Al constituirse la Republica después de la sociedad coloni-
zada estaba dividida étnica, económica, social y espiritualmente.
Ecuador nació con una crisis permanente de las relaciones humanas
no superadas hasta hoy, desde la independencia, la integración a la
antigua Colombia hasta la revolución liberal, imperaban las orien-
taciones del escolasticismo tradicional, la metafísica aristotélica – to-
mística con una fuerte influencia de la cultura católica con
orientación de las encíclicas papales.
Es importante destacar que, para los católicos conservadores,
la ruptura con la metrópoli tenía el efecto complementario de con-
solidar la unión de la iglesia y del estado, lo que podríamos deno-
minar una suerte de estado teocrático que fue el centro de las
disputas ideológicas y de los enfrentamientos durante más de medio
siglo con liberales y masones.
A más del predominio cultural religioso que adoptó en mu-
chas ocasiones posiciones mesiánicas como la época de García Mo-
reno y en el decurso de la segunda mitad del siglo XIX particular-
mente entre 1850 y 1900 en que la republica vivió una perspectiva
profundamente político religiosa que se plasmó en el proyecto de la
Republica del Sagrado Corazón de Jesús por lo que es atinado decir
como lo señala Fernando Hidalgo en su obra: “Que el Sagrado Cora-
zón de Jesús forma parte del patrimonio religioso cultural del pueblo
ecuatoriano”, a lo que añadiría que el proyecto católico–conservador
llevaba implícito el construir un estado de carácter teocrático y no
una nación. Para tener una idea de mi aserto bastaría leer las publi-
caciones de la época: artículos, revistas, pastorales, reflexiones y dis-
cursos de sus principales ideólogos como el padre Julio Matovelle,
Julio Tobar Donoso, Remigio Crespo Toral, Jacinto Jijón y Caamaño,
fray Vicente Solano, Federico Gonzales Suarez, Camilo Ponce Ortiz
y el cardenal Carlos María de la Torre, entre otras personalidades, así
como publicaciones, entre las que destacó, la “Republica del Sagrado
Corazón de Jesús”, de la “Acción Católica” y “Dios y Patria”.
Para los ideólogos de la elite religiosa conservadora como
para la iglesia, la religión era “La fuerza aglutinadora que hacía posible
configurar una comunidad de sentimientos y valores”. En definitiva, era
el fundamento de la identidad nacional.
René Maugé Mosquera
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BOLETÍN ANH Nº 212 • 345– 360