BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
Volumen CIII Nº 213
Enero–junio 2025
Quito–Ecuador
BOLETÍN
DE LA ACADEMIA
NACIONAL DE HISTORIA
Volumen CIII
Nº 213
Enero–junio 2025
Quito–Ecuador
ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA
Director Dr. Cesar Alarcón Costta
Subdirectora Dra. América Ibarra Parra
Secretario Ac. Diego Moscoso Peñaherrera
Prosecretaria Ac. Ingrid Diaz Patiño
Tesorero Dr. Claudio Creamer Guillén
Bibliotecario archivero Lcdo. Carlos Miranda Torres
Jefe de Publicaciones (e) Dr. José Echeverría–Almeida
Relacionador Institucional Dr. Eduardo Muñoz Borrero
COMITÉ EDITORIAL
Dr. José Echeverría Almeida Presidente
Dr. Jorge Ortiz Miranda
Dra. Rocío Rosero Jácome
Dra. Libertad Regalado Espinoza
MSc. Bayardo Ulloa Enríquez
Dr. Wilson Gutiérrez Marín
Dr. Álvaro Mejía Salazar (alterno)
Dr. Sebastián Donoso Bustamante (alterno)
EDITOR
Dr. José Echevería–Almeida Universidad Técnica del Norte
COMITÉ CIENTÍFICO
Dra. Katarzyna Dembicz Universidad de Varsovia-Polonia
Dr. Silvano Benito Moya Universidad Nacional de Córdoba/CONICET- Argentina
Dra. Elissa Rashkin Universidad Veracruzana-México
Dr. Stefan Rinke Instituto de estudios latinoamericanos/ Freie Universität Berlin-Alemania
Dr. Carlos Riojas Universidad de Guadalajara-México
Dra. Cristina Retta Sivolella Instituto Cervantes, Berlín- Alemania
Dr. Claudio Tapia Figueroa Universidad Técnica Federico Santa María – Chile
Dra. Emmanuelle Sinardet Université Paris Ouest - Francia
Dr. Roberto Pineda Camacho Universidad de los Andes-Colombia
Dra. Maria Letícia Corrêa Universidade do Estado do Rio de Janeiro-Brasil
Dr. Roger Pita Pico Investigador Academia Colombiana de Historia-Colombia
Dr. Justo Cuño Bonito Universidad Pablo de Olavide-España
Dr. Héctor Grenni Montiel Universidad Don Bosco- San Salvador
Dr. Pablo Solórzano Marchant Univesidad Católica Silva Henríquez – Chile
Dr. Tomás Caballero Truyol Universidad del Atlántico – Colombia
Dr. Julio César Fernández Universidad Nacional Pedro R. Gallo – Perú
Dra. Laura Falceri Universidad Politécnica Salesiana – Ecuador
Dr. Jairo Bermúdez Castillo Universidad Sergio Arboleda – Colombia
Dr. Renato Ferreira Machado Facultad Salesiana de Porto Alegre – Brasil
Dr. Saúl Uribe Taborda Universidad Politécnica Salesiana – Ecuador
Dr. Juan Cordero Íñiguez Academia Nacional de Historia – Ecuador
Dra. Olga Zalamea Patiño Universidad de Cuenca
BOLETÍN de la A.N.H.
Vol. CIII
Nº 213
Enero–junio 2025
© Academia Nacional de Historia del Ecuador
ISSN Nº
1390-079X
eISSN Nº
2773-7381
Portada: Una inka real cuida a una persona con cifosis.
Dibujo de Felipe Guamán Poma de Ayala en Historia del Piru.
Diseño e impresión
PPL Impresores 2529762 Quito
landazurifredi@gmail.com
Noviembre 2025
Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación, Deporte y Cultura
Libro de distribución gratuita
EL CACICAZGO EN LA EXPERIENCIA DE LOS
KARANKIS- KAYAMBIS EN LA SIERRA Y EN DAULE,
COSTA DEL ECUADOR. UNA APROXIMACIÓN
DESDE LA ETNOHISTORIA Y LA ARQUEOLOGÍA
1
José Echeverría-Almeida
2
UTN-Ecuador
Resumen
En la sierra norte del Ecuador, la cosmovisión andina, junto con una
geografía diversa en nichos ecológicos y recursos, impulsó la cons-
trucción de un sistema de gobierno visible y funcional. Este sistema
buscó garantizar la seguridad alimentaria y social, así como la adap-
tación ecológica, con el objeto de asegurar la continuidad de las co-
munidades. Comprender este proceso de consolidación sociopolítica
implica abordar interrogantes claves: ¿Cómo se sostuvo el sentido
de pertenencia al grupo?, ¿Qué mecanismos señalaron la inclusión
o exclusión social?, ¿Cuál fue el papel de las autoridades de los ay-
llus, llaktacuna y parcialidades? Además, se analizan las funciones
de sacerdotes y chamanes en la vida ritual y cotidiana, el rol de las
fiestas comunales como espacios de reafirmación identitaria dentro
de los cacicazgos. Se reflexiona, también, sobre las relaciones con
grupos externos: ¿Cómo se gestionó la interacción con sociedades
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Vol. CII – Nº. 213
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Recibido: 02/06/2025 // Aceptado: 28/08/2025
1 Un resumen de este trabajo se presentó en 89th Annual Meeting SAA, New Orleans, April 17-
21, 2024.
2 Educador, arqueólogo y antropólogo con destacada trayectoria académica desde 1977. Fue Di-
rector Académico y Administrativo en la PUCE-Ibarra y cofundador de la Universidad de
Otavalo. Director de la Academia Nacional de Historia, Capítulo Imbabura-Carchi. Ha pub-
licado 17 libros y más de 300 artículos sobre arqueología, antropología, educación y artículos
periodísticos. Actualmente, es investigador en la Universidad Técnica del Norte. Sus recientes
estudios abordan temas como el Qhapaq Ñan, el sitio Inka/Karanki, el trueque en Pimampiro,
el tallado de la madera en San Antonio de Ibarra y la fiesta de inocentes y fin de año de Atun-
taqui, Imbabura, Ecuador.
vecinas manteniendo el respeto por sus identidades?, ¿La autoridad
de los mandatarios era hereditaria o electiva?, ¿Los cacicazgos fun-
cionaron como formas de poder despótico aceptadas por la pobla-
ción mediante un cálculo racional de beneficios? Este análisis inicial
busca responder algunas de estas preguntas, proponiendo una visión
más amplia del funcionamiento social y político en los Andes sep-
tentrionales, con una breve referencia comparativa a la región de
Daule, en la costa ecuatoriana.
Palabras clave: Cosmovisión andina, Cacicazgo, Ayllu, Identidad,
Gobernanza.
Abstract
In the Northern Highlands of Ecuador, the Andean world-
view, along with a geographically diverse landscape comprising eco-
logical niches and abundant resources, fostered the development of
a visible and functional system of governance. This system aimed to
ensure food security, social stability, ecological adaptation, and the
long-term continuity of local communities.
Understanding the sociopolitical consolidation in this region
requires addressing several key questions: How was group identity
and a sense of belonging maintained? What mechanisms signaled
inclusion or exclusion within the community? What roles did the au-
thorities of the ayllus, llaktacuna, and parcialidades play in structur-
ing the sociopolitical order?
This analysis also examines the role of priests and shamans
in both ritual and everyday life, as well as communal festivals as po-
tential mechanisms for the continuous reaffirmation of identity
within cacicazgos (chiefdoms). Additionally, it explores interactions
with external groups: How were relationships with neighboring so-
cieties managed while preserving mutual respect for distinct iden-
tities? Were leaders appointed, or was succession hereditary? Did
cacicazgos function as despotic regimes accepted by the population
through a pragmatic cost-benefit rationale? This preliminary analysis
José Echeverría–Almeida
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seeks to address these questions, offering a broader perspective on
the social and political organization of the Northern Andes, with a
brief comparative reference to the Daule region on Ecuador’s coast.
Keywords: Andean worldview, Chiefdom, Ayllu, Identity, Govern-
ance
Introducción
En la sierra norte del Ecuador la cosmovisión andina, junto
con una geografía caracterizada por un mosaico de nichos ecológicos
y una amplia variedad de recursos, así como la necesidad de garan-
tizar la seguridad social y alimentaria, exigió la conformación de un
sistema de gobierno práctico y claramente estructurado. Este sistema
buscaba dar respuesta a los desafíos ecológicos y de adaptación; per-
mitiendo así la continuidad y sostenibilidad de la población a lo
largo del tiempo.
Para comprender el proceso de consolidación de estas formas
de organización, resulta pertinente plantearse una serie de interro-
gantes: ¿Cómo se logró mantener el derecho de pertenencia al grupo,
y cuáles fueron los mecanismos utilizados para indicar afiliación o
exclusión? ¿Qué papel desempeñaban las autoridades de cada ayllu,
llakta y parcialidad? ¿Cuáles eran las funciones específicas de los sa-
cerdotes o chamanes dentro de estas estructuras? ¿Constituían las
festividades colectivas una forma de reafirmar de manera constante
la pertenencia a un determinado cacicazgo? En el marco de la inte-
racción con “los otros”, ¿Qué rol desempeñaban las sociedades ve-
cinas y culturalmente diversas en el respeto a las identidades de los
diferentes cacicazgos? ¿Los líderes eran designados mediante algún
mecanismo específico o accedían al poder por herencia? ¿Puede con-
siderarse que los cacicazgos funcionaban como formas de gobierno
despótico, aceptadas voluntariamente por una población habituada
a obedecer en función de un cálculo de costo-beneficio?
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
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Estas y otras preguntas son fundamentales para comprender
a profundidad las dinámicas sociales, políticas y culturales de la re-
gión. En este trabajo, nos proponemos aproximarnos a algunas de
estas cuestiones a partir de la información bibliográfica.
Los ayllus, llaktacuna parcialidades o grupos de parentesco,
vinculados a un territorio poseído en colectividad y constituido por
todos aquellos considerados descendientes de un antepasado
común, estaban regidos por “caciques”, “curacas” o “angos”, quie-
nes contaban a su vez con colaboradores en el mando, llamados por
los españoles “principales” y “capitanes”.
3
Un intento significativo orientado a entender el nivel de or-
ganización socio-política de las sociedades originarias tardías en la
sierra norte del Ecuador la debemos a John Stephen Athens, quien
en su tesis doctoral Evolutionary Process in Complex Societies and Late
Period-Cara Occupation of Northern Highland Ecuador
4
propone una re-
flexión teórica y su cotejo con los vestigios monumentales o tolas,
que de diversas formas, tamaños y funciones se hallan nucleadas o
dispersas entre el valle del Guayllabamba al sur y el valle del Chota-
Mira al norte.
Por la complejidad del tema, Athens continúa con la investi-
gación, tanto a nivel teórico como de consecución de información de
campo, a través de excavaciones arqueológicas, principalmente en los
sitios-tola de Zuleta y Cochasqui (1974; 1976; 1978; 1980, 1992; 1995;
1997; 2001; 2003; 2010; 2012; 2013; 2015; 2016; 2019). Hasta el mo-
mento, Athens sostiene que los karankis se caracterizaron por un sis-
tema sociopolítico basado en unidades sociales políticamente autóno-
mas, de diversos tamaños y jerarquía, representadas por conjuntos
de montículos artificiales en los que sobresalen, al menos, una tola cua -
drangular con rampa.
5
Igual inferencia hace Kaitlin Yanchar,
6
al afirmar
José Echeverría–Almeida
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3 El término “Capitanes” utilizado por algunos cronistas de Indias, es una prolongación de un
rango militar.
4 John Stephen Athens. Doctoral dissertation. Dept. of Anthropology, University of New Mexico,
Alburquerque, N.M. University Microfilms, Ann Arbor, Michigan. 1978-a. Traducción al Cas-
tellano: El Proceso Evolutivo en las Sociedades Complejas y la Ocupación del Período Tardío-
Cara en los Andes Septentrionales del Ecuador. Colección Pendoneros Nª 2. Instituto Otavaleño
de Antropología, Otavalo, Ecuador, 1980.
5 Para Athens (1980, p. 181) las tolas con rampa representan centros políticos prehispánicos.
que la distribución de las tolas cuadradas con rampa son marcadores
de la autoridad política durante el período Tardío. Yanchar, también
propone la existencia de cacicazgos jerarquizados y autónomos.
Además, Athens investiga los paleoambientes y la historia
del maíz en la sierra norte y el papel del intercambio en la consoli-
dación de los cacicazgos. Últimamente, se han sumado a las inquie-
tudes de Athens, David Brown, Will Pratt, Mark Willis y Chester
Walker, en un afán de conformar un equipo multidisciplinario y
aportar nuevos datos con la aplicación de sensores remotos, fotogra-
fía aérea con dron, métodos geofísicos como el ground penetrating
radar, magnetómetro. La provisión de mapas topográficos más pre-
cisos y el cálculo del volumen de las estructuras monumentales y
otros detalles en las áreas adyacentes proveerán información valio-
sísima para entender mejor las formas de organización social y polí-
tica de la sierra norte del Ecuador.
De los últimos trabajos hay que citar las contribuciones im-
portantes para el conocimiento aborigen prehispánico y colonial de
la Sierra Norte de Chantal Caillavet, consignadas en su monumental
obra Etnias del Norte. Etnohistoria e Historia del Ecuador (2000). La au-
tora considera que hasta 1580 el poblamiento de la sierra norte fue
disperso; las únicas aglomeraciones fueron las agrupaciones de tolas
con funciones residenciales y religiosas de los jefes étnicos, así como
las necrópolis. Los conjuntos articulados por un centro ceremonial
constituyen las “parcialidades”, término colonial que homologa di-
versidad de unidades de poblamiento. Caillavet estima que en las
zonas cálidas había poblados de 50 a 200 personas, en las tierras
altas, entre 200 y 400 personas, pocas unidades sobrepasaban los mil
habitantes. Añade la investigadora que el término “parcialidad” no
ayuda a diferenciar los status entre jefes superiores (los hatun curacas)
y los subalternos (los principales y los caciques menores). Entre los
caciques hay una jerarquía generada por un rol ideológico o por una
supremacía demográfica. “Pero no hay indicios de una estructura
dualista” (p. 156).
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Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
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6 Kaitlin Yanchar. Tesis de Maestría “Degree and Scale of Interactions among Chiefdoms during
the Pre-Hispanic Late Period in Northern Highland Ecuador (AD 1250-1525)”, 2013.
Landázuri y Ugalde,
7
a través de un estudio diacrónico que
combina las fuentes arqueológicas y las etnohistóricas sostienen que,
“los sitios con montículos no fueron centros de poder político sino
religioso”. Basan su deducción en el análisis de tres indicadores: po-
blación, sistemas de produccióncirculación y organización política.
Jacqueline Carrillo (2017) realiza un estudio sobre el uso del
espacio del país Caranqui en relación a la ubicación de las tolas aso-
ciadas a los lugares de producción y rutas de acceso. Aplica dos ni-
veles de análisis complementarios: macro-regional y microregional.
8
Para Carrillo, los cacicazgos fueron entidades que facilitaron la cons-
trucción de las tolas y la redistribución de bienes.
Las tolas fueron una característica cultural del país Caranqui
que representa el poder de los caciques y la organización jerárquica
de la sociedad que éstos administraban. El conjunto de las tolas o
complejos fueron distribuidos equidistantemente en toda el área del
país Caranqui con el fin aparente de administrar los lugares de pro-
ducción” (p. 83).
Acorde con las inferencias de Carrillo y mis trabajos de
campo, en la sierra norte del Ecuador, podemos señalar lo siguiente:
La primera gran zona de producción está relacionada con el cultivo
del maíz, territorio de los Kayambis-Otavalos y Karankis. Coincide
con el territorio confederado en la época de la conquista inkaica y
que incluso se mantuvo para la lucha contra los españoles.
9
Si tene-
mos en cuenta, solo ocho años de resistencia al ejército imperial de
los Inkas, los cacicazgos del norte del Ecuador debieron tener una
buena reserva de alimentos, principalmente de maíz.
10
Claro está, no
José Echeverría–Almeida
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7 Cristóbal Landázuri & María Fernanda Ugalde (2016). Sociedades heterárquicas en el Ecuador
preincaico: estudio diacrónico de la organización política caranqui, en Revista Española de An-
tropología Americana, vol. 46, p. 202.
8 Como macro-región está considerada la provincia de Imbabura y como microrregión, el cantón
Otavalo (Carrillo, 2017, p. 34.
9 Galo Ramón, La resistencia Andina. Cayambe 1500-1800. Cuadernos de Discusión popular
14, Ed. Centro Andino de Acción Popular, Quito. 1987, p. 45
10 En la sierra norte del Ecuador, los datos últimos sobre la antigüedad del maíz la debemos a
John Stephen Athens, con quien participé en dos ocasiones, para conseguir núcleos de sed-
imentos del lecho lacustre de la laguna de San Pablo. A través de una perforación que alcanzó
una profundidad de 11.49 metros por debajo del lecho de la laguna, se recolectaron muestras
significativas de polen, fitolitos, partículas de carbón vegetal, diatomeas y tefra. Estos indi-
debieron pelear todos los días, pero el estar en continua zozobra al-
teraba los procesos productivos que se desarrollaban tranquilamente
en tiempos de paz.
La segunda zona de producción compete al cultivo de la hoja
de coca (Ambuquí, Coangue, Pimampiro) con un centro administra-
tivo en Pimampiro. En menor jerarquía, estarían los relacionados con
la explotación de la sal (Tumbabiro) y los dedicados al cultivo del al-
godón (Cahuasqui-Quilca-Lita y la zona de Intag.
Los territorios de los cacicazgos fueron de diversas extensio-
nes y con variadas estrategias de acceso a ecologías distantes a su
propio centro geográfico-étnico. Los cronistas de Indias nos dicen:
Los términos antiguamente estaban repartidos por cerros, marcando de
uno a otro, o por ríos o quebradas; de manera que entre ellos es señal cono-
cida y clara. Hasta ahora no se amojonado la tierra.
11
Carlos Emilio Grijalva
12
transcribió la siguiente información
encontrada en una provisión real del año 1575 expedida en favor de
don García Tulcanaza,
13
cacique de Tulcán, quien:
…tenía injerencia en el territorio, que partiendo desde Guaca, compren-
día las parroquias de Tulcán, las Provincias de Túquerres y Obando,
en la Meseta Interandina del sur de Colombia, toda la región de Ma-
yasquer y aún una buena parte de las montañas de Barbacoas, hasta el
antiguo caserío de Chilincal.
Al cacique de Tusa pertenecía la región Oriental de la Provincia Napo-
Pastaza, hasta Putumayo, por el Norte y Oriente, y, por el Sur, hasta la
línea divisoria de las parroquias Atuntaqui e Ilumán, comprendiendo
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
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cadores paleo ambientales permitieron establecer con mayor precisión el inicio de las prác-
ticas agrícolas prehistóricas, en particular el cultivo del maíz, en los valles templados de la
Sierra Norte del actual Ecuador. En cuanto a los fitolitos correspondientes al maíz (Zea
mays), el análisis permitió determinar una cronología confiable para la presencia de esta
planta domesticada, que se sitúa entre aproximadamente 6200 y 6600 años antes del presente
(BP).
11 Anónimo de Quito, Descripción de la ciudad de San Francisco de Quito, en: Pilar Ponce Leiva
(Ed.) Relaciones Histórico-Geográficas de la Audiencia de Quito (Siglos XVI-XIX), Marka & Abya-
Yala, Quito, 1573; 1992, p. 219.
12 Carlos Emilio Grijalva, Cuestiones previas al estudio filológico-etnográfico de las provincias de Im-
babura y Carchi. Banco Central del Ecuador, Quito, 1988, p. 82.
13 García Tulcanaza sabía leer, escribir, música, canto, fue maestro de capilla. Junto con Fra Gas-
par de Torres trató de incorporar a la tributación a los indios del área occidental de Imbabura
(Ramón, 2010, p.19).
los pueblos de Guaca, Tusa, Puntal, El Ángel, Mira, Pimampiro, Caran-
qui, Atuntaqui, y San Antonio de Ibarra” (p. 82).
La presencia de cerámica Pasto más al sur del valle del Chota
–Mira, por ejemplo en Cochasquí (cantón Pedro Moncayo, provincia
de Pichincha),
14
Andrade Marín (cantón Antonio Ante, provincia de
Imbabura),
15
los dos en contexto de montículos artificiales y la pre-
sencia de cerámica Karanki más al norte del valle del Chota –Mira,
16
podrían sugerir que en algún momento de la historia, antes de la lle-
gada de los Inkas, los Pastos pudieron haber ejercido influencia po-
lítica en territorios tradicionalmente Karanki. Sin embargo, también
hay que tener en cuenta que, durante la época de los Inkas, pueblos
enteros Pasto fueron trasladados a Cayambe, Otavalo y Carangue.
17
También en la época colonial, objetos de cerámica Pasto debió haber
circulado por la Sierra Norte, por efectos de los tributos.
18
No es descabellado pensar que la masiva presencia de Los
Pasto en el valle del Chota-Mira, se debiera solamente a su vecindad
y densidad demográfica; probablemente, en algún momento, este
valle pudo haber sido dominado por los Pasto, que luego habrían
sido superados por los Karankis. En este valle encontramos tanto to-
pónimos Otavalo como Pasto. “El balle pusput piru” y en otro nombre
se llama pusir.
19
En razón de que las tierras tenían el nombre de sus
dueños, este caso puede interpretarse como una sobreimposición del
nombre por parte del nuevo dueño. Antes de los Pastos, hay eviden-
cias de la presencia de gente emparentada con costumbres de los
grupos La Chimba Medio.
20
José Echeverría–Almeida
216
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14 Udo Oberem, EI acceso a recursos naturales de diferentes ecologías en la sierra ecuatoriana,
Siglo XVI". Segundo Moreno y Udo Oberem, Contribución a la etnohistoria ecuatoriana, Co-
lección Pendoneros Nº 20, Editorial Gallocapitán, Otavalo, p 1981, Tabla XXVII, figuras 2 y 3.
15 Colección arqueológica de Jorge Ubidia, 1981; José Echeverría, observación de campo, no-
viembre 02 de 2002)
16 José Echeverría, Prospección arqueológica para el estudio de impacto ambiental y plan de
manejo ambiental, para la ampliación de la carretera Panamericana E-35 a 4 carriles Ibarra-
Tulcán-Rumichaca, provincias de Imbabura y Carchi. INPC, Quito, 2009, p. 59.
17 Galo Ramón, La resistencia andina…cit., p. 11.
18 Tasaciones que el señor licenciado Tomás López hizo en la Gobernación de Popayán, 1558,
en Cristóbal Landázuri, 1995, pp. 129-156.
19 Chantal Caillavet, Etnias del Norte…cit., p. 105.
20 John Athens, Formative Period Occupation in the Highlands of Ecuador. A comment on
Con seguridad, el valle del Chota-Mira fue un polo de atrac-
ción desde épocas antiguas, especialmente por sus características
geográficas de valle subtropical y por sus condiciones de corredor
natural con vías de acceso hacia los cuatro puntos cardinales. La pre-
sencia de la saltierra en Salinas
21
y la proximidad de variados pisos
ecológicos, dan a esta área una particularidad especial. Es seguro que
los acuerdos establecidos entre cacicazgos sobre el acceso a este valle,
permitió mantener una relativa tranquilidad. Al respecto, Rosario
Coronel
22
transcribió:
Gran parte de los Señoríos y Cacicazgos indígenas de la sierra norte
poseyeron en las partes bajas de la cuenca cálida, en las dos márgenes
del río ChotaMira, extensas chacras de coca “que cogen de tres a tres
meses” y mucho algodón “que cogen cada año” (ROI, T. III: 246), con-
sideradas como la producción de mayor importancia estratégica en la
zona. En la visita efectuada a Otavalo, en 1562, Gaspar de Valderrama
decía: “alcanzan tierra caliente. . . en la cual se da algodón e coca e maíz
e frisóles e trigo e otras muchas legumbres de que los naturales se sus-
tentan, granjean e benefician para sus rescates. . .” (Auto de Número
de la gente de la Visita del Repartimiento de Otavalo de Nov./1567 por
Gaspar de Valderrama,
AGI, Sevilla, microfilm IOA) (pp. 52-53).
El cacicazgo mayor de Otavalo controlaba los accesos a la
vertiente occidental de los Andes desde los pueblos de Cotacachi,
Urcuquí y Tumbaviro, mientras que desde el cacicazgo provincial de
Cayambe se podía acceder a la vertiente oriental.
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
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217
Myers, in American Antiquity 43, 1978-b, pp. 493-496. 1978b;
José Berenguer & José Echeverría, La cerámica de Tababuela, Sierra Norte del Ecuador. Gaceta
Arqueológica Andina 11:7, instituto Andino de Estudios Arqueológicos, Lima, 1984.
21 Boussingault (en Jaramillo, 1968, p. 24) “supone que, en la base traquítica sobre la que se ex-
tiende el arenal de Salinas se originan fuentes saladas que mantienen permanentemente en
afloración el respectivo cloruro”.
22 Rosario Coronel, Riego colonial: de la coca a la caña en el valle del Chota. En Ecuador Debate
Nº14, Centro Andino de Acción Popular, Quito, 1987, pp. 52-53.
Landázuri y Ugalde
23
anotan:
El Cacicazgo de Otavalo es el mejor documentado; una tasa tributaria
realizada en 1577 en la que se fijó la cantidad de algodón que debía re-
cibir cada cacique para confeccionar las mantas como tributo, enumera
catorce pueblos: Otavalo, Zarance, San Pablo, San Juan, Tontaquí, Ur-
cuquí, Tambabiro, Las Salinas, Cotacachi, Ynta, Guayllabamba, Axan-
gue, Puellaro y Alchipichi, y al mismo tiempo registró un total de
treinta parcialidades (Caillavet 2000: 150). (p. 202).
Es probable que la mayor o menor complejidad o importan-
cia de los cacicazgos en la Sierra Norte estén relacionados con la
mayor o menor extensión de su territorio, el acceso a diversos pisos
ecológicos, producción de bienes suntuarios de gran demanda, por
ejemplo: coca, algodón, ají, frutas tropicales…
A nivel teórico siguen siendo pilares de esta investigación las
publicaciones de Frank Salomon (1975; 1976; 1978) y los de Udo Obe-
rem (1974; 1976; 1981) cuyos textos son clásicos en la literatura ar-
queológica ecuatoriana.
El tema todavía no está terminado y requiere una continui-
dad en la investigación. El presente artículo pretende ser un antece-
dente teórico a las ponencias: “De-construyendo los cacicazgos del
norte: nuevas reflexiones sobre las sociedades de la prehistoria tardía
de la sierra norte del Ecuador,” dirigidas por Ryan Scott Hechler &
David Brown, que se discutieron en la IX Reunión de Teoría Arqueo-
lógica de América del Sur (TAAS) realizada en la ciudad de Ibarra,
del 4 al 8 de junio de 2018.
A los datos etnohistóricos y arqueológicos hemos añadido
algunas costumbres actuales que pueden verse como persistencias
de lo que pudo haber existido en épocas antiguas.
José Echeverría–Almeida
218
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
23 Cristóbal Landázuri y María Fernanda Ugalde, Sociedades heterárquicas en el Ecuador prein-
caico…cit., p.202.
El término cacicazgo
24
El vocablo “cacique” aplicado a la autoridad de una comu-
nidad o de unaunidad territorial de las sociedades originarias pro-
viene de las Antillas, de sus habitantes taínos, originarios de América
del Sur. Cuando Cristóbal Colón llegó a las Antillas, 1492, había
“cinco cacicazgos taínos en el territorio de La Española, antes lla-
mada Quisqueya(hoy Haití y República Dominicana), cada uno di-
rigido por un cacique principal (jefe), a quien se le rendía
homenaje… Al jefe o cacique de la tribu se le pagaba un tributo sig-
nificativo. Los caciques tenían el privilegio de llevar colgantes de oro
llamadosguanin, poseían viviendas rectangulares, grandes (caney)
en lugar de ovalados o circulares (bohío), que era la forma común;
utilizaban bancos o asientos de madera para sentarse, mientras las
personas del pueblo lo hacían en el suelo o sobre una estera o mon-
tón de paja, entre otros indicadores de jerarquía.
El nombre cacique puede derivarse de cakchiqueles utilizado
en Centro América para designar a los jefes políticos aborígenes. En
el Popol Vuh, libro que narra la historia de los quichés, también se
encuentra este vocablo.
25
Con la expansión de las conquistas espa-
ñolas hacia Sudamérica, el cacicazgo como institución fue aceptado
por la Corona española dentro de las Leyes de India que estableció,
entre otras cosas, que cualquier autoridad indígena sea denominada
"cacique" (real cédula del 26 de febrero de 1538) sin importar dife-
rencias culturales o lingüísticas. También se prohibía llamar "señor"
a cualquier jefe indígena.
26
La administración colonial y quienes escribieron temprana-
mente sobre las costumbres de la población andina utilizaron esta
terminología sin mayores detenimientos en diferenciar ciertos deta-
lles por asuntos étnicos, de parentesco, políticos, las circunstancias
coyunturales como las épocas de guerra, las costumbres anteriores
a la invasión inkaica. Incluso en la época de los Inkas debieron existir
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
219
24 En la sierra norte del Ecuador se utiliza también el término “Curacazgo”.
25 https://definición.de/cacique/
26 https://www.definiciones-de.com/Definicion/de/cacicazgo.php
diferencias, acorde si la población nativa fue incorporada al Tawan-
tinsuyu de forma pacífica o en forma violenta.
El cronista Agustín de Zárate
27
escribió:
En todas las provincias del Perú había señores principales, que llama-
ban en su lengua curacas, que es lo mismo que en las islas solían llamar
caciques; porque los españoles que fueron a conquistar el Perú, como
en todas las palabras y cosas generales y más comunes iban amostrados
de los nombres en que las llamaban de las islas de Santo Domingo y
San Juan y Cuba y Tierra Firme, donde habían vivido, y ellos no sabían
los nombres en la lengua del Perú, nombrábanlas con los vocablos que
de las tales cosas traían aprendidos, y esto se ha conservado de tal ma-
nera, que los mismos indios del Perú cuando hablan con los cristianos
nombran estas cosas generales por los vocablos que han oído dellos,
como al Cacique, que ellos llaman curaca, nunca le nombran sino caci-
cua, y aquel su pan de que esta dicho, le llaman maiz, con nombrarse
en su lengua zara, y al brebaje llaman chicha, y en su lengua azua, y
asi de otras muchas cosas. Estos señores mantenían en paz sus indios,
y eran sus capitanes en las guerras que tenían con sus comarcanos, sin
tener señor general de toda la tierra (p 4).
El término “curaca” en el vocabulario kechwa elaborado por
Diego González Holguín (1609; 1952) traduce por: “el señor del pue-
blo…el señor mayor o superior, … el que tiene la voz por todos”, por
lo que, en cierto sentido, era dueño de sus súbditos. Especialmente
en la época de los Inkas, se hacía una diferencia en relación a la can-
tidad de indígenas que estaban bajo su mando, así: Huaranca curaca
(señor de mil indios), Páchac curaca (señor de cien indios), Chunca
curaca (mandón de una parcialidad), piscapáchac (cincuenta),
chunca curanca (10).
La información que aporta la arqueología y la etnohistoria
confirma que existía en la Sierra Norte un desarrollo no homogéneo
y una jerarquía de asentamientos, que eran gobernados por una va-
José Echeverría–Almeida
220
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
27 Agustín de Zárate, Historia del descubrimiento y conquista del Perú, (1555/1577), 1968, Capítulo
VI, isla Puná. Versión digital del ejemplar de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca
USAL BG/30880. http://fama2.us.es/bgu/america/009_zarate.pdf
riedad de autoridades que respetaban un escalafón, desde un primer
peldaño, el jefe de familia, hasta el último peldaño, el jatun-curaca,
señor Étnico.
¿Cómo surgió el cacicazgo como forma de gobierno?
Es probable que las unidades sociales autárquicas, autosufi-
cientes,
28
conformadas primero por familias extensas o con paren-
tesco consanguíneo, se unieron con otras y conformaron lo que en la
literatura arqueológica y antropológica se conoce como llakta; éstas
entraron en crisis y requirieron de líderes para reencontrar la armo-
nía ser humano-naturaleza. Varias llaktakunas se unieron para reci-
procar e intercambiar bienes naturales y económicos y conformaron
lo que los españoles denominaron parcialidades; varias parcialidades
conformaron una comarca.
La necesidad de dirigir trabajos colectivos o encabezar un
grupo de guerreros para defender o ampliar el territorio originó di-
ferencias entre individuos, quienes sobresalían en experiencia, sabi-
duría, valentía o en cualidades de mando pudo monopolizar el
control del grupo humano de su territorio y así exigir que los status
sociales importantes sean accesibles a una sola familia. Así, se irían
conformando los cacicazgos (término antillano) o los curacazgos (tér-
mino andino) con fuerte identidad étnica.
Pudieron haberse suscitado uno o varios elementos contra-
rios, por ejemplo: grupos vecinos beligerantes, períodos largos de
sequía o de muchas lluvias, continuas erupciones volcánicas, plagas,
heladas, granizadas. Quizá, sencillamente, se necesitó incrementar
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
221
28 Hasta hace aproximadamente seis décadas, en la sierra norte predominaba un modelo de
vida autosuficiente, caracterizado por la producción diversificada en el ámbito doméstico,
el reciclaje de recursos, y la realización de múltiples oficios por parte de los propios miembros
de la familia. La solidaridad comunitaria era un componente esencial, manifestada en prác-
ticas de ayuda mutua e intercambio de bienes de uso cotidiano. La economía se basaba prin-
cipalmente en el trueque a nivel local y regional, mientras que la adquisición de productos
en el mercado era ocasional y limitada a lo estrictamente necesario. En este contexto, el dinero
tenía escasa circulación y no existía una orientación hacia el consumo, lo que favorecía prác-
ticas de reutilización, como el traspaso de útiles escolares entre generaciones o dentro de la
comunidad.
la producción, para satisfacer las necesidades de una mayor pobla-
ción, para lo que se requirió de trabajos colectivos con dirigentes téc-
nicos y políticos. Quizá, en un primer momento hubo caciques
temporales hasta que pase la crisis. Es probable también que la pro-
ducción fue exitosa y el líder adquirió poder político y económico.
Es decir, no solo pudo haber influido un aspecto positivo, la produc-
ción de excedentes y su redistribución en tiempos buenos y en tiem-
pos difíciles, sino también lo contrario, escases de alimentos; en las
crisis es precisamente cuando más se necesita de líderes para solven-
tar los problemas.
Un estudio multidisciplinar a profundidad de las anomalías
climáticas ocurridas principalmente entre 850 y 1250 d.C. (cálido y
húmedo); entre 1250 y 1550 d.C. (seco) y lo ocurrido durante la Pe-
queña Edad de Hielo, 1550 y 1750; 1750 a 1800
29
podría ayudar a en-
tender los cambios sociales y políticos que ocurrieron en la Sierra
Norte. En concordancia con los años indicados anteriormente, para
la época prehispánica, el período cálido-húmedo de los años 850 a
1250 coincide con la construcción de los montículos o tolas hemisfé-
ricas. ¿La elite cacical buscó ponerse a salvo de inundaciones, terre-
nos anegadizos, protegerse de plagas de mosquitos, que son más
abundantes en estos climas?
30
El período seco, 1250 a 1550 d.C. también coincide con la edi-
ficación de las tolas cuadrangulares, algunas de éstas con rampa. La
falta de lluvia en temporadas prolongadas induce a desarrollar
mayor cantidad de ceremonias y rituales. Caciques y Sacerdotes eran
necesarios para que la gran masa poblacional resista óptimamente
las temporadas de crisis.
31
Inferimos también que, en estos períodos
dramáticos, se popularizó la utilización de los campos elevados o ca-
mellones para el uso eficaz de las llanuras inundables y la construc-
ción de terrazas, para optimizar el uso de la tierra, el agua de lluvia,
José Echeverría–Almeida
222
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
29 M.-P. Ledru, V. Jomelli, P. Samaniego, M. Vuille, S. Hidalgo, M. Herrera, and C. Ceron, The
Medieval Climate Anomaly and the Little Ice Age in the eastern Ecuadorian Andes. Clim. Past, 9,
307–321, 2013. www.clim-past.net/9/307/2013/
30 Aún en la actualidad, en la provincia de Imbabura hay abundancia de mosquitos, principal-
mente en el mes de noviembre.
31 Para más información sobre el Huacchacaray, ver Echeverría, 2004, p. 107.
y evitar los impactos negativos en las plantas de las heladas, muy
comunes en la Sierra Norte, en determinadas temporadas. A los cam-
bios climáticos hay que añadir los fenómenos volcánicos, muy co-
munes en la serranía ecuatoriana.
En todos los casos, se requería de un líder para:
– Movilizar y organizar la fuerza de trabajo.
Dirigir la ejecución de las grandes obras en beneficio colec-
tivo: campos elevados o camellones, terrazas, acequias, gran-
des cochas o reservorios...
Planificar la cantidad y calidad de producción, y las varieda-
des de productos que eran más demandados por las gentes
de la propia etnia y por los grupos humanos vecinos.
Coordinar las actividades de selección de semillas, almace-
namiento, redistribución e intercambio.
– Elegir plantas comestibles asociadas al maíz
– Vigilancia y defensa de los territorios.
Según Athens
32
la construcción de los campos elevados pudo
haberse iniciado alrededor del 1250 d.C. cuando se intensificaron las
obras para irrigación y la construcción de las tolas con rampa, esta
última, parece constituir un rasgo especial de aumento de poder ca-
cical y posiblemente también incremento de actividades ceremonia-
les. De acuerdo a los documentos investigados por Caillavet, se
mencionan camellones hasta la segunda mitad del siglo XVII.
33
La excavación arqueológica realizada en terrenos de la ha-
cienda La Vega, al sur de la laguna de San Pablo, evidenció la aso-
ciación de los camellones con una tola con rampa, infiriéndose
preliminarmente que primero se construyeron los camellones y
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
223
32 John Athens, El Proceso Evolutivo en las Sociedades Complejas y la Ocupación del Período
Tardío-Cara en los Andes Septentrionales del Ecuador. Colección Pendoneros 2. Instituto Ota-
valeño de Antropología, Otavalo, Ecuador, 1980.
33 Acorde a las inferencias preliminares realizadas por David Brown en sus investigaciones del
verano 2019 (comunicación personal, agosto de 2019), los campos de camellones en damero
podrían ser tardíos, incluso podrían ser inkaicos.
luego la tola. También hay asociación de una tola con rampa y ca-
mellones en Paquiestancia, en Pinsaquí, Sigsicunga.
34
La otra situación, normal hasta cierto punto, es que en deter-
minados conglomerados humanos casi siempre hay un líder, una
persona que busca el “bien común” y que por su popularidad haya
llegado a ser estimado por la comunidad, por lo que sus decisiones
por el bien de todos fueron aceptadas con agrado y así por el presti-
gio fue surgiendo el poder político manejado por uno o varios indi-
viduos. No se descarta que también influyó la fuerza, la valentía
demostrada por una o más personas en un acontecimiento puntual,
que otorgó gran ascendiente a sus autores, que favoreció concentrar
el poder político.
Es probable que la autoridad de un individuo a nivel de un
ayllu (familia extendida)
35
fue ampliándose hacia otros ayllus hasta
conformar las llaktakuna y luego las parcialidades y territorios de
una mayor extensión. Algunos, con poblaciones que ocupan una va-
riedad de pisos ecológicos cuya diversidad de producción permitió
el desarrollo de un sistema de intercambio y aplicación de varias es-
trategias para mantener la convivencia armónica dentro del mismo
territorio y fuera de él. Así, la reciprocidad, el darrecibir y devolver
que se establecen entre ayllus o familias extendidas, el intercambio
o trueque de materias primas, bienes manufacturados, alimentos,
bebidas (la chicha), sirven para mantener la armonía entre los dis-
tintos asentamientos cercanos e incluso los lejanos, comúnmente, a
un día de camino. El canje de una cosa por otra, no solo satisface una
necesidad material, también ayuda a una consonancia personal, un
enlace de amistad y reciprocidad.
36
El sector del asentamiento donde
residía la autoridad debió haberse convertido en el centro de coor-
dinación de las actividades socio-económicas-religiosas.
José Echeverría–Almeida
224
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
34 Gregory Knapp, Soil, Slope, and water in the Ecuatorial Andes: A Study of Prehistoric Agricultural
Adaptation. University of Wisconsin-Madison, 1984.
35 La familia extendida pudo haber tenido alrededor de 40 miembros. “En 1559, la familia de
don amador Amaguaña, cacique de anan Chillo, congregaba un total de 42 personas
(Moreno, 1983, p. 68).
36 José Echeverría, La reciprocidad, en Diario El Norte, 26 de abril de 2016. José Echeverría, El
intercambio prehispánico en la sierra norte del Ecuador a la luz del intercambio colectivo
que se realiza en el cantón San Pedro de Pimampiro, en International Journal of South American
Archaeology, Nº11, 2017 pp. 6-18.
Un aspecto importante que ayudó a consolidar el cacicazgo,
por ejemplo, de los Karankis- Kayambis- Otavalos fue el fuerte sen-
tido de identidad de la población. Una unidad a toda prueba, ya que
las diferencias sociales y de rango eran acepadas voluntariamente.
Al menos, sobresalen los siguientes indicadores identitarios, muy vi-
sibles: las tolas o montículos artificiales que se destacan en el paisaje
y constituían a manera de vallas publicitarias: “Territorio Karanki-
Otavalo-Kayambe”. A nivel hipotético se podría sugerir que la cons-
trucción de una tola fue dentro de un ritual en el que posiblemente
cada individuo depositó su cuota de tierra. De este modo todos se
identificaban con el montículo, rasgo étnico de su comarca.
37
A nivel doméstico, la gran homogeneidad del corpus cerá-
mico. Incluso para las grandes celebraciones, festejos, ofrenda fúne-
bre, es la misma vajilla del uso diario. Al respecto, el Anónimo de
Quito (1573) describe: “el ajuar es una piedra de moler y ollas y ti-
najuelas en que hacen vino, que allá llaman azua, y unos vasos a ma-
nera de cubiletes con que beben, que cabrán a media azumbre.
38
Parece que la integración de la población a través de la apli-
cación de varias estrategias, especialmente de donativos y festejos
con estipendio de grandes cantidades de comida y bebida fue lo que
mantuvo la unión a nivel interno de cada comarca y con los vecinos
más próximos. Sin embargo, determinados recursos naturales parece
que eran objeto de usurpaciones, el cronista de Indias, Sancho Paz
Ponce de León (1582; 1992) escribió: Tenían guerra unos con otros
sobre las tierras que poseían, y el que más podía despojaba al otro
de todo lo que poseía; y estas diferencias tenían siempre los indios
comarcanos y vecinos unos con otros, de manera que todo era behe-
tría” (p. 364). Probablemente este comportamiento descrito por el
cronista es de la época post-conquista hispana, por los problemas
económicos que se suscitaron.
También el Padre Antonio Borja, párroco de Pimampiro
(1591; 1992) observó:
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
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37 Aún en la actualidad, cuando un Kichwa otavaleño se dirige a su propia u otra Comunidad,
lo hace en nombre de su familia y de su comunidad y no a título personal.
38 Azumbre: medida antigua de capacidad para líquidos que equivale a 2,016 litros
(https://es.thefreedictionary.com/azumbre)
Solían los indios de esta tierra en los tiempos pasados tener guerra unos
con otros, y el que más podía, señoreaba y sojuzgaba al otro y le hacía
que le tributase de lo que tenía en su tierra; a cuya causa, viendo el ca-
cique de Carangue la decisión que entre ellos había, ajuntó mucha
gente y entró en esta tierra haciéndoles guerra, y en una batalla que tu-
vieron, le vencieron matándole mucha gente y a él le prendieron y al
cabo de muchos días le mataron por traición. Y el cacique hijo de este,
que se llama don Cristóbal, que fue el primero, después que entraron
los españoles, a quien hicieron cristiano, el cual pidió al capitán Benal-
cázar que le diece la conquista de estos indios de Chapi, solo por ven-
gar la muerte de su padre, el cual los conquistó y apaciguó con el favor
de los españoles (p. 484).
Respecto al relato de Sancho Paz Ponce de León (1582), Car-
los Emilio Grijalva (1988) hace el siguiente comentario: “los tiempos
anteriores a que se refiere no son otra cosa que el período trans-
currido desde 1533 a 1550, tiempos, en verdad, tempestuosos y de
borrasca para los aborígenes que estudiamos.” (p. 84). La observa-
ción de Grijalva es oportuna, porque habría que identificar los tiem-
pos. ¿Guerreaban permanentemente?, ¿De vez en cuando? Las
evidencias materiales de armas, por ejemplo, hachas, son pocas, en
comparación a lo que se ha encontrado en los Andes Centrales. Por
otra parte, el objetivo de las guerras parce ser eminentemente eco-
nómico, tierras y tributos. No está muy claro el interés político de
establecer el dominio de un cacicazgo sobre otro.
Posiblemente, la identificación de los habitantes de un de-
terminado territorio con su líder fue dando también identificación a
la comarca que tomó el nombre del individuo principal; así, encon-
tramos en los documentos tempranos, el nombre del lugar derivado
del nombre del cacique.
39
A nivel de psicología social, parece que el ser humano an-
dino requiere de una mayor relación con su autoridad, con su go-
bernante, de ahí que incluso en la actualidad algunos gobernantes
se aprenden los nombres de los ciudadanos, dan la mano, un abrazo,
José Echeverría–Almeida
226
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
39 Carlos Emilio Grijalva, Cuestiones previas al estudio filológico-etnográfico de las provincias de Im-
babura y Carchi. Banco Central del Ecuador, Quito, 1988, pp. 164-166.
un saludo afectuoso, y están siempre buscando toda circunstancia
para estar “junto al pueblo”, aunque después se laven las manos con
alcohol y se olviden de los ofrecimientos. Durante los cacicazgos,
cada individuo era conocido física, económica y socialmente. Había
una identidad con el cacique.
40
Otras denominaciones para las personas que ejercían autoridad
Algunas otras denominaciones son claramente españolas,
por ejemplo, Grijalva
41
escribió:
En el concepto de parcialidad surge indudablemente, la idea de tres
autoridades: El Capitán, el Cacique y una especie de Gobernador o Ré-
gulo. Llamábanse Capitanes, en los primeros tiempos de la Colonia,
aquellos señores que después se decían principales, es decir, sub-jefes
de parcialidad. Los encontramos haciendo las veces del cacique, por
falta o ausencia de este; tenían el derecho de tomar a su cargo varias
mujeres, así como el de sentarse en un duo o tiana, que para ellos era
cosa de mucha significación (p. 80-81).
El término Régulo, parece que se aplicó al mandamás de una
confederación, en casos de guerra. Así:
González Suárez, apoyado en información de servicios que practicó el
cacique de Cayambe, Don Jerónimo Puento, asegura fundadamente
que antes de la venida de los incas, el régulo de Cayambe dominaba
en toda la zona comprendida entre los ríos Chota y Guayllabamba,
como señor de Cochasquí, Perucho, Otavalo, Caranqui, etc., de cuyos
caciques era el jefe.
(Grijalva, 1988, p. 81).
¿Cómo fue el sistema de gobierno caciquil?
Gracias a las informaciones documentales de la conquista y
postconquista española y a las evidencias arqueológicas reportadas
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
227
40 Esta situación fue aprovechada por los conquistadores españoles, para efectos de lograr el
pago de los tributos y uso de mano de obra.
41 Carlos Emilio Grijalva, Cuestiones previas…cit., pp. 80-81.
hasta el momento, se infiere que los cacicazgos fueron sistemas de
gobierno de diversas complejidades y en territorios de diferentes ex-
tensiones, comúnmente con las siguientes características: sociedad
altamente jerarquizada, con la mayoría de población sumisa a la au-
toridad; poder político concentrado en el cacique y en los principales;
redistribución de bienes tanto naturales como de productos elabo-
rados; trueque o intercambio realizado por especialistas (los mynda-
laes) controlados por el cacique; aplicación de tecnologías agrícolas
(campos elevados, terrazas, canales de irrigación); cosmovisión y
prácticas ceremoniales y rituales compartidos; ancestro común;
fuerte identidad étnica con algunos indicadores muy visibles como
las tolas y el corpus cerámico.
Por ejemplo, las sociedades Carangue, Cayambe, Otavalo y
Quitu tuvieron un ordenamiento social y político jerarquizado. El
Anónimo de Quito
42
escribió:
El gobierno que antiguamente tenían era que los caciques, cada uno en
su territorio, era tan temido cuanto se podría decir, siendo hombre ás-
pero, y lo que quería se había de hacer sin haber pensamiento en con-
trario; porque si el cacique lo sentía, el súbdito había que morir por
ello. Los caciques tienen sus capitanes, a los cuales solo los de su par-
cialidad y los capitanes e indios obedecían a su cacique, el cual, cuando
quería que se hiciese alguna labranza o traer alguna madera del monte,
o hacer alguna casa, mandaba a un pregonero que tenía, que con voz
alta declarase su voluntad, y entendido por los capitanes, que de ordi-
nario tenían casas cerca de la del cacique, donde residían o tenían per-
sonas que les avisasen de lo que se ofreciese, enviaban luego sus
cachas, que acá quiere decir mensajeros, y luego se juntaba la gente
para cumplir la voluntad del señor… (p. 217-218).
El hombre más estimado entre los naturales era el cacique o principal más
valiente y que mejor labranza hacia porque como la gastaba en dar de comer
y beber a los indios, acudíanle con más voluntad y amor que a los que no
hacían esto. (p. 186).
José Echeverría–Almeida
228
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
42 Anónimo de Quito, Descripción de la ciudad de San Francisco de Quito, en: Pilar Ponce Leiva
(Ed.) Relaciones Histórico-Geográficas de la Audiencia de Quito (Siglos XVI-XIX), Marka & Abya-
Yala, Quito, 1992, 217-218 y p. 186.
Por lo anterior podemos inferir que los caciques aplicaban
un gobierno despótico que inspiraban temor; pero, al mismo tiempo,
garantizaba la provisión de comida y bebida, especialmente para la
realización de trabajos colectivos y manejaban una ideología cohesio-
nadora mediante prácticas relacionadas con las costumbres y tradi-
ciones del propio cacicazgo.
Es probable que los granos como el maíz y el fréjol, aún muy
populares en la dieta indígena de Imbabura, hayan desempeñado
un papel preponderante en las fiestas caciquiles, por las ventajas de
producir en abundancia, almacenar y elaborar comida y la infaltable
chicha. De ahí la especificación: “…y que mejor labranza hacia…” Esto
no solo significa esfuerzo físico, sino también conocimiento en todas
las actividades agrícolas requeridas, desde la preparación del suelo
(transformación de las llanuras inundables en áreas con camellones
o campos elevados, y la modificación de las pendientes a través de
las terrazas, acequias o canales de riego, aljibes o cochas grandes para
el almacenamiento de agua), la selección de las semillas, comunida-
des simbióticas, rotación, control de maleza y animales dañinos, téc-
nicas de almacenaje, conservación. Sin duda, muchos trabajos fueron
realizados en forma colectiva, de ahí la necesidad de saber organizar
y especializar a las personas en diferentes actividades.
Parece que, en varios cacicazgos de la sierra norte, hubo gru-
pos de especialistas, que seguramente heredaban el oficio,
en lo pú-
blico, en lo religioso, en la observación de los astros, en prácticas
medicinales, en manufactura, en comercio, en cultivos y tecnología
agrícola.
43
En la documentación dejada por los Cronistas de Indias,
respecto a las costumbres de las poblaciones norteñas del actual
Ecuador, se lee que había personas especializadas en intercambio,
los myndalaes, en cacería, en recolección de plumas de aves de vis-
tosos colores, en tejido con fibras naturales, “en hablar con los de-
monios” (posiblemente se referían a los sacerdotes).
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
229
43 Por ejemplo, es posible que los Cosanga de la Ceja de Montaña Oriental hayan enseñado el
cultivo de la hoja de coca en terrazas a los Pasto habitantes de las tierras altas (Carchi), qui-
enes trabajaron los cocales en el valle del Chota-Mira y en la época de los Inkas fueron de-
portados como mitmas para trabajar en los cocales de la montaña (selva alta) (Tantaleán,
2002, p. 579).
Aunque en la sierra norte hay una historia del cultivo del
maíz, por lo menos de 4000 años antes de Cristo (Athens, 1995,6-7),
44
y los mayores cacicazgos Cayambe, Carangue, Otavalo están en te-
rritorios maiceros, no estamos seguros de que este grano sea el cul-
pable de cambios radicales en la organización social de las pobla-
ciones asentadas en el norte de la actual provincia de Pichincha, en
Imbabura y sur de la provincia del Carchi; sin duda, la ecología, la
tecnología agrícola, el manejo de la mano de obra, y la buena pro-
ducción de maíz y fréjol favorecieron la estabilidad de los cacicazgos.
En las reuniones sociales y políticas organizadas por la autoridad de
una o más parcialidades, en las cuales se trataban asuntos de mutuo
beneficio CaciquePueblo, el maízfréjol, chicha y comida, los rega-
los y la re-distribución de los excedentes fueron claves para mante-
ner la armonía intra y extragrupo.
Juntamente con la tecnología, la actividad de los sacerdotes
era importante, la observación del cielo, de las señales naturales, los
rituales y ceremonias para propiciar buenas cosechas. Obtener una
buena producción de maíz era fundamental para mantener el poder.
Si el cacique requería mano de obra, también tenía que reciprocar
con abundante comida y bebida. La armonía se rompió cuando lle-
garon los españoles e interpretaron el consumo de la chicha como
costumbres paganas.
El cronista de Indias, Sancho de Paz Ponce de León
45
escribió:
Los pueblos de todo este corregimiento tenían antiguamente en cada
pueblo o parcialidad su cacique que los gobernaba a manera de tiranía,
porque el que más podía y más valiente era, a ese tenían por señor y le
obedecían y respetaban y le pagaban tributo; y los indios no tenían cosa
José Echeverría–Almeida
230
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
44 En 1989 y en 1994 participé en la investigación realizada por John Stephen Athens. En el
primer trabajo se obtuvo 6.15 metros de un núcleo de sedimentos. Nueve dataciones radio-
carbónicas documentan una secuencia ininterrumpida de 4 200 años. Polen de maíz y maíz
carbonizado se localizaron en la base del núcleo de sedimentos. En el segundo año, se pen-
etró hasta 10.60 m bajo la superficie lacustre. Seis dataciones radicarbónicas dieron fechas
alrededor de 8000 años B.P. Además. Se evidencian una secuencia de 37 caídas de ceniza vol-
cánica, depósitos desde pocos centímetros hasta 1.02 m. de grosor.
45 Sancho Paz Ponce de León, Relación y descripción de los pueblos del Partido de Otavalo.
En: Pilar Ponce Leiva, Ed. Relaciones Histórico-Geográficas dela Audiencia de Quito (siglos XVI-
XIX), Marka & Abya-Yala, Quito, 1582; 1992, p. 364.
alguna más de lo que el cacique les quería dejar; de manera que era
señor de todo lo que los indios poseían y de sus mujeres e hijos e hijas
y servíanse de todos ellos como si fueran sus esclavos, excepto de los
indios mercaderes, que estos no servían a sus caciques como los demás,
solo pagaban tributo de oro y mantas y chaquira de hueso blanco o co-
lorado.” (p. 364).
Hubieron caciques menores, pertenecientes a cada ayllu o
parcialidad y caciques mayores, llamados en kechwa capaccuraca o
jatuncuraca, que tenían poder sobre varias parcialidades y sobre sus
respectivos caciques menores. Sin embargo, parece que no se llegó a
“un poder centralizado” que abarcara a toda la sierra norte. En todo
caso, la información dejada por los cronistas de Indias nos ilustra lo
que pudo haber existido en mayor o menor complejidad en la época
prehispánica anterior a la incursión inkaica. Se conoce que existió la
siguiente jerarquía:
Los jatuncuracas o caciques principales, que controlaban a
varios curacas de categoría inferior.
Los angos, que eran curacas o caciques menores de varios
ayllus o parcialidades.
Había también angos, que eran curacas o caciques menores
de un solo ayllu o parcialidad.
Los principales, los “capitanes”, quienes colaboraban con el
cacique en las actividades de gobierno.
– Los mindaláes o indios mercaderes.
46
Los campesinos, yanaconas y mitayos.
Juan de Salinas (1571; 1992) subrayó:
La orden del gobierno, un pueblo que tenía 1.000 indios tenía un caci-
que a quien respetaban y conocían por señor; y éste tenía 10 principales
que cada uno mandaba 100 indios; y cada uno de los principales dichos
de 100 indios tenía 10 principalejos o 5 repartidos a 10 indios o 20 cada
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46 Más información en Frank Salomon. Los Señores Étnicos de Quito en la época de los Incas.
Colección Pendoneros N° 10, IOA, Otavalo, 1980, p. 164-169.
uno, de que tenían cuenta; y por esta orden se gobernaban y regían. El
cacique y señor mandaba a los principales lo que habían de hacer, así
en cosas de trabajo como en juntar tributos, los cuales principales lo re-
partían a rata por cantidad entre los indios que mandaba: de manera
que el trabajo y contribución era igual, sin que recibiesen agravio; y en
esta orden están y guardan y es la mejor que se les puede dar.
(p. 140).
En efecto, acorde a los arqueólogos Athens y Osborn (1974,
pp. 19-20): una de las características fundamentales del sistema de
cacicazgo es la existencia de una estructura jerárquica, en la que cier-
tos individuos ocupan posiciones de estatus heredadas, común-
mente mediante la primogenitura. Como ha señalado Kaplan (1963),
el sistema de parentesco actúa como base estructural del sistema de
rangos sociales, organizando las relaciones de poder y autoridad.
Esta jerarquía puede adoptar la forma de un "ramaje", concepto de-
finido por Sahlins (1958) como un sistema sustentado en grupos de
parentesco unilineales segmentarios, que están internamente orga-
nizados y también cumplen funciones político-administrativas. Otra
característica central del cacicazgo es el control y redistribución de
bienes económicos. Cuando un individuo logra dominar una red re-
distributiva, puede generar relaciones de dependencia, al poner a
otros miembros del grupo en deuda mediante el acceso a bienes y
servicios. En muchos contextos, la autoridad del cacique no solo se
consolida por mecanismos económicos o de parentesco, sino que
además está respaldada por prácticas rituales que legitiman su po-
sición.
El lugar que ocupaba cada individuo en la sociedad estaba
plenamente aceptado, y las diferencias se socializaban o mimetiza-
ban a través de los ritos y ceremonias. La autoridad máxima, cuyo
poder era adquirido comúnmente por herencia, tenía privilegios es-
peciales en todos los aspectos de la vida, especialmente en los eco-
nómicos.
José Echeverría–Almeida
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Símbolos de poder y de distinción
Parecido a lo que sucedía entre los taínos de las Antillas, tam-
bién en la sierra norte del Ecuador, la casa del cacique se distinguía
de las del pueblo, por su tamaño, forma y ubicación. El Anónimo de
Quito
47
refiere:
Las casas que hacen los señores y caciques es un buyyo (asi, buhío)
grande como una iglesia, y éste es donde hacen presencia y donde se
juntan a beber. Duermen en otras casillas chicas que tienen cuarenta o
cincuenta pies en largo y hasta diez y ocho en ancho; los unos y los
otros cubiertos de paja. Las paredes de los buhiyos grandes son de
tapia y los otros de bahareque. En tierra fría hacen otros buhíos de vara
en tierra, redondos, cubiertos de paja hasta el suelo, poco más altos que
un estado de hombre, para los cuales no es necesario madera más
gruesa que unas varas que se doblen, las cuales traen del arcabuco, y
la paja tienen alrededor de sus casas. Hace un rancho de estos un indio
en dos o tres días. Para otras casas mayores y para las de los caciques
y capitanes, traen los indios la madera que es menester, y si es viga
gruesa van de cada capitán tantos indios sujetos al cacique para quien
es, repartiéndolos, conforme a los que tiene cada capitán
(p. 216).
Sancho Paz Ponce de León (1582; 1992) relata:
Las formas de las casas donde viven los indios del distrito de mi co-
rregimiento, son unos buhíos redondos cubiertos de paja, todos los
demás son pequeños y las paredes dellos son de palos gruesos entre-
tejidos con otros y embarrados con barro por dentro y por fuera. Las
casas de los caciques y principales son de la propia manera, eceto que
son grandes y tienen una viga grande en el medio para sustentar la
casa
(p. 368).
Las viviendas y casas de reunión colectiva se ubicaban en la
cima de las tolas,
48
que constituían una: representación visual de
identidad, poder y distinción. Sin duda, cada individuo se identifi-
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47 Anónimo de Quito, Descripción de la ciudad de San Francisco de Quito….cit., p. 216.
48 Las tolas redondas se llamaban antes yacel (Caillavet, 2000, p. 74).
caba con los montículos que había ayudado a levantar. Cada carga
de tierra debió haber sido considerada como un tributo, un hilo in-
visible que le unía con el antepasado “que moraba en la tola” y con
el cacique que vivía en la cima.
Por la descripción anterior se infiere que:
…la casa del gobernante étnico era un centro simbólico, no solo de ac-
tividad política, sino también de un orden cósmico, por lo que la resi-
dencia cacical era diseñada, construida y reparada según cánones
ceremoniales. Aún en las viviendas humildes era evidente la expresión
de una armonía sagrada, pues sus puertas se abrían frecuentemente
hacia el oriente para facilitar el ritual solar matutino, expresión que en
las residencias de los nobles era más elaborada
(Moreno, 1983, p.
68).
Acorde a la foto-interpretación realizada por el arqueólogo
chileno Fernando Plaza Schuller,
49
utilizando fotografía aérea de los
años 1970, se calcula que originalmente pudieron haber existido más
de cinco mil montículos artificiales en el espacio comprendido entre
el valle del Guayllabamba, al sur y el valle del Chota-Mira, al norte.
Es probable que algunas tolas sirvieron de bodegas o acopio de las
cosechas.
Chantal Caillavet (2008) investigó más a profundidad las
particularidades de la elite gobernante. En cuanto a la visibilidad
como persona, dedujo lo siguiente:
…el estatus de la autoridad andina se daba a conocer y a reconocer por
señas legibles en cada una de las distintas culturas: la presencia física
acaparaba distintivos privilegiados, quizás cierto tipo de arreglo del
pelo, de pinturas y diseños corporales, deformaciones faciales (cráneo,
ojos, dentadura), que se completaban con una indumentaria y unos ob-
jetos emblemáticos exclusivos. Determinadas actitudes, posturas, gestos
también podían ser reservados a una élite e indicar el tipo de interacción
autorizada con los miembros de otros grupos sociales
(p. 8).
José Echeverría–Almeida
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49 Fernando Plaza, “Contribución al estudio de los montículos artificiales prehistóricos en los
Andes Septentrionales del Ecuador. Aportes de aereofotointerpretación arqueológica” (MS),
Centro de Documentación del IOA, Otavalo, 1977.
Es muy probable que determinados tatuajes o pintura facial
y corporal hayan sido de uso estricto de la elite cacical y sacerdotal
o de uso dentro de determinados rituales y ceremonias. En la sierra
norte del Ecuador tenemos ilustrados estos aspectos en la cerámica
Cosanga y en los idolillos de la cultura arqueológica Capulí.
El anónimo de Quito (1573) escribió:
Vestían una camiseta sin mangas tan ancha de arriba abajo; los brazos
y piernas descubiertos; encima de la camiseta una manta cuadrada de
vara y tres cuartas en largo; ésta sirve en lugar de capa. El cabello largo
tanto por delante como detrás, y para poder ver sin que les embarace,
atan un hilo a la cabeza en el cual meten el cabello. Los caciques y prin-
cipales y yanaconas usan sombreros, y otros, pillos: son poco más gor-
dos que el dedo pulgar, redondos, que abrazan la cabeza; son de lana
de colores labrados a manera de alfombra, porque son velludos. Traen
alpargates, solían traer ojotas, que es una cierta atadura sobre una suela
de alpargate, de manera que solo traían guardada la planta del pie.
(pp. 214-215).
“Las joyas de las que más se precian son unos collarejos de
moscas o chaquira de oro o de plata, o unas cuentas coloradillas o
de hueso blanco, que ellos hacen, y unos brazaletes de plata a manera
de ajorcas.”
50
Los caciques se distinguían por la utilización de objetos de
prestigio, especialmente en la cabeza, acorde con los rituales y cele-
braciones hacían gala de grandes penachos, posiblemente adornados
con plumas de vistosos colores de aves originarias de la Amazonía.
Cuando salían a guerrear lucían grandes patenas de oro en el pecho
y armas guarnecidas con metales preciosos.
No caminaban, eran transportados en andas, en hombros o
en hamacas.
Los caciques poseían myndalaes, gente especializada en el
intercambio o trueque de productos elaborados y materia prima.
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50 Los collares de moscas probablemente provienen de la Amazonía y las cuentas coloradillas
seguramente son de concha Spondylus, de origen marítimo.
Estos eran verdaderos embajadores o diplomáticos. Las rivalidades
territoriales o la diversidad de lenguas o la distancia no eran obs-
táculo para el intercambio de productos. Para un cacique, poseer
myndalaes era un rasgo de distinción, a través de ellos se abastecía
de productos exóticos (artículos codiciados y estratégicos en las eco-
nomías cacicales (Ramón, 1987). Por las grandes distancias, las difi-
cultades de los caminos y por la ausencia en la Sierra Norte de recuas
de llamingos para el transporte, la importancia del cacique se refle-
jaba también en el número de myndalaes que estaban bajo su juris-
dicción. Los artículos eran transportados a espaldas, por lo mismo,
estos eran los más apetecidos, por ejemplo, objetos de oro, de plata,
piedras preciosas, tejidos, adornos de concha Spondylus, preferen-
temente de color rosado, plumas de vistosos colores, tejidos finos,
instrumentos musicales, hachas, sal, coca, plantas medicinales, algo-
dón, pescado seco.
51
Las rutas hacia la Amazonía utilizada por los cayambis fue
el derrotero que partía desde La Chimba-conectaba con la laguna de
San Marcos y el río Azuela y río Quijos (Echeverría, 2010; 2011) y la
entrada por Oyacachi hacia el río Quijos (Ramón, 1987, p. 34; Serrano
2017-a; 2017-b). Hacia el occidente, se utilizó el río Guayllabamba
como derrotero y las rutas existentes en la zona de Intag. Por su parte
los Karankis tenían la ruta de Pimampiro-Chapí para conectarse con
los Quixos, Coronados, Cofanes y demás pueblos amazónicos
(Ramón, 1987). Hacia el occidente, los caminos por la zona de Íntag,
la entrada por Piñán y el río Mira como derrotero.
Los objetos que poseía un cacique eran heredados, tal como
se describen al hablar del cacique de la provincia de Otavalo, don
Alonso Ango (u Otavalango).
52
El cacique tenía un tratamiento especial postmortem: tumbas
de pozo profundo (hasta 50 metros) y ofrenda funeraria con objetos
José Echeverría–Almeida
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51 Erick Dyrdahl, “Interregional interaction and craft production at Las Orquídeas, Imbabura,
Ecuador, during the late formative (800 – 400 cal b.C.)”. A Dissertation in Anthropology, The
Pennsylvania State University, The Graduate School, College of the Liberal Arts, August
2017.
52 Segundo Moreno. (1983). Formaciones políticas tribales y señoríos étnicos, en, Enrique Ayala
Mora, editor, Nueva Historia del Ecuador, Volumen 2, Época Aborigen II, Corporación Editora
Nacional & Editorial Grijalbo, Imprenta Mariscal, Quito, 1983.
exóticos. En las provincias del Carchi e Imbabura se han localizado
tumbas en forma de cuartos tallados en la cangahua, unos asignados
a la cultura arqueológica Piartal.
53
en el departamento de Nariño,
Colombia y otras, descubiertas por los huaqueros en el sector El Inca
o Coambaquí y en Paragachi, cantón Pimampiro, Imbabura, Ecua-
dor. Eran sepultados sentados en una tiana o banco. La ofrenda con-
sistía en todo cuanto había querido y tenido en vida incluido sus
mujeres y sirvientes (yanaconas). Sus restos “mallquis” eran vene-
rados.
Entre los Karankis, es más que seguro que los caciques se di-
rigían a la comunidad desde lo alto de un montículo artificial, para
dominar con la vista a todos los súbditos.
Privilegios de los caciques:
Podían tener varias mujeres: “Los señores se casan con las mujeres que
más les agrada: la una de estas se tiene por la más principal. Y los
demás indios cásanse unos con hijas y hermanas de otros sin orden
ninguno, y muy pocos hallan las mujeres vírgenes. Los señores pueden
tener muchas, los demás a una y a dos y a tres, como tiene la posibili-
dad.
54
Comúnmente, las mujeres del cacique eran hijas de otros caciques y se-
ñores de otros pueblos. Esto puede sugerir que el matrimonio fue una
estrategia para acceder a diversos pisos ecológicos y recursos econó-
micos. Las mujeres eran también mano de obra especializada, para ela-
borar productos destinados al intercambio, para regalo y para ofrenda
a los dioses.
Recibían tributos. No importaba donde se encontraba el súbdito, siem-
pre cumplía sus obligaciones con su propio cacique.
Poseían las mejores tierras, cultivadas por sus súbditos. Los terrenos
estaban localizados en diversidad de pisos ecológicos, principalmente
en el piso “Temperado Subandino” ubicado entre los 2200 y 2990
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53 María Victoria Uribe, Asentamientos prehispánicos en el Altiplano de Ipiales, Colombia. Re-
vista Colombiana de Antropología, Vol. XXI, pp. 57-196, Bogotá, 1977-1978.
54 Pedro Cieza de León, Crónica del Perú. El Señorío de los Incas. Selección, Prólogo, Notas, Mod-
ernización del texto, Cronología y Bibliografía por Franklin Pease G.Y. © Fundación Bibli-
oteca Ayacucho, Colección Clásica, No 226, Caracas – Venezuela, 1551/2005, p. 59.
www.bibliotecaayacucho.com
msnm, con temperaturas de 10 a 15°C, que es el piso más apto para el
cultivo del maíz; es precisamente donde se hallan la mayor parte de
los sitios-tola (Gondard y López 1983:103). La identidad de la pobla-
ción con su líder, con su cacique, era tal, que toda la comarca era cono-
cida con el nombre de su gobernante (Grijalva, 1988, pp. 164-166). “Fue
práctica común en el área andina denominar a los pueblos por los nom-
bres propios de los caciques de los mismos; para el indígena no era tan
importante señalar el lugar geográfico, sino al dueño del mismo, es
decir al cacique”
(Larraín 1980b: I, 135, en Moreno, 1983, p. 64).
Juan de Salinas
55
escribió:
Tenían todos reconocimiento a sus caciques y respeto que se puede
imaginar, y así hacían todo lo que les mandaban, por tenerlos por se-
ñores naturales, haciéndoles sus casas y sementeras de todo género, y
que tejían haciendo ropa y ganaderos y todo el servicio personal que
para sustentarse en aquel trono de cacique era necesario; y todo esto
por su orden se repartía, aunque ahora ya no son tan señores después
que los indios han entendido y van gozando de ella.”
(p. 140).
Dueño de las tierras de la parcialidad y era el que las repartía
y distribuía a sus súbditos según necesidad y ampliación de
la familia.
Poseía cotos privados de caza y pesca. El venado era de con-
sumo exclusivo de la elite cacical. Tenían gente especializada
en la pesca y en la cacería. Por ejemplo, las fuentes de agua
con preñadillas existentes en Otavalo eran propiedad de los
caciques.
56
Derecho a comer carne y otros alimentos. Aún en la actuali-
dad, en los banquetes indígenas, los priostes y las autorida-
des de la comunidad tienen un lugar especial para sentarse,
se les sirve primeritos, platos con abundante comida y de lo
mejor. Al servir la chicha u otro licor, también se respeta la
José Echeverría–Almeida
238
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55 Juan de Salinas, La Ciudad de Loja. En, Pilar Ponce Leiva, Relaciones Histórico-Geográficas de
la Audiencia de Quito (siglos XVI-XIX). Marka&Ediciones Abya-Yala, Quito, 1571; 1960, p. 140.
56 Segundo Moreno, Formaciones políticas tribales y señoríos étnicos, en, Enrique Ayala Mora,
editor, Nueva Historia del Ecuador, Volumen 2, Época Aborigen II, Corporación Editora Na-
cional & Editorial Grijalbo, Imprenta Mariscal, Quito, 1983.
jerarquía y todos a su turno
57
brindan por las autoridades y
el prioste.
Poseían un guardia personal. En el Museo César Vásquez Fu-
ller de la ciudad de Otavalo observamos la maqueta de un
bohío hecho en cerámica, a un costado de la entrada de la vi-
vienda está representada una figura antropomorfa con una
lanza en su mano derecha.
58
Si los Caciques Pasto tenían un
guardia en la vivienda, con mayor razón los Karankis. La
pregunta que surge es ¿Desde cuándo se dio este privilegio?
Probablemente, esta necesidad surgió desde la invasión de
los Chibchas, luego el de los Inkas y finalmente la conquista
española.
Poseían un grupo de asesores o consejeros, seguramente
como estrategia, para mantener la cohesión de las familias
extendidas o ayllus y toda la población de la comarca.
Reserva o acumulación de bienes naturales y económicos,
para los festines y para redistribuir durante el tiempo que
duraban los trabajos colectivos y las épocas de calamidad por
agentes naturales (sequía, abundantes lluvias, heladas...) o
por causas antrópicas (conflictos bélicos).
Control de fuerza de trabajo. Por ejemplo, los innumerables
y monumentales montículos artificiales, las terrazas agríco-
las, los terrenos con campos elevados (camellones), las ace-
quias, las siembras, los deshierbes, las cosechas y otras
actividades de beneficio comunal debieron exigir la partici-
pación de cientos de trabajadores a los que era necesario or-
ganizar, vigilar y alimentar respetando los roles de cada
persona. El cacique tenía que demostrar habilidad para so-
lucionar en forma inmediata las disputas y conflictos inter-
nos. El éxito de la obra era resultado de una buena
coordinación y de la aceptación libre de las responsabilida-
des de cada persona.
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
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57 Comúnmente, se sirve en un solo recipiente, el pilche (cuenco elaborado del mate, Crescentia
cujete, de tamaño pequeño).
58 Por el tocado del guardia, posiblemente pertenece a los Pasto, Cultura arqueológica Tuza.
La importancia de un cacique no dependía solamente de la
mayor o menor cantidad de gente bajo su mando, sino del prestigio
o poder simbólico y religioso que lograba obtener, como es el caso
de los caciques del Antiguo Otavalo, pueblo asentado a orillas de la
laguna Imbakucha, ahora conocida como San Pablo. Otro factor im-
portante era la capacidad económica y de organización, para realizar
periódicamente reuniones sociales colectivas, ceremonias, festivida-
des en muchas de las cuales se expendía grandes cantidades de co-
mida y bebida. El cacique que ofrecía más convites o fiestas a su
gente, era el más apreciado.
59
En este aspecto, la chicha jugó un papel
importante entre anfitriones e invitados en pro de elevar el senti-
miento de pertenencia a la propia llakta, parcialidad y cacicazgo. La
identidad estuvo tan arraigada, que en la actualidad los campesinos
kichwa-hablantes e incluso algunos mestizos, al preguntarles quié-
nes son, mencionan el nombre de la familia y el lugar de nacimiento,
referentes importantes para una rápida identificación.
Los registros etnohistóricos y arqueológicos evidencian que
las bebidas fermentadas, en particular la chicha, han ocupado un
lugar central en las prácticas rituales andinas. Su consumo durante
ceremonias no solo propiciaba la transformación simbólica de los
participantes, sino que también representaba una forma de alimentar
y honrar a los antepasados, elemento clave en la cosmovisión ritual
andina (Hastorf, 2003a). La producción, distribución y consumo de
estas bebidas ha sido históricamente fundamental para la articula-
ción de identidades colectivas, el establecimiento y mantenimiento
de relaciones de poder, y la cohesión de redes sociales (Jennings &
Bowser, 2008).
Estas prácticas no se limitan al pasado prehispánico, sino que
persisten en contextos contemporáneos, tanto en festividades reli-
giosas y agrícolas como en rituales domésticos de menor escala
(Goldstein et al., 2008). La chicha se ofrenda a deidades ancestrales,
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59 La frase “panem et circensis”, pan y circo atribuida al poeta Juvenal en Roma, cien años a.C.,
y utilizada despectivamente contra gobernantes que dan o prometen al pueblo “pan y circo”
para obtener popularidad o aceptación, parece que ya lo practicaban algunos de nuestros
caciques antes de la conquista española.
a la Pachamama y a los Apus, reafirmando la continuidad de prác-
ticas simbólicas en el marco de una religiosidad viva. Del mismo
modo, ciertos alimentos y platos tradicionales, presentes en estas ce-
lebraciones, no solo reflejan preferencias culturales, sino que cum-
plen una función integradora, reforzando el sentido de comunidad
a través de la participación compartida en la comida ritual. En este
contexto, la construcción de la identidad social está íntimamente li-
gada a las prácticas alimentarias y rituales que estructuran la vida
colectiva andina (Hastorf 1999, en Leibowicz, 2012).
Aún en la actualidad, se siguen aplicando las estrategias del
compadrazgo, dar los medianos,
60
ser prioste. Quien recibe un me-
diano queda comprometido con el que ha dado y hay que devolver
“pagar” según los requerimientos de los donantes. Este “regalo”, a
veces, muy generoso, que aparenta desinterés, en el fondo conlleva
la obligación de devolver ya sea en compromisos personales, en asis-
tencia a eventos o en reciprocidad con objetos materiales. Algunos
de estos aspectos ya fueron anotados y estudiados por Marcel
Mauss.
61
Según la tradición del Pueblo Kichwa Otavalo, para alcanzar
posición y respeto dentro de la comunidad, el indígena tiene que ser
prioste de alguna fiesta.
62
El gesto de generosidad hacia toda la co-
munidad da honor a una persona y es una manera de ganar presti-
gio. La presión social ha hecho de esto la más importante obligación
en la vida del indígena. El ser humano andino trabaja con ahínco
para estar en capacidad económica de ser prioste. Esto es un objetivo
primordial, ya que entre los indígenas el peor insulto es que le digan
que es un pobre que no ha podido ser prioste.
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60 El contenido del mediano varía según la ocasión, comúnmente es una lavacara grande con
papas grandes peladas y cocinadas, uno o varios cuyes y gallina. Un canasto lleno de frutas
y elegantemente adornado y varios animales vivos, ya sea gallos o gallinas.
61 EMarcel Mauss. 2009. Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcai-
cas. Katz Editores, Buenos Aires, p. 75…
62 El papel de prioste conlleva la responsabilidad de organizar y financiar una fiesta colectiva
en su comunidad. Esto exige muchos gastos, especialmente relacionados con la atención a
los invitados, lo que siempre se hace con abundante comida, bebida y grupos de músicos.
Dependiendo de la fiesta, ésta puede durar más de un día.
Para solventar los gastos que requerían las reuniones colec-
tivas, especialmente las festivas, el cacique tenía que tener siempre
buenos terrenos, muy productivos, que le permitieran tener exce-
dentes; para esto, había gente que le trabajaba las tierras, especialis-
tas en tecnología agrícola desde aspectos de selección de semilla,
construcción de camellones, terrazas, canales de irrigación, activida-
des de post-cosecha.
Modo de vida cacical
Las relaciones entre los diversos ayllus, parcialidades, supe-
ran el nivel de parentesco consanguíneo y social y se hacen más po-
líticas, más direccionadas por una autoridad. Los trabajos u oficios
individuales van adquiriendo especialidad e incluso algunos secto-
res de la población, en forma colectiva, adquieren importancia por
la dedicación casi exclusiva en la producción de determinados bienes
ya sea agrícolas, extracción de bienes naturales, como en la elabora-
ción de productos.
Entre los miembros que componen una determinada demar-
cación culturalpolítica, se acentúa la diferenciación entre individuos
con rango o condiciones especiales (privilegios) y el común de la
gente. Por la residencia de personas importantes y por asuntos de
cosmovisión, como el Otavalo Antiguo, algunas localidades adquie-
ren mayor dominancia en lo social, en lo político, en lo religioso y
en lo económico.
63
Las relaciones de intercambio, de reciprocidad
entre diversas comarcas ya no son solo por asuntos de parentesco,
se convierten en estrategias políticas para mantener la armonía entre
los ayllus, parcialidades, comarcas, intra y extraterritorio de un
mismo grupo étnico y sobre todo para mantener a la población su-
bordinada, obediente y cumplidora en el pago del tributo y obliga-
ciones con los caciques, principales, y la elite cacical que cumple
funciones similares en sus respectivas localidades. La distribución y
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63 El Antiguo Otavalo estuvo estratégicamente bien ubicado, ligaba ventajas de recursos natu-
rales (desde lacustres hasta los de páramo) con creaciones simbólicas (lugar de los antepa-
sados, y ejes imaginarios que le unía con la laguna, el centro ceremonial de Reyloma, el cerro
Imbabura, (Caillavet 2000, pp. 27-42).
consumo de los bienes tanto comunes como suntuarios y las relacio-
nes de cooperación entre individuos, son planificadas y ejecutadas
por orden de las autoridades locales y regionales.
Hay propiedades exclusivas de la élite cacical, y tributos en
productos y en mano de obra (trabajo). Incluso, parece que los caci-
ques son dueños de ciertos bienes que son estratégicos en la produc-
ción, como, por ejemplo, el agua de riego; el término “Acequia de
los Caciques” aún existente en Urcuquí, Imbabura, podría estar evi-
denciando esta particularidad.
El éxito de los cacicazgos, si tenemos en cuenta, al menos, su
duración en el tiempo, desde el denominado Período del Formativo
Tardío en el antiguo Ecuador (2000 a.C.) hasta la Colonia, es posible-
mente la aplicación de la fórmula andina: “dar-recibir-devolver”. La
reciprocidad como una estrategia, incluso como una “astucia” de
complementariedad, de sobrevivir, de “buscar la vida”; entre el que
da y el que recibe se crean obligaciones tácitas. “La plusvalía del
prestigio” crece todo el tiempo, tanto del que da como del que recibe.
Incluso en la actualidad, no todo el mundo recibe un regalo del pre-
sidente de la República; si un ciudadano es distinguido con un regalo
del presidente, es motivo de orgullo y gran satisfacción; igualmente,
a la inversa, si el presidente de la República acepta un regalo del ciu-
dadano, el que da y recibe sienten satisfacción y habrá armonía entre
las dos partes.
El cacique “gastaba en dar de comer y beber a los indiosy por
esta situación le tenían más voluntad y amor, que a los que no lo ha-
cían.
64
La comida y la chicha son elementos reales, materiales, pero
también con tremenda carga simbólica, que trasciende, “que amarra
a las personas, más allá de las circunstancias”. Este “dar-recibir-de-
volver” significa “producirpara dar”, “consumirpara recibir” y
“producirpara volver a dar”. Por lo tanto, el continuo “darreci-
bir–devolver” incrementa el sentido de humanidad, de pertenencia,
de seguridad, de sentir una libertad, pero con responsabilidad. El ca-
cique pudo haber sido “dueño de sus indios”, pero también tenía la
El Cacicazgo en la experiencia de los
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243
64 Anónimo, 1573; 1992, p. 186
responsabilidad de dar, de distribuir, re-distribuir, de mantener la
armonía, pese a las diferencias de jerarquía.
La ruptura del ciclo “dar-recibir-devolver” significaba desor-
den, desequilibrio.
65
¿Acaso este fenómeno no lo experimentamos
también en la actualidad? Cuando el Estado se acostumbra solo a re-
cibir (tributos, impuestos…) sin dar nada a cambio o a la inversa,
cuando “Papá Estado” da todo y la población nada, se produce un
desorden, un descontento generalizado.
Había un contacto directo con los gobernantes. En la época
de los Inkas, menciona Garcilaso de la Vega
66
que el Inka obligaba a
que dos o tres veces al mes haya almuerzos colectivos entre los ve-
cinos de cada pueblo y su curaca y se ejercitaban en juegos militares
o populares, para eliminar asperezas y mantener la paz y fraternal
convivencia. Los Inkas, conocedores de la psicología social, aplicaron
toda estrategia, como el juego, para consolidar la armonía entre los
pobladores de los cacicazgos.
¿El puesto de cacique se heredaba?
Cieza de León
67
(2005) escribió:
En muriéndose los señores o principales, los entierran dentro en sus
casas, o en lo alto de los cerros, con las ceremonias y lloros que acos-
tumbran los que de uso he dicho. Los hijos heredan a los padres en el
señorío, y en las casas y tierras. Faltando hijo lo hereda el que lo es de
la hermana y no del hermano. Adelante diré la causa porque en la
mayor parte de estas provincias heredan los sobrinos hijos de hermana
y no de hermano, según yo oí a muchos naturales de ellas, que es causa
que los señoríos o cacicazgos se hereden por la parte femenina y no
por la masculina
(p. 59):
José Echeverría–Almeida
244
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
65 Dominique Temple (2001). La reciprocidad y el origen de los valores humanos, en La com-
prensión indígena de la Buena Vida. Suma Qamaña. Impreso en Bolivia, La Paz-Bolivia, p.
103.
66 Inka Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales, Parte I, Libro V, Capítulo VI
67 Pedro Cieza de León, Crónica del Perú …cit., p. 59.
Por su parte, Juan de Salinas
68
da la siguiente información:
Sucedían en los cacicazgos no de una manera en todas las provincias; por-
que en unas heredaban los sobrinos y en otras los hijos, y en otras los her-
manos” (p. 140).
En la elección del nuevo cacique era importante el grado de
parentesco y la renovación de alianzas. La preparación del individuo
para este cargo era exigente y las ceremonias y festejos eran de varios
días y participaban los propios del cacicazgo y la elite cacical de los
curacazgos vecinos. La investidura de cacique era asunto de todas
las personas importantes (Llano y Campuzano, 1994, p. 40-41).
El sistema hereditario parece haber sido el más común, ya
que en la época colonial se suscitan innumerables problemas porque
los Corregidores no respetan los derechos consuetudinarios de la
elite cacical y nombran a su antojo los caciques. Al respecto, viene
oportuna la siguiente observación realizada por Daza
69
(2016):
O’Phelan también encuentra que la intromisión de los corregidores en
el Perú colonial propició la presencia de caciques intrusos, un fenó-
meno del siglo XVII, pero sobre todo del XVIII cuando hubo una pro-
liferación que provocó repudio por parte de las comunidades. Que los
corregidores empezaran a designar caciques sin respetar los derechos
hereditarios tradicionales de la nobleza indígena no era un hecho
menor porque a pesar de que los caciques reconocían en el rey a su so-
berano, existía una cierta autonomía amparada por la Corona, que les
permitía a las comunidades y sus principales decidir a quiéncorrespon-
día ser el siguiente cacique
(p, 82).
En la época de los Inkas, al menos, desde el reinado de Túpac
Inka Yupanqui, hay información escrita de que comúnmente, el cu-
racazgo se heredaba y era designado por el Inka. Tantaleán
70
anota
las siguientes variantes:
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
245
68 Juan de Salinas, La Ciudad de Loja. En, Pilar Ponce Leiva, Relaciones Histórico-Geográficas
de la Audiencia de Quito (siglos XVI-XIX). Marka & Ediciones Abya-Yala, Quito, 1960, p.
140.
69 P. Daza, Gobernar en tiempos de cambio. Las cacicas de la Audiencia de Quito. Flacso, Quito,
2016.
70 Javier Tantaleán Arbulú, Gobernabilidad curacal. La sociedad étnica de jefatura. La función
– El Inca podía removerlos.
– El Inca escogía el más capaz
– El Inca escogía al más leal…
– El Inca escogía el hijo: 1º, 2º…
– El Inca escogía un pariente cercano, en lo posible.
– El Inca escogía a la segunda línea jerárquica del Señorío.
71
El poder caciquil no era privativo de los hombres
Las evidencias arqueológicas
72
y la información dejada por
los cronistas de Indias enfatizan el rol del varón en el ejercicio de la
administración y el poder; sin embargo, hay algunos casos en los
cuales el gobierno de las parcialidades no estuvo negado a las muje-
res y fue una práctica común, probablemente a falta de sucesión mas-
culina. En efecto, como referencia se puede citar al menos el caso de
la cacica de Cuchisquí, de nombre Quilago;
73
en 1645 era cacica prin-
cipal de Cochasquí doña Esperanza Cuchi Ango. En 1638, en Sarance
era cacica Doña Ana Sarance.
74
También permaneció esta costumbre
hasta bien entrada la época Colonial, como el caso de Thomasa Ahoa,
cacica de Pimampiro (1701) y Ana Chapinda, cacica de Pimampiro
en 1639.
Por comunicación personal de Marilyn Gabriela Herrera Ji-
ménez (2018, 09, 24) hay más cacicas en la provincia del Carchi:
CACIQUES DE TULCÁN
Francisco Tulcanaza 1535 – 1575
Diego Tulcanaza 1535 – 1575
Miguel Tulcanaza 1535 – 1575
García Tulcanaza 1715 – 1606
Matheo Tulcanaza 1647 – 1670
José Echeverría–Almeida
246
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
bisagra de los curacas (el señor de casi todos los tiempos), en Pirú: Espacio, Economía, Poder.
Fondo Editial del Congreso del Perú, Lima, 2001, p. 468.
71 Según la Relación de Chincha (1558) 1974:100), se tenían en cuenta para suceder al curaca el
que “era mas hombre y para mas…para mandar…que no traspasa ley de ynga.” (p. 468).
72 Por ejemplo, tumbas y representación de caciques.
73 Término que significa mujer noble y de rango (Waldemar Espinosa Soriano, 1981, p. 124).
74 Waldemar Espinosa Soriano. 1983. Los Cayambes y Carangues: siglos XV y XVI. El testimonio de
la etnohistoria, Colección Pendoneros Nª61, p. 121
Miguel G. Tulcanaza 1647 – 1670
Juan García Tulcanaza 1670
Dorotea García Tulcanaza 1677
Micaela García Tulcanaza 1677
Juan García Tulcanaza Ilisnan 1678
Catalina García Tulcanaza 1690
María García Taques Tulcanaza 1710
Andrés García Tulcanaza 1723
Idelfonso García Tulcanaza 1776
Silvestre Tulcanaza 1800 – 1816
CACIQUES DE TAQUES
Taques el Gentil 1500 – 1535
Cristóbal Taques 1536 – 1585
Marcos Taques 1585 – 1647
Diego y Toribio Taques 1620 – 1660
Toribio Taques 1660 – 1710
María Taques García T. 1710 – 1728
Ambrosito Taques 1728 – 1750
Francisco Taques 1750
CACIQUES DE HUACA
Chuquín 1534
Gerónimo Guachagmira 1534 -1582
Juan Guachacán 1582 – 1600
Francisco Guachán de Mendoza 1609 -1640
Francisca Chuquín 1610 -1640
María Guachan Mendoza 1640 – 1670
Andrés Guachág Mendoza 1670 – 1700
Francisco Paspuel Guachag 1700 – 1720
Gregorio Paspuel Cuatín 1720 – 1760
Gregorio Paspuel Cuatín 1720 – 1760
Miguel Paspuel Guachag Mendoza 1760 – 1780
Pedro Asencio Paspuel Guachag y M. 1780 – 1800
Ventura Anguya
1800 – 1823
Fuente: Carchi, identidad dorada en el tiesto de los abuelos. (2014- p. 45-46).
Fuente: Marilyn Gabriela Herrera Jiménez
También en el Litoral ecuatoriano hubo cacicas por herencia,
por ejemplo, el 17 de mayo de 1614, el fiscal de la Corte de Madrid
dio parecer favorable a una petición de quinientos pesos de renta
que hacía doña María Cauchi, señora natural y cacica principal de
los indios de Daule y de QuixoDaule en términos de la ciudad de
Guayaquil. Por muerte de su padre Alonso Chauni gobernador hacia
treinta años de dichos pueblos.” (p. 257).
75
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
247
Extensión y jerarquía.
El caso de los Karankis-Kayambis y Otavalos
Loscacicazgos eran de desigual extensión y jerarquía, unos
eran tributarios de otros (Fernández de Oviedo, la publicación en
1535 de la Historia general antecedida por el Sumario de la natural
historia de las Indias (1526)–)
Para la época Tardía (1250 a 1550 d.C.) varios caciques pro-
venían de las tradicionales familias de abolengo del Otavalo antiguo,
distinguidos por apellidos terminados en ANGO.
76
También se ha
reconocido que Otavalo y Carangue formaban un solo gran cura-
cazgo, mientras que Cayambe era independiente, pero unido al de
Carangue por una misma cultura
77
y por relaciones de parentesco.
Los caciques menores tenían como apellido el mismo del ayllu (Es-
pinosa, 1983; Ramón, 1990).
Por ejemplo, entre 1540 y 1576, Tontaquí estuvo integrado,
al menos, por cuatro ayllus: Acpulro, Ulloespisibuela, Tontaquí, Tu-
piangue. “Para 1537 vivían en este lugar indios de apellido Chi-
cango, Anfigo Ulco, Iru Farnango, Nalchimba o Lalchimba y
Farnango; para 1547 se halla el Anrraimba y en el último cuarto de
siglo están los apellidos: Tambienago, Muenango, Anraquilago, Co-
farin-quilago, Cubacango, Cutuguncuán, Imba, Mitaba, Tugum-
bango y Tunguncuán.
78
También resulta sugestivo que la única
denominación “apo”, equivalente a un funcionario provincial de alta
jerarquía inkaica, lo lleve uno de los jefes étnicos principales de Ton-
taqui.
79
Jurado, a propósito del apellido Ango, enumera algunos
José Echeverría–Almeida
248
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
75 José Vargas, Los Cacicazgos. Boletín de la Academia Nacional de Historia Vol. LIII|, N° 116, Edi -
torial Ecuatoriana, Quito-Ecuador, 1970.
76 El nombre del curaca de la provincia de Otavalo, Don Alonso Ango aparece en documentos
de 1534, durante el avance conquistador de Sebastián de Benalcázar. El final “ango” proviene
del cayapa-colorado que originalmente fue ago, significa “hermano”. Luego pasó a significar
cacique o persona que hace justicia (Grijalva 1988, p. 187).
77 De acuerdo a Mason (1950:184, citado por Athens, 1980:110), los Carangues y Cayambes, y
posiblemente también los Quitus hablaron un lenguaje del grupo Chibcha-Barbacoa.
78 Fernando Jurado Noboa, Las Gentes del Corregimiento. Lo Rural (Letras A y B). Colección Ota-
valo en la Historia, Volumen 22, Imprenta Noción, Quito. 2001, pp. 15-16).
79 Fernando Jurado Noboa, Las Gentes del Corregimiento…cit., pp. 16-18.
nombres de caciques de las localidades de Tabacundo y Malchinguí.
También menciona algunos apellidos terminados en ango, como
Amocoango (p. 88), Andaparinango (p. 88), Anpango (p. 164), An-
rrafarnango (p. 164), Anrrango (p. 165), Apoango (p. 168), Arango
(p. 168).
Los Carangues-Cayambes-Otavalos estuvieron conformados
por una red de múltiples unidades sociales, políticamente autóno-
mas, con territorios de diferente extensión, pero generalmente esta-
bles, e igualmente con una población que no excedía la capacidad
de mantenimiento según la existencia de recursos. En términos ge-
nerales, parece que cada territorio de las unidades sociales primarias
fue respetado; se aplicaron varias estrategias para evitar confronta-
ciones.
La ausencia de evidencias materiales de armas, hace suponer
que el conocimiento y respeto “del otro” fue una práctica común,
que inspiró la aplicación de múltiples estrategias de carácter simbó-
lico, económico, social, político, para mantener una interculturalidad
sin provocar tensiones entre diversos grupos étnicos o entre varios
cacicazgos de la misma etnia.
No es casual que, en esta época, la clase dirigente adquiriera
mayor poder, con capacidad administrativa autoritaria; paralela-
mente, hay mayor afianzamiento étnico, más profusión de rituales
y ceremonias, referentes emblemáticos de grupos humanos y otras
estrategias de desarrollo socioeconómico. También es un indicativo
que en este lapso de tiempo se construyeran las grandes obras de in-
fraestructura agrícola: terrazas agrícolas y terrazas habitacionales,
camellones o campos elevados,
80
diques, acequias...y la construcción
de tolas (lomas artificiales) como rasgo emblemático de jerarquía y
poder local de los curacas y jatuncuracas.
Lo que llama la atención en el Ecuador antiguo, y concreta-
mente en la Sierra Norte, es que las poblaciones se acomodaron a
este sistema político de los cacicazgos durante largo tiempo, sin pro-
vocar el siguiente salto: la conformación de un Estado propiamente
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
249
80 Los camellones se llamban pigal (Caillavet, 2000, p. 74).
dicho. Ningún documento temprano ni investigación arqueológica
sugieren que en algún momento, en el actual territorio ecuatoriano
se hubiera formado un Estado a semejanza del Inkario.
De todas formas, hay que aclarar que el término “cacicazgo”
no implica un sistema político estático, sino más bien dinámico, que,
en este caso, se acomodó a las circunstancias geográficas y socioeco-
nómicas de cada subregión y a los vaivenes de las circunstancias y
situaciones coyunturales, como por ejemplo invasiones o guerras.
Los caciques, a más de exhibir un tremendo poder simbólico, poder
económico, facilidad de convocatoria y de mando, eran también
grandes estrategas para incentivar la producción, la consecución de
productos de otras ecologías, el manejo de la mano de obra, la justi-
ficación a través de ritos y ceremonias de la jerarquización de la so-
ciedad, y la conducción de las relaciones con las sociedades vecinas,
del mismo o de otros grupos étnicos. A esto hay que añadir una dosis
de conocimiento y habilidad para manejar o controlar los caprichos
de la naturaleza con sus periódicos golpes de sequías o de inunda-
ciones, heladas, “lanchas” y ventarrones. Por su gran durabilidad en
el tiempo, los cacicazgos como sistema político inspiraron seguridad
de subsistencia a toda prueba.
Complejidad social entre los Otavalos, Karankis, y Kayambes
Si bien la construcción monumental por sí misma no siempre
constituye un indicador infalible de la complejidad social,
81
en el caso
de los Karankis, Kayambes y Otavalos parece que este rasgo arqui-
tectónico estuvo asociado con una jerarquía social. Las personas de
alto rango vivían en casas grandes construidas sobre montículos ar-
tificiales, mientras que el común del pueblo construía casas más pe-
queñas a ras del suelo. Igualmente, un enterramiento con tola o en
la tola fue un rasgo de distinción. “Dar sepultura a los muertos en las
mismas tierras de la etnia fue necesario para mantener la continuidad con
José Echeverría–Almeida
250
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
81 John Stephen Athens, El Proceso Evolutivo en las Sociedades Complejas y la Ocupación del
Período Tardío-Cara en los Andes Septentrionales del Ecuador. Colección Pendoneros 2. Insti-
tuto Otavaleño de Antropología, Otavalo, Ecuador, 1980.
las generaciones anteriores y para afirmar la pertenencia de las tierras a la
etnia, o mejor dicho (si intentamos aproximarnos a las mentalidades andi-
nas), la pertenencia de los miembros de la etnia a tales tierras.
82
Aún en
la actualidad, los aborígenes de esta área cultural hacen una distin-
ción entre los términos “muerto” y “difunto”; este último vocablo
tiene la connotación de “estar viviendo en el más allá”, por lo que
los “difuntos” siguen cuidando a los suyos, a su familia, a su etnia.
Los Karankis se organizaron a través de múltiples unidades
sociales, políticamente autónomas, con territorios de diferente ex-
tensión, pero generalmente estables e igualmente con una población
que no excedía la capacidad de mantenimiento según la existencia
de recursos. ¿Cómo se podría identificar a estas unidades sociopolí-
ticas? Una manera ha sido inferirlas a partir de la presencia de las
tolas con rampa. Athens calculó que entre el río Guayllabamba y el
río Chota-Mira debieron haber existido, al menos, dieciocho unida-
des sociales políticas (teniendo como referente las concentraciones
de tola con rampa) (Fig. 21, Athens, en prensa).
En tierras cálidas, el tamaño más pequeño del territorio debió
haber sido compensado por su capacidad de cultivar productos de
mayor demanda cacical, como es la hoja de coca, el algodón, el ají,
frutas tropicales, y el privilegio de formar parte de zonas multiétni-
cas que favorecían el intercambio de productos y, por ende, se vol-
vían también zonas de amortiguamiento, al facilitar que todos los
grupos étnicos vecinos pudieran tener acceso, de alguna manera, a
los productos deseados.
Aunque todavía falta profundizar más en la investigación de
campo, parece que la mayoría de asentamientos, al menos los más
importantes, estuvieron organizados sobre la base de una “geografía
sagrada”. Todo tenía nombre apropiado, los cerros, lagunas, quebra-
das, ríos, las fuentes de agua o “pogyos”, incluso cada pedazo de te-
rreno cultivado.
Tomando como referente el dato aportado por Benalcázar
(1549) (1936:356) sobre el cacique de Otavalo, quien habría tenido
entre 1 500 y 2 000 indígenas tributarios, Athens (1981:180) hace el
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
251
82 Chantal Caillavet, Etnias del Norte…cit.,
cálculo de que cada unidad social primaria pudo tener aproximada-
mente unos 3 000 individuos, lo que parece posible, exceptuando las
zonas subtropicales, que tuvieron menos población. Es posible que,
para el Período Tardío, entre el valle del Guayllabamba y el valle del
Chota–Mira, vivieran más de 50 000 personas (Knapp 1981; Larraín
1980; Athens 1980).
Parece que el territorio de las unidades sociales primarias fue
respetado, o que, al menos, se buscaron estrategias para evitar con-
frontaciones; así, por ejemplo, es probable que las unidades políticas
se especializaran en la extracción de determinados bienes naturales,
o en el cultivo de productos agrícolas o productos elaborados; de
este modo, las unidades políticas mantenían una complementarie-
dad y una dependencia unas de otras que ayudaban también para
conservar un mutuo respeto.
Algunos ayllus o parcialidades, a más de tener una especiali-
zación económica acorde a los recursos de su área, hicieron el papel
de “pueblos visagra” entre gentes del altiplano y gentes de la ceja de
montaña oriental y occidental. Así, los Chapi, ubicados a dos leguas
de Pimampiro, eran llamados “los montañeses” por vivir en la mon-
taña, en una ruta de comunicación con los Quijos. Se especializaron
en sacar madera, tablas, palos y en la elaboración de herramientas de
labranza. Oyacachi también fue un “pueblo bisagra”, su ubicación
estratégica en ceja de montaña oriental facilitaba la comunicación
entre los habitantes de las tierras altas (áreas de El Quinche, Canga-
hua, Cayambe) y la gente de las tierras bajas (área de El Chaco). Los
de Oyacachi se especializaron en el trabajo de la madera, elaboraban
bancos o asientos, bateas, azafates, cucharas grandes y pequeñas. En
este lugar crece con facilidad el árbol de aliso (alnus ferrugínea), que a
los quince años adquiere un diámetro apto para confeccionar bateas.
También intercambiaron la obsidiana, ya que en su suelo hay una
gran profusión de núcleos grandes de este vidrio volcánico, lo que
evidencia que muy cerca puede haber una fuente de dicho ma terial.
83
José Echeverría–Almeida
252
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
83 Stephano Serrano (2017). Los Cazadores Recolectores “Perdidos del Formativo”: Una perspectiva
integrada de grupos aldeanos y móviles en la interacción Andes y Amazonia del septentrión ecuato -
riano (1400 - 400 a.C). (PUCE-en prensa).
Algunos topónimos y la información de los cronistas de In-
dias pueden ayudar a confirmar esta aseveración. Aparte de aquellos
alimentos que se distribuían o consumían inmediatamente, muchos
productos debieron almacenarse para un intercambio organizado y
para prevenir situaciones anómalas de temporal o exigencias del alto
consumo, por ejemplo, para trabajos colectivos o mingas y festejos
de varios días. Términos como “taqui”, “culca o cullca”, “trojetola”
deben guiarnos para una investigación de posibles sitios de depósi-
tos o graneros. Igualmente, debieron haber existido depósitos de pro-
ductos elaborados, especialmente de textiles.
Hay que tener en cuenta, al respecto, que los páramos se di-
ferencian de la puna, especialmente porque en los páramos no exis-
ten las condiciones ecológicas necesarias para deshidratar carnes y
tubérculos. En el caso de la carne debieron aplicar otras técnicas
como el ahumado y el salado.
Otra estrategia aplicada comúnmente por los Karankis, Ka-
yambis y Otavalos, para asegurar el acceso a diversos pisos ecológi-
cos y mantener buenas relaciones entre vecinos fue el matrimonio
exogámico; así, por ejemplo, los curacas de Kayambi se casaban con
una de las hijas del cacique de Karanki y viceversa. “Los Ango de los
curacazgos Karanki y Kayambi continuaron emparentándose después de la
conquista española; por ejemplo, don Jerónimo Puento, hijo de Quimbia
Puento y éste de Nasacota Puento, se enlazó con doña Luisa Ango, hija de
don Cristóbal Ango, cacique de Caranqui”.
84
Landázuri (1992) expone
otros casos de matrimonios entre elites de diversos cacicazgos del
propio grupo étnico y también entre Karankis y Pasto. Otra estrate-
gia era el compartir los hijos de la elite cacical. Tenemos la informa-
ción de don Jerónimo Puento, que creció en Otavalo con la familia
de Alonso Ango.
Es probable que, en la época prehispánica, el tener varias mu-
jeres era una estrategia económica. De alguna manera, este objetivo
se mantuvo postconquista española, pero con una sola mujer. Du-
rante el periodo colonial, el sistema normativo permitía únicamente
un matrimonio considerado legítimo, lo que incentivaba estrategias
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
253
84 José María Vargas, Fray, Los Cacicazgos…cit, p. 254.
orientadas a expandir el control territorial más allá de los límites de
los señoríos originarios. En este contexto, se consolidó una alianza
significativa entre los señoríos de Otavalo y Cayambe-Catatumbo
mediante la unión matrimonial de las familias Cabezas Ango, de
Otavalo, y Puento, de Cayambe. Esta alianza les permitió ejercer do-
minio sobre una región de alta productividad y con numerosos tri-
butarios. En las generaciones posteriores, el linaje continuó su
expansión territorial a través de nuevas alianzas matrimoniales,
como la de los Ango de Salazar con los Cabezas Urcuquí Ango, estos
últimos señores de la zona de Urcuquí, reconocida por sus campos
de algodón, un recurso de gran relevancia en la economía indígena
de la época (Daza).
85
Los ango de Otavalo se emparentaron también con los Inkas,
Francisco Patauchi Inga, hijo de Atahualpa, contrajo matrimonio con
doña Beatriz Ango, hermana de don Alonso Ango, cacique principal
de Otavalo. En 1585, don Gabriel Caravajal, curaca de Carangue con-
trajo matrimonio con doña Juana Atabalipa, nieta de Atahualpa (Es-
pinosa, 1983, p. 124).
La conformación política y territorial adoptada por los Ka-
rankis, Kayambis, Otavalos, con múltiples unidades, en vez de una
gran unidad sociopolítica con un gran territorio y un solo gober-
nante, parece responder a la estrategia de armonizar población y ne-
cesidades de subsistencia y seguridad. Este sistema logró un balance
armonioso entre población y satisfacción de necesidades primarias
que debió durar muchos años, quizá desde el 700 d.C. hasta ser in-
terrumpido por la conquista inkaica, y luego definitivamente elimi-
nado con la conquista ibérica.
Sobre la base de la información dejada por los cronistas de
Indias, Horacio Larraín (1980: 95-120; 125-130) sostiene que en este
territorio existieron dos grupos mayoritarios, correspondientes a dos
grandes cacicazgos: Los Karankis y Kayambis. Igual propuesta hace
Espinosa Soriano (1983). En cambio, Chantal Caillavet (2000) cree
que hubo cuatro señoríos: Caranquis, Cayambis, Otavalos y Cochas-
José Echeverría–Almeida
254
BOLETÍN ANH Nº 213 • 209 278
85 Paula Daza, Gobernar en tiempos de cambio. Las cacicas de la Audiencia de Quito. Flacso, Quito,
2016, p. 79, nota 3.
quíes. Sin embargo, Benalcázar (1549) observó que Otavalo y Caran-
qui, un área con la misma lengua y cultura, constituían un solo cu-
racazgo (citado por Espinosa Soriano 1983: 80).
Según Galo Ramón (1987; 1990a), estos señoríos se habrían
consolidado como respuesta al aumento poblacional, por la necesi-
dad de incrementar la producción y mejorar la administración de los
bienes, y para la organización del intercambio.
Solamente para enfrentar el avance del ejército imperial in-
kaico hubo intentos de unir varias unidades políticas autónomas,
pero más como estrategia militar de apoyo mutuo que como pro-
yecto de organizar una gran unidad sociopolítica. El cronista Cieza
de León
86
escribió:
Y los de Otavalo, Cayambi, Cochasquí, Pifo, con otros pueblos, habían
hecho liga todos juntos y con otros muchos, de no dejarse sojuzgar por
el Inca...”. Esto permitió a Nasacota Puento, cacique de Cayambe, re-
sistir al ejército de Huayna Capac por más de ocho o nueve años con-
secutivos, según lo afirmó el Padre Miguel Freile Mexia, cura
beneficiado del pueblo de Cayambe de sesenta y seis años de edad…
(Vargas, 1970, p. 254).
¿Qué tan antiguos son los cacicazgos?, ¿Hasta cuándo persistieron?
No estamos muy seguros respecto a la región donde se originaron
los cacicazgos en lo que hoy es Ecuador, pero coincidimos con James
Zeidler y Deborah Pearsall (1994) en el sentido de que:
…los cacicazgos experimentaron un desarrollo relativamente precoz
durante el período Formativo (3400-355 a.C.). Sin embargo, nunca al-
canzaron un nivel de complejidad estatal con extensa escala territorial.
En lugar de ello subsecuente al período Formativo, vemos una sucesión
de cacicazgos de carácter regional, y de tamaño y de complejidad va-
riada (Meggers 1966; Feldman y Moseley 1983), las cuales interactúan
entre sí como “formaciones políticas equiparadas” durante largos pe-
ríodos temporales
(p. 2).
El Cacicazgo en la experiencia de los
Karankis–Kayambis en la Sierra y en Daule
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86 Pedro Cieza de León, 1553; 1968, p. 48,
Por el dato anterior, los cacicazgos como sistema político per-
duran largo tiempo, pero no llegaron a transformarse en sociedades
con características de Estado, propiamente tal. A lo mucho, lo que
observamos a finales del Período Tardío Último (1500 d.C.) es la or-
ganización de las confederaciones en el litoral norte, llamada por Ja-
cinto Jijón y Caamaño “Confederación de Mercaderes y en la Sierra
Norte, la confederación de PastoKarankiOtavaloKayambi, susci-
tada coyunturalmente para enfrentar al ejército imperial inkaico, que
venía anexando pueblos y territorios desde su centro político el
Cuzco. Al parecer, la población del norte del actual Ecuador no era
belicosa ni se encontraba en continuas guerras como las del vecino
país del sur. Sin embargo, la cuestión étnica de pertenencia y defensa
de su propio terruño fortaleció su espíritu rebelde y cohesionó a la
gente como un solo puño, tanto que resistieron a los Inkas más de
ocho años y casi hacen sucumbir en un enfrentamiento al Inka
Huayna Capac, quien comandaba personalmente un enfrentamiento
contra la Confederación de las Etnias del Norte.
A la muerte de Huayna Capac y posteriormente de Ataw Wa-
llpak, la confederación se deshace y la lucha contra los nuevos inva-
sores, los españoles, no tiene la misma fuerza demostrada contra los
Inkas.
Los caciques subsistieron a la conquista inkaica y española.
El anónimo de Quito (1573; 1992) escribió: “Los caciques, capitanes e in-
dios obedecían a Guaynacaba al cual tributaban de tal manera, que por cosa
pública y cierta se decía que ningún pueblo le dejaba de tributar” (p. 218).
Probablemente, el Inca Tupac Yupanqui en forma personal o
a través de sus generales fue uno de los primeros en tomar contacto
con los Pasto, escribió Juan de Betanzos, que las hijas de los caciques
Pasto fueron llevadas al Cuzco para incanizarles. También es de su-
poner que esta área Pasto fue muy importante para los Inkas, para
continuar la conquista hacia el norte.
Es muy ilustrativa la información transcrita por Galo
Ramón
87
(1987):
José Echeverría–Almeida
256
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87 Galo Ramón, La resistencia Andina. Cayambe 1500-1800. Cuadernos de Discusión popular
N° 14, Ed. Centro Andino de Acción Popular, Quito, 1987.
Los señores de Tuca y Guaca, ostentan prendas cuzqueñas en los tes-
tamentos de finales del Siglo XVI, sugiriéndonos que la integración de
esa zona, ya había superado la fase de conquista y buscaba la forma
diplomática de las alianzas personales.
Cristóbal Cuantin principal de Tuza, en 1592 testa:
"Item declaro que tengo dos pares de, limbiquiros del uso de Cuzco…
más dos cocos de plata que en lengua del Cuzco se llama Aquilla..."
Catalina Tuza, principal de Tuza, por su parte ostenta:
"Item mando para mi ánima ... otra lliquilla de cumbi"
(AHBC/I, 1;
s/f).
Grijalva en sus trabajos arqueológicos encuentra en el área
Mira-Tulcán numerosos objetos cuzqueños: Timbales, cerámicos,
bocinas, objetos de lámina (1937: 212 - 218) y Oberem nos informa
que 'uno de los testigos que estuvieron en las festividades del na-
cimiento del Auqui, el hijo, de Atahualpa en Quito, fue don Pedro
Pasto hijo del Cacique de Mira de la Provincia de Pasto (Oberem,
1981: 170) (p. 31).
La semejanza de algunos motivos y diseños Pasto plasmados
en los platos de la Cultura Arqueológica Tuza, por ejemplo, la estrella
de ocho puntas (“Sol Pasto”), representación de aves, podrían indicar
parecidas estructuras de pensamiento con los Inkas. ¿Los Pasto se
inkanizaron rápidamente, como una estrategia de sobrevivencia?
88
Los caciques que se sometieron a los representantes del mo-
narca español hicieron el papel de intermediarios entre la masa in-
dígena sojuzgada y el gobierno virreinal, especialmente para la
recolección de tributos, manejo de la mano de obra, para facilitar el
adoctrinamiento y generalmente, para mantener pasiva y subyugada
a la masa poblacional nativa, acostumbrada a obedecer a su cacique.
Un aspecto poco tratado y poco valorado es la participación de
los hijos e hijas de caciques, muchos de ellos fundadores de la escuela
San Juan Bautista y luego colegio San Andrés, que aprovecharon de las
sabias enseñanzas de los padres franciscanos, especialmente de Fray
Jodoco Rique, Padre Gosial, entre los años 1550 y 1569, quienes de
regreso a sus respectivas llaktas difundieron todo lo que habían
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88 La estrella de ocho puntas fue tomada por los Inkas de las Culturas Wari y Tiawanaco.
aprendido en agricultura, ganadería, oficios, manualidades, gastro-
nomía, arquitectura, juegos pirotécnicos, y lo lúdico.
Fray Agustín Moreno
89
(2012, p. 43) enumera los siguientes
caciques con sus respectivos pueblos, aunque no especifica en que
años:
CACIQUE PUEBLO
Don Juan Yangolquí Chillo
Don Juan Topica Píntag
Don Diego Topica Pingolquí
Don Sebastián Guara Pifo
Don Hernando Guaca Locarchi
Don Francisco Salamba Yaruquí.
Don Cristóbal Tuquiri Quinche.
Don Hernando Quitoguana Quito
Don Martín Sangoquicio Quito
Don Juan Picallo Cotocollao.
Don Pedro de Quincacerne Pisullí
Don Francisco Yocoaura Polsoquí.
Don Francisco Namina Zámbiza.
Don Juan Cansacota Quelabamba
Don Alonso Andaparinango Cochasquí
Don Luis Farinango Otavalo.
Don Sancho Cabascango Caranqui
Don Francisco Guanputcaypira Mira.
Don Sebastián Yuchina Gualea
Don Francisco Guanona Cumbayá
Don Antonio Macota Calacalí
Don Jerónimo Puento Cayambe
.Don Bonifaz Cumba Panzaleo
Don Hernando Chica Mulaló
Don Sancho Hacho de Velasco Latacunga
Don Juan Clamavera Latacunga
Don Melchor toaza Latacunga
Don Cristóbal Lumiano Sigcho
Don Alonso Quinatoa Píllaro
Don Pedro Cando
Angamarca
Don Martín Hacha Ambato
José Echeverría–Almeida
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89 Fray Agustín Moreno, (2012). Fray Jodoco Rique. Cuadernos de divulgación Cívica, Comisión
Nacional Permanente de Conmemoraciones Cívicas. Casa de la Cultura Ecuatoriana “Ben-
jamín Carrión”, Quito, 2012, p. 43.
Don Martín Tinococha Mocha
Don Juan Pilalombo Tomebamba
Don Alonso Cabay Provincias de los Puruháes
Don Lorenzo Cibray Provincias de los Puruháes
Don Francisco Vina Provincias de los Puruháes
Don Martín Chabra Provincias de los Puruháes
Don Diego Cocha Provincias de los Puruháes
Don Gaspar Tica Provincias de los Puruháes
Don Mateo Inga Yupanqui Chimbo
Don Juan Cansacota Quelabamba
Don Alonso Andaparinango Cochasquí
Don Juan totusies Cansacoto
Don Francisco Guanona Cumbayá
Don Antonio Macota Calacalí
Don Jerónimo Puento Otavalo
Don Francisco Guanona Cumbayá
Don Antonio Macota Calacalí
Don Diego Tomalá Isla La Puná
El nombre del cacique Otavalo aparece en documentos tem-
pranos, 1534, durante el avance conquistador de Sebastián de Benal-
cázar. Este señor principal de la provincia de Otavalo, después del
bautismo cristiano tomó el nombre de Don Alonso, por lo que en al-
gunos documentos se le denomina Don Alonso Otavalango. Este ca-
cique tuvo su sede en lo que hoy es la parroquia González Suárez,
cantón Otavalo, “a orillas del lago San Pablo, cerca de las actuales
parcialidades indígenas de Caluquí y Pijal”.
90
El historiador Galo Ramón (1987) aporta con los siguientes
datos:
El 9 de diciembre de 1645, don Fabián Puento, Cacique de Cayambe
dicta su testamento en el que anota: …Fabián Puento, hijo legítimo de
don Gerónimo Puento y de doña Luisa Parinquilago Puento Casica y
Señora Principal del pueblo de Carangue, hija legítima de don Cristóbal
Caranguelín Puento Casique y Señor que fue de todo el Repartimiento
de pueblos de Carangue, San Antonio, y Valle de Ambuquí….
(p. 67).
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90 Chantal Caillavet, Etnias del Norte….cit., p. 31).
Por 1800 fenece José Manuel Puento de Valenzuela, "Cacique
principal del pueblo de Cayambe". En 1819 sucede el segundo, "ca-
cique principal Gobernador de la villa de Otavalo", Tiburcio Cabezas
Ango Inca, personaje este de la más alta alcurnia y prestigio puesto
que se considera, y es considerado, descendiente directo del lnca
AtahuaIpa.
91
Con los descendientes inmediatos, aptos para asumir las fun-
ciones estalla un conflicto entre la costumbre y las leyes. Escribió
Guerrero:
92
Las leyes grancolombinas dictaminaban expresamente (artículo 181)
que "quedan extinguidos los títulos de honor concedidos por El Go-
bierno Español", como recuerda la Corte Superior de Justicia consul-
tada por uno de 1os sucesores (fallo del 17 enero de 1834) (4). Además,
la "Ley de 4 de octubre de 1521 " dictada por Bolívar, suprimía el prin-
cipal fundamento aparente, a la vez jurídico como económico y sim-
bólico, de la existencia de dichos personajes: la recaudación "del
impuesto conocido con el degradante nombre de tributo". Los descen-
dientes de ambas autoridades deberán, por lo tanto, abrir sendos jui-
cios para que el estado republicano reconozca su calidad de caciques
gobernadores y los nombre. …El Estado republicano percibió la nece-
sidad, volvió a nombrar (o sea que reconoció e integró tanto en su có-
digo legal como en sus estructuras) a las jerarquías étnicas…los
funcionarios estatales confieren la vara, objeto simbólico del poder en
los Andes…Entre las actividades primordiales de los caciques estaba
la repartición y solución de conflictos de tierras
(p.327).
En el territorio de la Audiencia de Quito, en el siglo XVIII,
frente al resquebrajamiento de los cacicazgos, las mujeres disputan
el derecho a gobernar.
93
José Echeverría–Almeida
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91 Andrés Guerrero, Curagas y tenientes políticos: La ley de la costumbre y la ley del estado
(Otavalo 1830-1875) en Revista Andina No. 2, diciembre, 1989, p. 321.
92 Andrés Guerrero, Curagas…cit., p. 327.
93 Daza, Gobernar en tiempos de cambio …cit.,
¿Por qué no se dio el salto a la conformación de un Estado?
El Estado puede definirse como un conjunto complejo de ins-
tituciones y agencias, tanto formales como informales, que tienen
como finalidad principal organizar, regular y reproducir el orden so-
cial a través del control del territorio, la estratificación social y el ejer-
cicio del poder. En este sentido, el Estado constituye un punto de
concentración del poder político y administrativo, operando sobre
la base de ciertos principios organizativos fundamentales como la
jerarquía, el acceso diferencial a los recursos, la obediencia a la auto-
ridad legítima y la defensa del territorio.
Max Weber
94
definió al Estado moderno como "una asociación
de dominación que, dentro de un territorio determinado, reclama (y gene-
ralmente obtiene) el monopolio del uso legítimo de la fuerza física". Esta
definición enfatiza el rol del Estado en la regulación del poder coer-
citivo como una de sus funciones centrales, así como su capacidad
para mantener el orden interno y protegerse de amenazas externas.
Desde una perspectiva antropológica, el Estado también
puede entenderse como una forma específica de organización polí-
tica caracterizada por una centralización del poder y por sistemas
burocráticos que institucionalizan las relaciones sociales. Según Pie-
rre Bourdieu,
95
el Estado es una construcción histórica que logra im-
poner una visión legítima del mundo social, actuando no solo por
medios físicos, sino también simbólicos: “el Estado logra imponer la
estructura de percepción y de apreciación legítima”.
Por su parte, Michael Mann
96
distingue entre dos tipos de
poder estatal: el poder despótico y el poder infraestructural. Mien-
tras el primero se refiere a la capacidad del Estado para imponer de-
cisiones sin consulta, el segundo alude a su capacidad para penetrar
la vida social y organizarla de manera efectiva. Esta dualidad per-
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94 Max Weber, La política como vocación, 1919.
95 Pierre Bourdieu, Las estructuras sociales de la economía, Ediciones Manantial, Buenos Aires,
2001.
96 Michael Mann, The Autonomous Power of the State, European Journal of Sociology Volume 25
Issue 2. 2009.
mite comprender cómo los Estados no solo se sostienen a través de
la fuerza física, sino también mediante formas ideológicas y admi-
nistrativas que estructuran la vida cotidiana.
Asimismo, autores como Charles Tilly
97
han destacado que
el Estado es el resultado de un proceso histórico ligado a la guerra y
la extracción de recursos: "la guerra hace al Estado, y el Estado hace
la guerra". Desde esta perspectiva, la consolidación estatal está es-
trechamente vinculada al control del territorio y a la capacidad de
movilizar recursos humanos y materiales.
Por lo tanto, el Estado no solo debe mantener su cohesión in-
terna, asegurando el cumplimiento de normas y la reproducción del
orden social, sino que también debe proyectarse hacia el exterior, de-
fendiendo sus fronteras, legitimando su soberanía y estableciendo
formas de identidad colectiva que cohesionen a las poblaciones bajo
su dominio. Esto se logra tanto por medios materiales, como el apa-
rato militar y policial, como por mecanismos ideológicos, como la
educación, los medios de comunicación y los símbolos nacionales.
98
No se han encontrado evidencias arqueológicas para aseve-
rar que en la Sierra Norte se dio el salto a la conformación de un Es-
tado, salvo los datos que hemos enunciado anteriormente para las
confederaciones ya sea de tipo económico o de tipo bélico. No hay
instituciones formales permanentes, como por ejemplo un ejército.
Cuando era necesario, toda la población en condiciones de ser gue-
rrero afilaba su hacha que en tiempo de paz era instrumento de la-
branza o para machacar troncos de madera, y en tiempos de guerra,
era un arma mortal. Incluso el cacique como ente político no era de
todos los días, sino cuando las circunstancias lo exigían. No había
cargos políticos ni burocracia permanente, los individuos cumplían
con sus obligaciones a su debido tiempo.
José Echeverría–Almeida
262
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97 Charles Tilly, Coercion, Capital, and European States, 1990.
98 Louis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, 1970. Source: Wikipedia.
Persistencias actuales
Típico de la economía campesina tradicional es la dependen-
cia de la mano de obra familiar, en forma casi exclusiva. La familia
bajo las órdenes de un conductor organiza el tipo de trabajo desti-
nado a conseguir los medios para la subsistencia y a producir para
el mercado. Hay formas particulares de producción y de consumo,
de prestación y distribución, que nos recuerda viejas tradiciones o
que en visión retrospectiva puede conducirnos a entender modos de
vida precolombinos.
La familia tradicional campesina trata de ser autosuficiente,
de ahí la importancia de poseer un pedazo de terreno, siembran de
todo y crían variedad de animales domésticos, a más de pocas cabe-
zas de ganado vacuno. Igualmente, reciclan todo. Compran única-
mente lo que es indispensable y lo que no lo pueden conseguir por
otros medios ancestrales como es el trueque o intercambio.
Un valor ancestral muy difundido y todavía en plena práctica
especialmente entre la población nativa es la reciprocidad, recibimos
algo que después lo devolveremos en iguales o diversos elementos,
en gestiones o en trabajos. Esta reciprocidad se extiende también al
Pachakamaq (Padre cielo) y a la Pachamama (Madre Tierra).
Una manera de relacionarse con otras familias es el compa-
drazgo, para lo cual utilizan “el mediano”,
99
un regalo o presente que
tiene un significado paradójico; parece gratuito, pero compromete a
quien recibe, hay obligación de devolver en otras cosas materiales,
en gestiones, en representaciones…este fenómeno tiene vieja data,
antes de la invasión inkaica y conquista española.
100
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263
99 Comúnmente, el mediano consiste en una o más lavacaras con comida preparada. Uno o más
canastos grandes que llevan papas y mote cocinado, cuy, gallina y huevos cocinados. El ta-
maño del mediano depende de la ocasión, del donante y de la importancia de la persona a
quien se le da (Moya, s.f.)
100 Marcel Mauss (200?), p. 71, 75, 79).
La experiencia en el litoral ecuatoriano: el caso en la región del río
Daule estudiado por David Stemper
101
El trabajo de investigación de David Stemper es muy signi-
ficativo porque proporciona la primera documentación sistemática
para la región de Daule, en los períodos en que se utilizaron los cam-
pos elevados, los montículos con rampa, los objetos metálicos, las
urnas funerarias y los estilos de cerámica MilagroQuevedo. Un es-
tudio paralelo con los Karankis puede proporcionar algunas pistas
para entender los cacicazgos en el Ecuador. Aquí expongo única-
mente algunos datos, para en un futuro cercano hacer una compa-
ración profunda, que puede enriquecer este tema todavía en proceso
de investigación.
Tomando en consideración lo enunciado por Stemper, el
complejo cultural MilagroQuevedo constituye una de las bases fun-
damentales para comprender uno de los desarrollos históricos más
prolongados de organizaciones políticas cacicales en los Andes Sep-
tentrionales. Su importancia radica no solo en la duración temporal
de estas estructuras de poder, sino también en la complejidad socio-
política alcanzada por estas sociedades pre-estatales. Solo el territo-
rio correspondiente a la península de Santa Elena reconocido por
su antigüedad en la ocupación humana y su desarrollo cultural y,
posiblemente, la región actual de Esmeraldas, pueden compararse
con la profundidad histórica de los cacicazgos establecidos en el ám-
bito de Milagro–Quevedo.
Este complejo cultural, que se desarrolló principalmente en
la llanura costera del actual Ecuador durante el periodo de Integra-
ción (aproximadamente 500 a 1500 d.C.), evidencia una notable con-
tinuidad en la formación de jefaturas hereditarias, control territorial,
especialización productiva y redes de intercambio regional. Estas ca-
racterísticas, que denotan formas de organización social jerarquizada
José Echeverría–Almeida
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101 David Stemper. The persistence of prehispanic chiefdoms on the rio Daule, Coastal Ecuador. La per-
sistencia de los cacicazgos prehispánicos en el río Daule, Costa del Ecuador. University of Pitts-
burgh Memoirs in Latin American Archaeology N|7, University of Pittsburgh, Department
of Anthropology&Ediciones Lbri Mundi, Enrique Grosse-Luemern, Pittsburgh/Quito, 1993.
pero aún no estatales, permiten comparar los cacicazgos de esta re-
gión con otras experiencias de sociedades complejas sedentarias en
distintos lugares del mundo.
Desde una perspectiva comparativa, el caso del complejo Mi-
lagro-Quevedo resulta particularmente relevante para el estudio de
las trayectorias de formación del poder en contextos donde no se de-
sarrollaron Estados centralizados. Tal como han sugerido autores
como Timothy Earle,
102
los cacicazgos representan una forma inter-
media de organización política, donde la autoridad se basa en el con-
trol de recursos, el prestigio y las alianzas sociales más que en la
coerción institucionalizada. En este sentido, el estudio de Milagro
Que vedo contribuye significativamente a la discusión sobre las múl-
tiples vías de complejidad sociopolítica en el registro arqueológico
global, al ofrecer un ejemplo documentado de continuidad, adapta-
ción y transformación de sistemas políticos descentralizados durante
varios siglos.
Asimismo, investigaciones arqueológicas han demostrado
que estas sociedades establecieron formas de asentamiento perma-
nente, una agricultura intensiva y mecanismos de redistribución y
tributo que permiten hablar de cacicazgos consolidados, con un alto
grado de organización social y capacidad de articulación regional.
103
(Marcos, 1988; Rostworowski, 1999). En consecuencia, la historia pro-
longada del complejo MilagroQuevedo ofrece un campo fértil para
reflexionar sobre las dinámicas de poder, territorialidad y legitima-
ción en contextos no estatales, aportando claves fundamentales para
la comprensión de la diversidad de procesos políticos en las socie-
dades indígenas prehispánicas de América del Sur.
Bajo el criterio de Stemper, los montículos grandes, los obje-
tos metálicos y los campos elevados son tres importantes indicadores
culturales de los cacicazgos del río Daule en la costa del Ecuador.
Los individuos de alto status usaban cierto tipo de joyería metálica
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102 Timothy Earle, How Chiefs Come to Power: The Political Economy in Prehistory. Stanford
University Press, 1997.
103 Jorge Marcos, Arqueología de la Costa del Ecador: 3000 años de historia antes de la con-
quista. Revista Cultura, 10(2), 1988, pp. 5–34.
María Rostworowski, Historia del Tahuantinsuyu. Instituto de Estudios Peruanos, 1999.
y eran enterrados en montículos grandes para distinguirse de otros
miembros de los cacicazgos prehispánicos. Una estructura política
cacical persistió en la región de Daule entre los 400/600 al 1600 d.C.
104
manteniendo estabilidad porque los individuos de alto status con-
trolaban el comercio sobre el río y las rutas de comunicación, así
como también la utilización de sedimentos de los diques naturales
y complejos de campos elevados cerca de los diques.
A igual que en el caso de los Karankis, también en Milagro-
Quevedo, la casa del cacique fue un símbolo del orden cósmico- po-
lítico y exhibe características especiales; sin duda, muchos jefes de
los Andes Septentrionales realizaban deberes religiosos. Los líderes
estaban involucrados en actividades ceremoniales en la mayoría de
las sociedades etnohistóricas y etnográficas. Los jefes participaban
en la erección de los montículos que servía como “paisajes sagrados“
donde podían demostrar sus habilidades para comunicarse con los
poderes cósmicos. Por lo menos durante un milenio, las gentes pre-
hispánicas construyeron montículos de entierro de varios tamaños
y formas por toda la cuenca del río Guayas.
La inhumación en urnas, enterramiento secundario, estaba
relacionado con el culto a los ancestros, que permitían mantener lí-
neas de descendencia multi-generacionales a través de los cuales las
propiedades de los campos elevados pudieron ser heredadas.
La presencia de restos culturales MilagroQuevedo, Man-
teño y Bahía en la provincia de Bolívar y el desarrollo de curacazgos
autónomos controlando ecologías diversas, también en un período
semejante (500 a 1500 d.C.)
105
es otro indicador importante para el es-
tudio de los cacicazgos a nivel macro de lo que hoy es Ecuador.
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104 Cronología que coincide con el posible inicio y terminación de la construcción de montículos
en la Sierra Norte del Ecuador.
105 Jaime Idrovo, Kuracazgos autónomos y el control de ecologías diversas: caso: la provincia
de Bolívar. Universidad estatal de Bolívar, Guaranda, 1994.
Conclusiones
El cacicazgo, como forma de organización política en socie-
dades pre estatales de pequeña escala cuya población en la mayoría
de los casos probablemente no excedía los 3 000 individuos se sus-
tentó en vínculos de parentesco, una fuerte conciencia de pertenencia
a una parcialidad, y una identidad colectiva profundamente arrai-
gada al territorio. Estas estructuras sociales no solo configuraron la
vida cotidiana, sino también definieron las relaciones de poder y los
modos de reproducción simbólica y económica.
Los cacicazgos fueron sociedades marcadamente jerarquiza-
das, caracterizadas por desigualdad social y económica. La posición
de los individuos dentro del orden social era validada y legitimada
mediante rituales, ceremonias y prácticas colectivas que reforzaban
la cohesión del grupo y la autoridad de los líderes. Esta dimensión
simbólica resultó esencial para mantener la estabilidad interna.
Uno de los pilares que permitió la perdurabilidad del caci-
cazgo como forma de gobierno fue la práctica del intercambio recí-
proco, bajo la lógica del ciclo “dar–recibir–devolver”. Esta estructura
de reciprocidad generaba compromisos tácitos entre los gobernantes
y sus comunidades, asegurando un equilibrio dinámico. La ruptura
de este ciclo, ya fuera por el incumplimiento de obligaciones por
parte de los líderes o por el pueblo, tendía a producir tensiones in-
ternas o fracturas en las relaciones entre parcialidades vecinas.
Cada cacicazgo procuraba mantener su autonomía y autosu-
ficiencia, aunque también desplegaba estrategias de articulación con
otras unidades políticas para acceder a bienes exóticos provenientes
de diferentes zonas ecológicas, o con fines diplomáticos y pacifica-
dores. Estas relaciones inter-cacicazgos constituían una forma tem-
prana de articulación regional no centralizada.
En términos de sucesión política, los cacicazgos locales no
vinculados directamente al sistema inkaico tendían a ser heredita-
rios, aunque también se reconocía como líderes a individuos destaca-
dos por su valentía o habilidad agrícola. Esta selección reforzaba la
relación entre la autoridad y la seguridad alimentaria, en especial en
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el cultivo del maíz, esencial para la producción de chicha y alimentos
rituales, elementos centrales en ceremonias y fiestas colectivas.
El cacicazgo persistió como institución durante la expansión
del Tawantinsuyu y posteriormente en el periodo colonial temprano.
Durante estos procesos, los caciques actuaron como figuras interme-
dias –“bisagras”– entre los nuevos poderes imperiales (inka y espa-
ñol) y las comunidades locales, facilitando el cobro de tributos y la
mediación en contextos de resistencia o negociación frente a la con-
quista. Su rol fue fundamental en el sostenimiento de estructuras lo-
cales dentro de los nuevos órdenes políticos.
Finalmente, el cacicazgo como forma de organización polí-
tico-social en los Andes Septentrionales representa un fenómeno
complejo y de notable continuidad histórica. Su estudio requiere un
enfoque multidisciplinario y transdisciplinario que articule escalas
locales, regionales y continentales. Esta perspectiva ampliada per-
mitiría enriquecer la comprensión de las trayectorias históricas de
las sociedades originarias de lo que hoy es Ecuador, y contribuiría a
replantear interrogantes fundamentales sobre nuestra herencia pre-
hispánica.
Agradecimiento
La elaboración del presente artículo surgió a partir de una
propuesta de David Brown, quien impulsa la edición de las ponen-
cias del IX Taller de Arqueología del Área Septentrional (TAAS), re-
alizado en Ibarra en 2018, en el marco del simposio “De-construyendo
los cacicazgos del norte: nuevas reflexiones sobre las sociedades de la pre-
historia tardía de la sierra norte del Ecuador”. El manuscrito fue objeto
de valiosas observaciones iniciales por parte de John Stephen Athens
y Tamara Bray. La revisión final estuvo a cargo de Bayardo Ulloa En-
ríquez y Guadalupe Soasti Toscano, Miembros de Número de la Aca-
demia Nacional de Historia del Ecuador, a quienes agradezco
sinceramente por sus aportes y sugerencias. Finalmente, un recono-
cimiento a Carla Echeverría, por la revisión del artículo.
José Echeverría–Almeida
268
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