batalla y concentra su ofensiva sobre la división peruana, que comanda
La Mar. Seis piezas de montaña vomitan estragos, su mensaje de deso-
rientación y muerte. Avanzan las tropas de Valdez, protegidas por sus
cañones. Son las mejores tropas que se hallan al mando del mejor de
sus jefes. En los primeros momentos ceden los patriotas ante la feroz
acometida, pero La Mar recorre sus líneas y ordena contraatacar y no
ceder una pulgada. Sucre de inmediato refuerza a la división peruana
con los batallones vencedores y Vargas de la guardia colombiana, que,
abriendo fuego sobre Valdez, lo obliga a detenerse en su avance. En el
fragor de la lucha se produce un estruendo de armas al galope, es el
coronel Rubín de Celis de la División Villalobos, que creyendo haber
llegado la hora del ataque general, se lanza con todo su regimiento con-
tra la división de Córdoba, circunstancia que Sucre aprovecha, al darse
cuenta del desorden, para enviar un escuadrón de la caballería de Mi-
ller, que causa grandes bajas a la división realista. Entre tanto, las tropas
de Valdez siguen presionando terriblemente a la división de La Mar,
que no retrocede, impidiendo el avance de las tropas del virrey, que a
cualquier precio pretende cortarla en dos. Debilitando el centro de los
españoles, ante la recia acometida de los patriotas, entran a la carga los
Húsares de Junín y la lucha se torna intensa y cobra los contornos de
una hecatombe. Ambos ejércitos han chocado con arrojo y fiereza; el
ruido de las armas blancas supera la estridencia de las armas de fuego.
La lucha se ha generalizado en un cuerpo a cuerpo; todos combaten
por igual, los sables no cesan de herir y mutilar los cuerpos y desgarrar
los uniformes de gala de los realistas. Rueda el virrey por los suelos,
desmontado de su caballo por un golpe de lanza. Arremeten como una
centella los llaneros, y cual centauros, siembran el descontento y el des-
bande de los realistas. Córdoba, saca ventaja de las circunstancias que
los favorecen a medida que cambia la faz de la acción. La caballería de
Canterac desciende en apoyo de las tropas que retroceden, pero los
Granaderos y Húsares, al mando de Miller que se había adelantado
oportunamente. Las tropas españolas en número de 3,000, se repliegan
a la falda del Cóndorcunca, para reorganizarse, acosados como están,
en todos los flancos. Queda un último recurso, ascender a la cumbre,
más los patriotas ya ocupan la cima donde Córdoba clava el pabellón
de Colombia y pronuncia la célebre arenga que lo inmortaliza: “¡Ade-
lante! ¡Armas a discreción, pasos de vencedores!” La avalancha se torna
incontenible al tiempo que los realistas en desbande huyen despavori-
dos: la confusión y el desorden es general. La situación se ha convertido
en caos. El ruido de los escuadrones se mezcla con las imprecaciones y
gritos. Vivas al Perú y al libertador. Piafan y relinchan los caballos, al
René Maugé Mosquera
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BOLETÍN ANH Nº 212 • 435– 444