BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
Volumen CII Nº 212
Julio–diciembre 2024
Quito–Ecuador
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
Volumen CII
Nº 212
Julio–diciembre 2024
Quito–Ecuador
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Director Dr. Cesar Alarcón Costta
Subdirectora Dra. América Ibarra Parra
Secretario Ac. Diego Moscoso Peñaherrera
Prosecretaria Ac. Ingrid Diaz Patiño
Tesorero Dr. Claudio Creamer Guillén
Bibliotecario archivero Lcdo. Carlos Miranda Torres
Jefe de Publicaciones (e) Dr. Blas Garzón Vera, PhD
Relacionador Institucional Dr. Eduardo Muñoz Borrero
COMITÉ EDITORIAL
Dr. Blas Garzón Vera Presidente
Dr. Jorge Ortiz Miranda
Dra. Rocío Rosero Jácome
Dra. Libertad Regalado Espinoza
MSc. Bayardo Ulloa Enríquez
Dr. Wilson Gutiérrez Marín
Dr. Álvaro Mejía Salazar (alterno)
Dr. Sebastián Donoso Bustamante (alterno)
EDITOR
Dr. Blas Garzón Vera Universidad Politécnica Salesiana – Ecuador
COMITÉ CIENTÍFICO
Dra. Katarzyna Dembicz Universidad de Varsovia-Polonia
Dr. Silvano Benito Moya Universidad Nacional de Córdoba/CONICET- Argentina
Dra. Elissa Rashkin Universidad Veracruzana-México
Dr. Stefan Rinke Instituto de estudios latinoamericanos/ Freie Universität Berlin-Alemania
Dr. Carlos Riojas Universidad de Guadalajara-México
Dra. Cristina Retta Sivolella Instituto Cervantes, Berlín- Alemania
Dr. Claudio Tapia Figueroa Universidad Técnica Federico Santa María – Chile
Dra. Emmanuelle Sinardet Université Paris Ouest - Francia
Dr. Roberto Pineda Camacho Universidad de los Andes-Colombia
Dra. Maria Letícia Corrêa Universidade do Estado do Rio de Janeiro-Brasil
Dr. Roger Pita Pico Investigador Academia Colombiana de Historia-Colombia
Dr. Justo Cuño Bonito Universidad Pablo de Olavide-España
Dr. Héctor Grenni Montiel Universidad Don Bosco- San Salvador
Dr. Pablo Solórzano Marchant Univesidad Católica Silva Henríquez – Chile
Dr. Tomás Caballero Truyol Universidad del Atlántico – Colombia
Dr. Julio César Fernández Universidad Nacional Pedro R. Gallo – Perú
Dra. Laura Falceri Universidad Politécnica Salesiana – Ecuador
Dr. Jairo Bermúdez Castillo Universidad Sergio Arboleda – Colombia
Dr. Renato Ferreira Machado Facultad Salesiana de Porto Alegre – Brasil
Dr. Saúl Uribe Taborda Universidad Politécnica Salesiana – Ecuador
Dr. Juan Cordero Íñiguez Academia Nacional de Historia – Ecuador
Dra. Olga Zalamea Patiño Universidad de Cuenca
BOLETÍN de la A.N.H.
Vol. CII
Nº 212
Julio-diciembre 2024
© Academia Nacional de Historia del Ecuador
ISSN Nº
1390-079X
eISSN Nº
2773-7381
Portada: Figurillas de Valdivia
Fotografía tomada de: Smithsonian, National Museum of the American Indian
Diseño e impresión
PPL Impresores 2529762 Quito
landazurifredi@gmail.com
Marzo 2025
Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación
Libro de distribución gratuita
BICENTENARIO DE LA BATALLA DE AYACUCHO
1
–DISCURSO DE ORDEN
René Maugé Mosquera
2
Por iniciativa del Frente Cultural Bolivariano, de reciente
constitución en esta ciudad, siguiendo la tradición de Simón Bolívar,
que en su corta estancia después de la batalla de Pichincha, creó aquí
la Escuela de Artes y Oficios de América, con esa visión extraordi-
naria que lo caracterizaba en el objetivo de hacer de toda América
una sola gran nación. Realizamos este acto en honor y conmemora-
ción del bicentenario de la batalla de Ayacucho, en la que se coronan
las glorias de Boyacá, Carabobo, Pichincha, Chacabuco y Maipú de
la revolución hispanoamericana en la lucha por su independencia
del imperio español.
En esta exposición destacaré dos aspectos del complejo pro-
ceso de independencia en el Perú: los acontecimientos históricos de
la batalla de Ayacucho; y algunas enseñanzas para nuestros pueblos
y las nuevas generaciones en el mundo complejo actual por el que
atraviesa América y el mundo.
Comenzaré señalando que el proceso independentista ame-
ricano es uno de los acontecimientos históricos que ha contribuido
de manera fundamental a modelar el mundo contemporáneo con el
inicio de la descolonización y la creación de naciones independien-
tes, proceso de descolonización iniciado en América y que para otras
naciones y continentes culminó tras la Segunda Guerra Mundial.
En el proceso de la revolución de la independencia debemos
destacar tres focos esenciales que actuaron y confluyeron en un
mismo propósito: el de México que se inicia con Miguel Hidalgo y
Benito Juárez; el de Nueva Granada, que inicia la empresa Francisco
1 Con motivo del Bicentenario de la Batala de Ayacucho, en Sesión Solemne realizada en Cuenca
el 9 de diciembre de 2024.
2 Miembro correspondiente de la Academia Nacional de Historia, Miembro de la Academia Bo-
livariana de América y Presidente de la Fundación “Bicentenario”.
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Miranda y Simón Bolívar; y el de Buenos Aires, donde San Martín
extendió su acción al otro lado de los Andes en el Virreinato del Río
de la Plata.
Al momento de la independencia, Perú era un Virreinato de
gran importancia para Sudamérica. Era considerado el principal Vi-
rreinato y la fortaleza de España en América.
Es importante recordar que la penetración española en Perú
se planteó desde Panamá en 1524 mediante una sociedad formada
por Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque. Des -
de entonces, Perú se convirtió en el núcleo de expansión, a partir del
cual se realizó la explotación y conquista de la mayor parte del terri-
torio sudamericano. El Virreinato del Perú se creó en 1544 siendo pri-
mer virrey, Blasco Núñez de Vela. Más adelante, el Virreinato del Perú
se redujo con la creación de los Virreinatos de Nueva Granada y Río
de la Plata. En 1617 fue creada la gobernación del Río de la Plata, de-
pendiente del Virreinato del Perú. En 1776 se estableció el Virreinato
del Río de la Plata y en 1717 el de Nueva Granada con capital en Bo-
gotá, que comprendía además del actual Colombia, Panamá, Ecuador
y Venezuela. Señalo esto para resaltar la importancia que para España
y el sistema colonial tenía el Perú.
Como en todas las regiones pobladas por culturas aboríge-
nes, siempre hubo resistencia al invasor. En Perú, las insurrecciones
contra los españoles, además de la resistencia inicial, se iniciaron su-
blevaciones en 1780, lideradas por Gabriel Condorcanqui, que
adoptó el nombre de Túpac Amaru. Este movimiento, de lo que te-
nemos noticia histórica, es que tuvo apoyos y repercusión desde Co-
lombia, Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina. Como sabemos, fue
cruelmente derrotado, lo que no impidió que nuevas rebeliones es-
tallen en 1805, 1809, 1811, 1812, 1813 y 1814.
En Perú, en el tiempo que se inician las luchas por la inde-
pendencia, ejercía el cargo de virrey José Fernando Abascal, de in-
grata recordación para los ecuatorianos, porque fue el que ordenó
sofocar el movimiento independentista en la audiencia de Quito para
lo que envió tropas con la orden de suprimir y asesinar a los próceres
del primer pronunciamiento libertario del 10 de agosto de 1809.
René Maugé Mosquera
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Después de la restitución de la monarquía española, tras la
ocupación de Napoleón, llegaron al Virreinato del Perú nuevos ofi-
ciales de España que habían luchado contra Napoleón, como el ge-
neral José de la Serna, comandante del Alto Perú en 1818, el general
Jerónimo Valdez, jefe de estado mayor, y el general José Canterac.
Para una mejor comprensión de la historia en este momento,
es necesario saber que no todos los oficiales españoles eran absolu-
tistas, algunos estaban de acuerdo con la constitución de Cádiz de
1812 y otros eran monárquicos absolutistas, lo que produciría fisuras
más tarde entre ellos cuando tuvieron lugar los enfrentamientos con
las fuerzas patrióticas.
El 14 de julio de 1821, las clases altas del Perú en Camino
Abierto proclamaron la independencia, aunque oficialmente se dio
el 28 de julio de 1821, después de que arribó San Martín a Lima el 10
de julio y el poder le fue entregado tras la deposición del virrey La
Serna. El 23 de agosto, San Martín se convirtió en protector del Perú
con supremos poderes militares y civiles y por economía de tiempo,
debo dejar de lado los aspectos de la partida de San Martín de Lima,
la entrevista de Guayaquil y la llegada de Simón Bolívar al Perú, pe-
riodo de tiempo en que la aristocracia peruana dispuso de un control
excesivo del país, pero como lo señala el historiador británico John
Lynch; esa aristocracia se mostró incapaz de gobernar y ganar la gue-
rra. Riva Agüero estaba convencido que el Perú no podía conseguir
la independencia por su propio esfuerzo debido a la concentración
del poder español; así que buscó ayuda en Simón Bolívar, ya que los
españoles consiguieron recuperar Lima en junio de 1823. Riva Agüero
y el congreso huyeron al Callao. Allí el congreso desposeyó a Riva
Agüero de su cargo a favor del enviado de Simón Bolívar, general
Antonio José de Sucre.
En Perú reinaba una creciente desorientación dividido en dos
zonas: ocupado al sur por los españoles y fraccionado al norte por la
guerra civil. En esta situación de anarquía, llevaron a la clase dirigente
peruana a buscar ayuda al libertador en reiteradas ocasiones.
Simón Bolívar llegó a Lima el primero de septiembre de 1823.
Perú presentaba un aspecto lamentable estando ocupado por fuerzas
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patriotas distintas: peruanos, argentinos, chilenos y colombianos,
una flota naval semi rebelde del almirante inglés Thomas Cochrane
y un gran ejército realista. Tenía un congreso, dos presidentes y un
dictador. Los criollos, situados como estaban entre los españoles y
las masas indígenas, esclavos negros y gente empobrecida, querían
más igualdad para sí mismos y menos igualdad para los que consi-
deraban sus inferiores.
La situación interna del Virreinato, poco después de haber
proclamado su independencia, cuando San Martín arribó a Lima no
podía ser de mayor anarquía, como lo señalan los propios historia-
dores peruanos, por lo que a ojos del libertador él expresara que la
situación era sombría, aterradora y desoladora. Mas, Simón Bolívar
no se amilanó y desde Trujillo, que transitoriamente luego de la ba-
talla de Junín la nombró capitana, procedió a organizar el ejército
que se concentró en Huaraz, al mando de Simón Bolívar en persona.
Simón Bolívar reunió en Sanaico un consejo de guerra en el que se
encuentran presentes todo el Estado Mayor y Alto Comando de las
unidades de combate, se debate y se acerca la gravedad del mo-
mento. De los relatos que recoge la historia, uno de los allí presentes
dice: “Si por desgracia nos derrotaran, lo que no es probable, pero no im-
posible, ¿quién quedará en pie para llamar a los pueblos a la guerra?” Y di-
rigiéndose a Bolívar: “Usted bien sabe que, en el día de la victoria, se le
concede el mando al más digno y al más valiente”.
En el humilde caserío de Sanaico, los ojos del destino se fija-
ron con su brillantez característica en la hora del peligro en Sucre en
el preciso instante que asumía el mando del ejército libertador y la
responsabilidad del triunfo ante la historia. Simón Bolívar para co-
mandar al ejército unido eligió al general Sucre, a quien el Congreso
había dado el mando supremo militar el año anterior, esto es en 1823.
Después de la partida de Simón Bolívar, Sucre reunió el Consejo para
acordar y decidir el plan de batalla, con la presencia del General
Lamar a quien había investido Simón Bolívar en Trujillo con el
mando de la Tercera División, compuesta exclusivamente de perua-
nos y los generales Lara, Gamarra y Miller.
Ajustado a los documentos existentes, sobre todo del histo-
riador Lecuona y el secretario de Simón Bolívar, general O'Leary,
Rocío Rosero Jácome
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considero oportuno hacer mención de un hecho que por su grandio-
sidad no tiene paralelo en la historia del heroísmo, y es el caso que,
al percibir el ejército patriota la inminencia del choque con el ene-
migo, el general La Mar se dirige a Sucre y en tono suplicante le dice:
Permitidme, señor general, que ocupe la vanguardia en unión de los jefes
y oficiales; mis soldados ansían ser los primeros en combatir y morir, antes
que nadie, puesto que encontrándose el enemigo en suelo peruano, toca a
los peruanos sacrificarse primero”. A lo que Sucre replica: “No lo puedo
consentir, señor general, los soldados de Colombia han venido a pelear y a
morir igualmente por el Perú; y puesto que el enemigo es común, todos tie-
nen igual derecho a combatir”.
En esta lid, como en Pichincha y Junín, unidos en una sola
causa continental estrecharon sus manos y esfuerzos bélicos colom-
bianos, venezolanos, ecuatorianos, peruanos, argentinos y de otras
nacionalidades. Cuando decimos colombianos, incluimos a los ve-
nezolanos y ecuatorianos que por ser parte de la primera Colombia
formaban parte del ejército de Sucre. En este punto cabe hacer un
acápite destacando el aporte que el departamento del Sur de Colom-
bia, esto es, el Ecuador, hizo en hombres, vituallas y dinero.
El 8 de diciembre de 1824, las unidades de batalla de ambos
ejércitos avanzan a sus emplazamientos. Los patriotas ocupan la
pampa de Quinua; los realistas las faldas del Cóndorcunca. Sucre se
detiene ante cada batallón para arengarlos. Al final se dirige a los ba-
tallones Vargas, Vencedores y Rifles, que constituyen la reserva, y
luego a galope se dirige hacia el centro de las dos alas, que forma el
ángulo de sus tropas. Con su palabra sobria y mirada centellante,
pronuncia la gran proclama de batalla: “¡Soldados, de los esfuerzos de
hoy depende la suerte de América del Sur! ¡Otro día de gloria va a coronar
nuestra admirable constancia!
Considero pertinente reproducir aquí el relato del diplomá-
tico venezolano Carlos A. de la Puente con motivo de la conmemo-
ración del centenario de la batalla de Ayacucho:
Suenan los clarines y se escucha el redoble de tambores, que anuncian
el ataque. Rompe el fuego la artillería española. Valdez ha iniciado la
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batalla y concentra su ofensiva sobre la división peruana, que comanda
La Mar. Seis piezas de montaña vomitan estragos, su mensaje de deso-
rientación y muerte. Avanzan las tropas de Valdez, protegidas por sus
cañones. Son las mejores tropas que se hallan al mando del mejor de
sus jefes. En los primeros momentos ceden los patriotas ante la feroz
acometida, pero La Mar recorre sus líneas y ordena contraatacar y no
ceder una pulgada. Sucre de inmediato refuerza a la división peruana
con los batallones vencedores y Vargas de la guardia colombiana, que,
abriendo fuego sobre Valdez, lo obliga a detenerse en su avance. En el
fragor de la lucha se produce un estruendo de armas al galope, es el
coronel Rubín de Celis de la División Villalobos, que creyendo haber
llegado la hora del ataque general, se lanza con todo su regimiento con-
tra la división de Córdoba, circunstancia que Sucre aprovecha, al darse
cuenta del desorden, para enviar un escuadrón de la caballería de Mi-
ller, que causa grandes bajas a la división realista. Entre tanto, las tropas
de Valdez siguen presionando terriblemente a la división de La Mar,
que no retrocede, impidiendo el avance de las tropas del virrey, que a
cualquier precio pretende cortarla en dos. Debilitando el centro de los
españoles, ante la recia acometida de los patriotas, entran a la carga los
Húsares de Junín y la lucha se torna intensa y cobra los contornos de
una hecatombe. Ambos ejércitos han chocado con arrojo y fiereza; el
ruido de las armas blancas supera la estridencia de las armas de fuego.
La lucha se ha generalizado en un cuerpo a cuerpo; todos combaten
por igual, los sables no cesan de herir y mutilar los cuerpos y desgarrar
los uniformes de gala de los realistas. Rueda el virrey por los suelos,
desmontado de su caballo por un golpe de lanza. Arremeten como una
centella los llaneros, y cual centauros, siembran el descontento y el des-
bande de los realistas. Córdoba, saca ventaja de las circunstancias que
los favorecen a medida que cambia la faz de la acción. La caballería de
Canterac desciende en apoyo de las tropas que retroceden, pero los
Granaderos y Húsares, al mando de Miller que se había adelantado
oportunamente. Las tropas españolas en número de 3,000, se repliegan
a la falda del Cóndorcunca, para reorganizarse, acosados como están,
en todos los flancos. Queda un último recurso, ascender a la cumbre,
más los patriotas ya ocupan la cima donde Córdoba clava el pabellón
de Colombia y pronuncia la célebre arenga que lo inmortaliza: “¡Ade-
lante! ¡Armas a discreción, pasos de vencedores!” La avalancha se torna
incontenible al tiempo que los realistas en desbande huyen despavori-
dos: la confusión y el desorden es general. La situación se ha convertido
en caos. El ruido de los escuadrones se mezcla con las imprecaciones y
gritos. Vivas al Perú y al libertador. Piafan y relinchan los caballos, al
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compartir la euforia de sus jinetes ya transformados en centauros por
la magia del triunfo. Las cargas no cesan y en medio de la algarabía
una voz de trueno aparece en el fondo de la trágica escena. Es la de
Canterac, que con rabia grita: “¡El Perú se ha perdido!” y unos minutos
después, todo ha terminado. Sobre el campo quedan 1,400 muertos del
ejército español y 700 heridos: de los patriotas 307 y 609 heridos: han
quedado fuera de combate 3,016 hombres; es la una de la tarde: el vi-
rrey está prisionero; y 14 generales de España entregan con sus espadas
rendidas los títulos que Colón 300 años antes, había puesto en manos
de Isabel y de Fernando.
La Mar acompaña a Canterac humillado en su tremendo orgullo y so-
berbia, a presencia de Sucre, mas no puede reprimir la emoción que le
causan las palabras con que este le recibe: “Señor general, aquí no hay
vencedores ni vencidos”. Nobilísimo gesto que eleva la figura de Sucre a
una altura que ni los Andes pueden alcanzar y sobre cuya cima, a modo
del Sinaí, fulge el decálogo de nuestro destino histórico ante la contem-
plación de los siglos
.
A continuación, don José Canterac, teniente general de los
reales ejércitos de Su Majestad Católica, encargado del mando supe-
rior del Perú, presentó la capitulación respectiva, que fue firmada
por él y Antonio José de Sucre, en el campo de Ayacucho el 9 de di-
ciembre de 1824.
La batalla de Ayacucho es sin duda la más trascendental de
cuantas se libraron por la libertad de la América meridional porque
fue la batalla de la culminación de un proceso de carácter continental
que puso fin a la dominación colonial de España en América del Sur.
Así lo consignó el libertador Simón Bolívar en su proclama, de la que
reproduzco algunos párrafos: “¡Soldados, habéis dado la libertad a la
América meridional y una cuarta parte del mundo, es el momento de nues-
tra gloria! ¿Dónde no habéis vencido?La América del Sur está cubierta
con los trofeos de vuestro valor, pero Ayacucho, semejante al Chimborazo,
levanta su cabeza erguida sobre todos” “Soldados, Colombia os debe la gloria
que nuevamente le dais. Al Perú, Vida, Libertad y Paz
¡Peruanos! El ejército libertador, a las órdenes del intrépido y ex-
perto General Sucre, ha terminado la guerra del Perú y aún del continente
americano, por la más gloriosa victoria de cuantas han obtenido las armas
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del nuevo mundo. Así, el ejército ha llenado la promesa que a su nombre os
hice de completar este año la libertad del Perú.
Hemos destacado el aspecto bélico de la campaña de Ayacu-
cho, pero el tiempo que Simón Bolívar permaneció en el Perú, como
lo había hecho en otras partes, se preocupó de organizar la economía,
la justicia, crear universidades como la de Trujillo y escuelas norma-
les bajo el sistema Lancaster, para que el pueblo fuera instruido,
abriendo las puertas a la justicia y al libro del saber al ignorante.
Tampoco dejó de preocuparse del gran proyecto de confederar a las
naciones independientes de América promoviendo desde el Perú la
reunión del Congreso de Panamá, para lo cual escribió a los gobier-
nos de México y Colombia.
En este día, el Frente Cultural Bolivariano rinde homenaje al
genio de Simón Bolívar y a los principales ejecutores del triunfo de
Ayacucho: Antonio José de Sucre, el general más digno de Colombia,
como lo llamó Simón Bolívar, al general La Mar, nacido en esta ciu-
dad de Cuenca a los generales José María de Córdova, Guillermo
Miller, Jacinto Lara, Isidoro Suárez, Laurencio Silva, José Leal, ofi-
ciales y soldados que combatieron y a quienes ofrendaron sus vidas
por darnos la libertad y la independencia de América.
Doscientos años después, además de sacar las enseñanzas
históricas, es preciso que nos detengamos a reflexionar sobre los pro-
blemas y retos actuales. La independencia fue un movimiento
podero so pero limitado porque, si bien rompió los vínculos de de-
pendencia colonial y dio lugar al nacimiento de nuevas naciones, dejó
intactas las profundas y arraigadas bases de la sociedad colonial; el
escaso desarrollo de sus fuerzas productivas y las relaciones sociales
con profundas desigualdades que hasta hoy perviven, a pesar de que
se dio libertad a los esclavos y en algunos momentos se intentó me-
jorar las condiciones de los pueblos originarios.
Como hace doscientos años, bajo nuevas condiciones y re-
alidades, se está definiendo el tablero del poder mundial y se está
abriendo paso a un nuevo orden mundial diferente al que se orga-
nizó en Bretton Woods después de la Segunda Guerra Mundial. La
globalización económica requiere de un nuevo orden basado en prin-
cipios que permitan la sobrevivencia con dignidad de toda la huma-
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nidad. El mundo está al borde de una tragedia mundial, ya sea por
efecto del cambio climático o por el desenlace de los conflictos mili-
tares en curso que pueden desembocar en una guerra termonuclear.
Para países como los nuestros que fueron colonias, el fenó-
meno más grave que gravita sobre la economía, la política y la cul-
tura es el neocolonialismo. El colonialismo fue sustituido paulatina-
mente al inicio de nuestras repúblicas y con mayor fuerza después
de la Segunda Guerra Mundial por el neocolonialismo, que es una
forma de colonialismo en retirada, dirigido a conservar la explota-
ción de los países débilmente desarrollados bajo diferentes formas y
mecanismos. Los países formalmente independientes se ven envuel-
tos en redes financieras, económicas, políticas, culturales, pasando
a ser realmente dependientes. Una muestra de ello son los últimos
acuerdos que los últimos gobiernos han firmado con Estados Unidos,
teniendo como base una ley marco aprobada por el Congreso de los
Estados Unidos.
El neocolonialismo, que es una forma de colonialismo encu-
bierto puesto en práctica por las grandes potencias y el mundo trans-
nacional después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se disgregó
todo el sistema colonial, y a través de la expresión táctica “de tierra
arrasada”, se encamina a los países a la ausencia de institucionali-
dad, a una economía fallida, al quiebre del tejido social y al avance
del narcotráfico, como lo estamos viendo en nuestra patria y en los
países de nuestro continente. Podríamos resumir diciendo que el
neocolonialismo se expresa en la colonialidad del ser, que es la pér-
dida de conciencia, identidad y patriotismo. Erosiona la cohesión so-
cial y dispersa a las fuerzas sociales, conduce a la colonialidad del
poder del Estado que se manifiesta en la dependencia de los centros
hegemónicos del poder, así como la colonialidad del saber y la natu-
raleza, que no es otra cosa que la subordinación del conocimiento de
la ciencia y la técnica a los centros de mayor desarrollo. Por eso, para
nuestro tiempo está planteada la necesidad de la segunda indepen-
dencia para superar estas nuevas realidades adversas.
Como hace doscientos años, la epopeya libertaria e indepen-
dentista requirió de hombres y mujeres patriotas, de carácter y deci-
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didos hasta dar su propia vida por la causa que profesaban. La pre-
gunta que nos hacemos ahora es si surgirán nuevas generaciones ca-
paces de actuar con ese temple, esa decisión, ese patriotismo y esa
moral revolucionaria.
Las potencias que han gobernado al mundo ya no tienen el
mismo poder porque, a pesar de todo, en medio de contradicciones,
la necesidad histórica de un nuevo momento se abre paso, y la his-
toria, que no es un simple relato sino la enseñanza de la experiencia
para las nuevas generaciones, nos dice que ha llegado un nuevo mo-
mento de la toma de conciencia de nuestros pueblos y, en consecuen-
cia, de abrir, como ayer, un nuevo camino de esperanza para el
triunfo de la verdad, la justicia y la dignidad de los seres humanos.
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