Además, la diplomacia es una actividad intelectual y socio-
política que demanda una sólida formación académica y cultural,
también es una permanente reflexión sobre la realidad nacional e
internacional y un singular espíritu de análisis crítico del rumbo del
mundo contemporáneo. Ser un buen Diplomático implica conocer
y reflexionar sobre los grandes acontecimientos de la política inter-
nacional contemporánea, conocer los sujetos, sus motivaciones y
prioridades; además de entender el papel de su entorno de represen -
tación en el contexto internacional, en aras de legitimar su soberanía
frente a la implicación hegemonista de las grandes potencias. Se en-
tiende que, para defender los intereses de un país pequeño como
Ecuador, se necesita conocer su historia diplomática y consular.
La costumbre de enviar embajadores o cónsules de un país a
otro es muy antigua y se practicaba en las civilizaciones mesopotá-
micas, hitita, egipcia, etc... Mas, tuvo que transcurrir mucho tiempo
para que el Servicio Exterior adquiera gran parte de las características
que tiene actualmente. Precisamente fue después de la Paz de Wes-
tfalia, concertada en 1648 que se hizo costumbre la existencia de las
misiones diplomáticas permanentes.
Por otra parte, hay ciudades que se identifican plenamente
con alguna institución, de tal manera que al pensar en la una auto-
máticamente evocamos la otra. Así, por ejemplo, Londres con Scot-
land Yard, Venecia con los gondoleros, París con los coraceros de la
república o Sevilla con la confraternidad de la macarena. Tal sim-
biosis ha sido posible porque entre una y otra, la ciudad y la institu-
ción, se ha ido creando, a través de los tiempos, una relación tan
estrecha e íntima que ha dado como consecuencia la unión indiso-
luble entre ellas Guayaquil, manantial de gente amable, cortés, dis-
creta y afable, tiene también una institución con la que se encuentra
total y absolutamente ligada, porque la existencia de la una presu-
puso siempre la de a otra. Lo que, es más, Si una de ellas no hubiera
existido la vida de la otra, necesariamente, hubiera sido también
corta y precaria. Me estoy refiriendo a la relación estrechísima entre
esta ciudad y el Honorable Cuerpo Consular de Guayaquil. Esta
Carlos Estarellas Velásquez
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BOLETÍN ANH Nº 212 • 459– 466