
presiones y acciones, y buscando con quien confrontar, polemizó con
la prensa liberal y socialista y debido a su carácter poco dado a la
conciliación, abrió otro frente de combate, cuando se opuso a las pro-
puestas de un diario quiteño ubicado en la ideología conservadora.
Por otra parte, crecía la oposición liberal en el Congreso bajo
el liderazgo del Doctor Carlos Alberto Arroyo del Río, lo que fue
agravando su intolerancia privándolo de todo razonamiento conci-
liador, rompiendo vínculos tanto con el partido conservador cuanto
con el liberal, no trepidando en apresar a dirigentes políticos, sin lo-
grar concretar tal detención en el caso del Dr. Arroyo del Río, presi-
dente del Congreso, en tanto que su tendencia autoritaria y sus
irreflexivas acciones, lo conducían inexorablemente a un enfrenta-
miento radical entre Funciones del Estado, la Ejecutiva y la Legisla-
tiva, pugna que el presidente Velasco Ibarra zanjó de raíz al disolver
el Congreso, lo que aconteció el 20 de agosto de 1935.
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Escuchemos –(y la expresión está bien empleada)- al respecto
de este trascendental hecho histórico que sostuvo y afirmó con el
mayor detalle, el Doctor Antonio Pons Campuzano, último Ministro
de Gobierno del presidente Velasco Ibarra, y a más de sus remem-
branzas que me narró prolijamente, revisé documentos, imágenes
fotográficas y otros elementos de convicción, que ratificaban sus ase-
veraciones, todo lo cual me confió en virtud de un contacto personal
nacido a través de una cercana relación familiar, narrándome hechos
y pronunciamientos que la historia nacional no ha incorporado en
sus páginas, o si lo ha hecho no le ha dado la importancia y trascen-
dencia que se ameritaba, al prescindir de una prolija investigación
de los acontecimientos y sus protagonistas, a más de omitir el análi-
sis de factores que hicieron posible salvaguardar la paz ciudadana,
con la patriótica decisión del Doctor Pons de renunciar a su encargo
del poder Ejecutivo, lo cual de no haber acontecido, bien podría ha-
berse entregado al país a una peligrosa conflictibilidad, fácilmente
generatriz de enfrentamientos entre los partidos políticos conserva-
dor y liberal, incluyendo al emergente partido socialista, con el grave
riesgo de causar o de provocar una tragedia que seguramente pode-
rosos intereses políticos y personajes representativos de ideologías
contrapuestas tendrían impredecibles y gravosas consecuencias. A
este respecto, Alfredo Pareja Diezcanseco, en su magnífica obra sobre
nuestra historia republicana, traza una explicación de absoluta cer-
teza y claridad, en cuanto a la acción política fundamentalmente pre-
ventiva, pero incluso correctiva de las acciones y decisiones
patrióticas del Doctor Pons, en primer término, para tratar de im-
pedir con su firme oposición, las intenciones dictatoriales del Doctor
Velasco Ibarra y posteriormente con su sacrificio personal, lograron
cortar radicalmente la posibilidad de que en las elecciones a convo-
carse para elegir al sucesor del presidente Velasco Ibarra, se desate
un enfrentamiento entre los partidos políticos de izquierda, el liberal
y el socialista contra el conservador, que seguramente, dada la divi-
sión y el fraccionamiento de la línea partidista de izquierda, echaría
al traste las conquistas populares de la epopeya alfarista con su cau-
sal inmediata, cual sería el renacimiento de la derecha política ecua-
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toriana, que sostendría por cualquier medio legítimo o ilegítimo, su
predominio y su captación permanente del poder público.
En este punto, es importante hacer un breve paréntesis rela-
tivo a la personalidad del Doctor Antonio Pons Campuzano, que con
una impecable trayectoria en el sector público, era respetado y res-
petable por la colectividad guayaquileña. De profesión médico y
miembro de ilustres corporaciones, su excelencia académica con-
cluida su carrera universitaria, posibilitó su especialización europea
y temprana designación como Cónsul General en Estocolmo, y a su
retorno al país, muy joven se lo nombró Rector del Colegio Nacional
Vicente Rocafuerte, y se lo designó presidente del Concejo Municipal
de Guayaquil, lo que equivalía a la Alcaldía de la ciudad, para poco
después ocupar la gobernación de la provincia del Guayas, cargo
para el cual lo designó el presidente Velasco Ibarra, para finalmente
valorando sus méritos, su ecuanimidad y hábil percepción de los
conflictos del convivir político, se haga cargo del Ministerio de Go-
bierno, habiendo renunciado su titular el Doctor Gregorio Ormaza.
Remitámonos a los escritos del Doctor Pons, de uno de los cuales
transcribo lo siguiente:
El juicio histórico para ser exacto y autorizado, debe ser esencialmente
imparcial, desapasionado y justo. Es bien sabido que la crítica y el juz-
gamiento de los hechos, y especialmente de los sucesos políticos, que
son los más expuestos al influjo de las pasiones, nunca fueron ecuáni-
mes ni serenos cuando se pronunciaron en el momento mismo, o a raíz
de su acontecimiento y, mucho menos cuando el autor de tales juicios
fue parte interesada y hasta tuvo consecuencias perjudiciales en el de-
sarrollo de un fenómeno político.
Con estas frases introductorias, sostenía el Dr. Pons que su
aceptación del Ministerio de Gobierno,
(…) cuyo alcance y trascendencia ideológica no pudo ser comprendida
entonces por el Directorio de la Oposición que se hallaba empeñado
en una política egoísta de vacío y de crítica negativa, tuvo como fin
principal dar al gobierno del Dr. Velasco una colaboración definida, en
el sentido de orientar hacia la izquierda sus manifestaciones, mante-
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niendo por lo menos los principios liberales propugnados en su cam-
paña electoral. En este sentido laboré todo lo que me fue posible, tra-
tando de contrarrestar la acción invasora de los elementos
conservadores, que, sensiblemente, encontraban en el ánimo del pre-
sidente, deferente aprecio, habiendo llegado a una situación de domi-
nio y seguridad política en la mayor parte de las provincias. Mis
primeras gestiones fueron encaminadas a procurar el cambio de go-
bernadores, logrando después de grandes esfuerzos y en poco tiempo
el nombramiento de dos o tres liberales y de varias autoridades secun-
darias de igual ideología.
Evidenció el doctor Pons una clara ideología de izquierda-
pugnando por lograr que el presidente. Velasco Ibarra, acepte su po-
lítica tendente a la armonización de las funciones del Estado, para
evitar una confrontación que pudiera poner en peligro la democra-
cia y la paz ciudadana. Requería persistentemente al presidente Ve-
lasco Ibarra, la reorganización del gabinete para definir claramente
la ideología gubernamental, evitando la infiltración de lo que le ex-
presaba el Dr. Pons, cual sería en el corto plazo una derecha fortale-
cida, compactada y agrupada, con un solo propósito y finalidad, esto
es hacerse del poder que representaba la presidencia de la República
y del que habían sido alejados por la Revolución Alfarista de 1895.
No lograba entender ni asimilar el presidente Velasco Ibarra, que el
fomentar su conflictividad con el Congreso y con su presidente el
Dr. Carlos Alberto Arroyo del Río, lo estaba conduciendo irremedia-
blemente, dado su carácter impulsivo y atropellador, a una confron-
tación de la que no podrían salir indemnes algunos miembros del
gabinete ministerial de clara ubicación conservadora, que no vacila-
ban en sugerir acciones radicales en contra del Congreso, para que
de esa pugna, el presidente Velasco Ibarra sea destituido, debiendo
asumir el encargo de la Función Ejecutiva, el Ministro de Gobierno,
a quien le correspondía de conformidad con lo dispuesto en la Carta
Constitucional de 1929, convocar inmediatamente a elecciones pre-
sidenciales, en las que seguramente triunfaría el candidato conser-
vador, y así era efectivamente, puesto que intentaba la dirigencia
conservadora, de que recrudezca la tirantez entre la presidencia de
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la Republica y el Congreso Nacional, de cuya pugna, el partido con-
servador esperaba una segura abrupta reacción del presidente Ve-
lasco Ibarra, que habida cuenta de su reciente pasado en lograr la
renuncia del señor Martínez Mera, esa misma virulencia lo llevaría
a disolver el Congreso y apresar a sus dignatarios, con lo cual rota
ya la Constitución, emergería la dictadura del Doctor Velasco, la que
como me explicaba el Dr. Pons le era fundamental y obsesiva para
poder gobernar sin importarle la insuficiencia de las leyes, y no
aceptar ninguna opinión, criterio o razonamiento de quien, y quienes
como me explicaba el Doctor Pons, él entre ellos anticipaban una im-
posible insurrección popular, y un levantamiento armado, argumen-
tos que no recogía el presidente Velasco Ibarra, en su desesperada
frustración de no poder acabar por vía constitucional, con la oposi-
ción del Congreso Nacional. Habiendo llegado a esta situación fác-
tica imposible de dar marcha atrás, dejemos que el Doctor Pons nos
ilustre sobre los inmediatos acontecimientos, señalando su pesi-
mismo en cuanto a que su política de concordia, constituía la base
primordial para entablar un diálogo que armonizara los poderes,
evitando un choque que podría generar impredecibles consecuen-
cias. Esta fue la postura del Ministro de Gobierno Doctor Pons a
quien su ideología de izquierda y su percepción política, le permitía
avizorar el riesgo de una asonada del partido conservador, para que
mediando determinadas circunstancias, pudiera compactar aún más
sus cuadros políticas y obtener la presidencia de la Republica, con-
fiando en el fracaso dictatorial del Dr. Velasco Ibarra, y la imprescin-
dible y mandatoria convocatoria a nuevas elecciones.
Así se expresaba el Dr. Pons en su obra histórica Contra el zar-
pazo de la garra política:
En vísperas ya de la instalación del Congreso y durante sus primeros
días de sesiones la tirantez de relaciones entre el presidente y el Poder
Legislativo había llegado a un máximum de extrema delicadeza y por
aquellos días, en varias ocasiones, el Dr. Velasco, sondeando mi criterio
al respecto me hablo con insistencia de la conveniencia de cerrar el
Congreso, a lo que respondí siempre negativamente; pues, si íntima-
mente tenía la seguridad de que el Congreso y la carta constitucional
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de 1929 eran dos males que soportaba la Nación, no podía estar seguro
de la evolución política posterior a la pretendida dictadura si esta se
realizaba en manos del presidente Velasco y con la participación directa
de los más destacados elementos conservadores.
Mi categórica resolución frente a los acentuados propósitos dictatoria-
les de entonces motivó el distanciamiento del presidente Velasco con
su Ministro de Gobierno. Desde este momento mi situación como mi-
nistro de Gobierno se volvió en extremo delicada, pues, no estaba con
el Congreso en sus propósitos de adueñarse de la situación para hacer
y deshacer como en años anteriores, ni podía estarlo en modo alguno,
pues como secretario de estado tenía el deber de lealtad para con el eje-
cutivo”.
Me expresaba el Doctor Pons que su decisión de renunciar a
la Cartera de Gobierno, se iba a concretar a la mayor brevedad, y no
tuvo otra alternativa que expresar con frontalidad y firmeza, su re-
chazo hacia lo que le había anticipado en su despacho presidencial
el presidente Velasco Ibarra, que disolvería el Congreso, apresaría a
su presidente el Dr. Arroyo del Rio, y asumiría plenos poderes como
dictador, convocándolo a adherirse a su decisión política, siendo esta
su respuesta,
(…) lo que motivó mi negativa, también firme y frontal y por supuesto
puse a su consideración y decisión la renuncia de mi cargo de Ministro
de Gobierno, lo que me ofreció considerar a la mayor brevedad. Con-
cluida la conversación me reintegre a mi despacho a tempranas horas,
el 20 de agosto. Tal día fui sorprendido con la presencia de un regi-
miento que al compás de su banda militar se acercaba a los bajos del
Palacio. Inmediatamente fui informado de que se trataba de un bando
y a poco se me dijo que su objeto era la promulgación de un decreto
asumiendo la dictadura del Doctor Velasco Ibarra. Sin demora alguna
redacté mi renuncia irrevocable fundándola en mi absoluto desacuerdo
con tal procedimiento y fui personalmente al despacho de la presiden-
cia, a donde luego de protestar ante el presidente por el hecho en sí, le
entregué mi renuncia y abandoné el Palacio…
En pocos minutos más, ocurrió lo impensado y no previsto
por el, cuando el batallón en el que se anunciaba en un bando la dic-
tadura del presidente Velasco Ibarra se retiró a su cuartel, vivando a
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la Constitución y rechazando tal decisión, lo que forzó a concurrir a
otros cuarteles, con cuyo apoyo militar intentaba contrarrestar la de-
cisión del batallón Imbabura de rechazar su dictadura, pero no le fue
nada feliz su visita a los recintos militares, como por ejemplo le ocu-
rrió, cuando arribó al Regimiento Yaguachi, pensando que con sus
elocuentes arengas obtenía su adhesión, lo que no ocurrió y por el
contrario se le contestó con gritos de ¡Abajo la dictadura viva la Cons-
titución!, siendo evidente que el autogolpe de estado había fracasado.
Recordó el Doctor Pons en las conversaciones que sostuvi-
mos, que dado que había presentado su renuncia, simplemente co-
rrespondía el retorno a Guayaquil, su ciudad natal,
“y hallándome, - (así me lo expresa mi interlocutor) - en el hotel Savoy
donde me hospedaba en compañía del subsecretario de Gobierno Teo-
doro Alvarado Garaicoa, y de otros amigos personales, comentando
los incidentes políticos del día, cuando llegó una comisión de militares
para invitarme a nombre del ejército, a una reunión de carácter político
que se realizaba en esos momentos en la casa del señor comandante
Plaza Monzón. Salí con dicha Comisión, y después de pocos minutos
me encontraba en la citada mansión ante un numeroso grupo de ofi-
ciales de toda graduación, entre los que ocupaba asiento preferente, el
Doctor Carlos Arroyo del Rio. Uno de los militares presentes, jefe de
alta graduación me expresó la resolución, tomada momentos antes por
la Asamblea Militar, en la que se había resuelto que me correspondía
asumir el poder ejecutivo por unas pocas horas para renunciar y luego
en cuanto nombre un Ministro de Gobierno, este me sustituiría legal-
mente como encargado del poder – (era el Doctor Aurelio Mosquera
Naravez, el ungido y seleccionado por el Doctor Arroyo, por ser incon-
dicional) - . Le manifesté al militar que así se expresaba, que no le com-
prendía, a lo que instantemente me respondió, que mejor me lo
explique el Doctor Arroyo del Río. Mi respuesta fue categórica, y mi
rechazo inmediato y terminante para esa formula teatral, me despedí
y me retiré al hotel. Horas más tarde, en la madrugada del 21 de agosto,
otra comisión de militares, más numerosa y selecta que la anterior, ex-
presaron su criterio, de que debía encargarme del Poder Ejecutivo, sin
compromiso alguno, y en mi deseo de reestablecer el orden constitu-
cional, me encargué del poder, al que me comprometí únicamente para
convocar inmediatamente a nuevas elecciones”.
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Continuando con su conversación, continuó el Doctor Pons
manifestándome lo siguiente:
Luego de profunda reflexión y analizando las candidaturas a la presi-
dencia de los partidos políticos liberal, conservador y socialista, se can-
didatiza por la derecha con grandes posibilidades de triunfo electoral,
debido a una férrea unidad partidista, al Doctor Alejandro Ponce Borja,
mientras la izquierda se dividía con tres candidatos, el coronel Larrea
Alba, y los Doctores José Vicente Trujillo, y Carlos Arroyo del Río.
Esa fragmentación de la izquierda facilitaba y aseguraba el éxito elec-
toral del partido conservador, utilizando todos sus recursos de capta-
ción e imposición hasta espiritual. Los hechos posteriores acontecidos
en días recientes, me llevaron al convencimiento absoluto de que la
desbandada de las izquierdas, aseguraba el triunfo oscurantista del
conservadurismo, que veía cercana la real posibilidad de hacerse del
poder político y regresar a un pasado, que bien podría provocar insu-
rrecciones populares y represiones armadas contra la insurgencia po-
pular, y adopté una decisión que por criticada que fuere, rescataba los
principios y postulados de la izquierda ecuatoriana, con la que yo me
identificaba.
Por supuesto que no fueron pocas las ocasiones para amables
e ilustradas conversaciones que surgieron en el decurso de nuestra
relación personal, las que me llevaron al convencimiento de que el
desprendimiento y la carencia de ambiciones políticas del doctor
Pons, quizás tuvieron el efecto de poner dique de contención frente
a los avances en materia electoral, que podrían garantizar el triunfo
electoral en la candidatura presidencial del doctor Ponce Borja, que
ya estaba recogiendo sus frutos y su apoyo en sectores tradicionales
de la derecha, alejados de la angustia popular y de los valores de-
mocráticos.
De esta forma concluyo este ensayo, en el que no era posible
extenderme más comentarios, criterios y opiniones, de las que res-
cato por su extraordinaria calidad intelectual e ideológica, entre otras
así mismo muy trascendentes, la de Alfredo Pareja Diezcanseco, con
quien tuve la grata satisfacción de participar en el gabinete presiden-
cial del abogado Jaime Roldós Aguilera, el como ministro de Rela-
ciones Exteriores, y yo como titular de la cartera de Trabajo, quien
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me reiteró lo que ya había escrito en su magnífica producción histó-
rica, en cuanto a reconocer paladinamente la importante y trascen-
dente decisión del doctor Pons de evitar los muy probables
acontecimientos, que bien podrían haber marcado días trágicos en
nuestro quehacer republicano, de acceder al poder político, el partido
conservador.
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